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2459 Words
Utilizó el reflejo del rio para verse, y peinar correctamente las dos trenzas finas que se hizo a cada lado de la cara para tener mejor recogido el cabello. No quería volver a ser tan torpe de tirarse del pelo accidentalmente al usar el arco. Cuando hubo acabado, se levantó y miró su imagen al completo, le gustaba aquella nueva ropa. Se había desecho de su ropa de posadera, y excepto las botas y la blusa que ya las tenía, se había comprado aquel chaleco de color marrón y unos pantalones negros y ahora iba mucho más cómoda. Se colocó después las protecciones de muñecas y cogió su arco, había hecho una señal sobre un tronco caído para entrenar su puntería. Era muy buena y rápida, y había mejorado su técnica con grandes arqueros a los que había conocido en sus viajes, desde que salió de su casa hacía ya varios años. Aquel día estuvo entrenando hasta que llegó la tarde y entonces recogió sus cosas y se puso en camino en busca de un lugar en el que comer y dormir. Cuando había recorrido una parte del camino, un ladrido llamó su atención, curiosa cambió su rumbo para investigar de dónde procedía. Caminó entre los árboles hasta que vio unas sombras a lo lejos, se escondió tras un roble y al mirar con atención, se sorprendió al descubrir a aquellos extraños hombres vestidos de n***o y aquel otro grupo de hombres en posición de defensa. Estaba claro, aquel grupo de hombres en los que había un par de caras conocidas, lo tenían todo en su contra, y en ese momento los hombres de n***o comenzaron el ataque, algunos —de los que tenía por el bando bueno—, se defendían bastante bien, excepto aquellos que parecían más jóvenes... y que ahora estaban recibiendo una paliza. Los hombres de n***o no estaban utilizando las espadas contra ellos, pero estaban disfrutando moliéndolos a golpes. El perro que había escuchado ladrar también estaba allí intentando ayudar a mordiscos, pero se lo quitaban fácilmente de encima a patadas. Decidió entonces, al volver a observar aquella cara conocida, que les echaría una mano; primero se colocó el gorro de la capa que llevaba encima, para ocultar por el momento su identidad. Colocó su arco en posición, cogió la primera flecha, apuntó, y pensó por dónde empezar. Aquellos dos tipos y los otros más rudos se defendían bastante bien, a pesar de que los hombres de n***o parecían duros como las rocas, así que lo más obvio era ayudar primero a los más jóvenes.   Una flecha silbó, sin que nadie la viera venir, y acabó en la frente de unos de los hombres de n***o sólo unos segundos antes de que éste blandiera su espada pretendiendo acabar con uno de los chicos. Todos pararon por un segundo sorprendidos, lo que aprovechó Aland para clavar su espada en el vientre de su contrincante, después volvieron a la lucha mientras una ayuda externa hacía caer, uno a uno, a aquellos tipos. No todos murieron con las flechas, algunos lo hicieron bajos las espadas y otros necesitaron de ambas cosas. Eran realmente unos tipos muy rudos. Pero no lograron acabar con todos, unos tres hombres lograron escapar. Cansado y casi sin respiración, Aland se volteó para mirar en dirección de aquel arquero que ahora se dejaba ver a lo lejos, la capa le tapaba la cara, pero no importaba quien fuera, los había salvado de una muerte segura. Le hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza, pensó que el arquero se marcharía, pero lo vio dirigirse hacia ellos. —¿Será de fiar? —preguntó uno de los hombres, mientras todos intentaban recobrar las fuerzas, y ayudaban a levantarse a los que estaban en el suelo golpeados.      —Nos ha salvado, si quisiera matarnos lo habría hecho ya —contestó Aland mientras se agachaba a acariciar a Moon que se había acercado a él, y que pese a los golpes parecía aguantar bastante bien—, eres una buena chica Moon, pero preferiría que no te pusieras en peligro. El arquero salió detrás de los árboles y se acercó a ellos, los saludó con un gesto de cabeza y sin dejarse ver todavía, se acercó a uno de los cuerpos que yacía sin vida y preguntó: —¿Sabéis quién eran? Tenían un aura extraña. —No... —contestó Aland acercándose y sintiendo un extraño cosquilleo en la nuca. Entonces el arquero se apartó la capucha tras la que apareció el rostro de Seline. —¿Y os han atacado sin ninguna razón aparente? —les preguntó sin dejar de apartar la mirada del cuerpo que había en el suelo. Aland quedó boquiabierto, no se lo podía creer, acercándose a ella se inclinó para verla más de cerca, esperando equivocarse y que fuera otra persona. Seline todavía con la cabeza mirando al suelo lo miraba de reojo como si esperara a que hablara él primero, pero el pobre estaba tan sorprendido que no podía articular palabra. —¡Tú! —logró exclamar al fin Aland. —Sí... soy yo —contestó Seline sin perder la compostura. —¡Tú! —volvió a exclamar. —Si... yo... quien te acaba de salvar el trasero. —Tratándose de ti me extraña no haber recibido una flecha... —Disculpa... —dijo Seline volviéndose hacia él—, precisamente porque nos hemos conocido antes, y te he reconocido, sabía perfectamente a quien tenía que lanzar las flechas... aunque... es cierto que esos tipos parecían tener un cartel de «Somos Malísimos» en la cabeza. —¿Qué ocurre? ¿Quién es? —le preguntó Godwin a Aland, mientras los otros hombres esperaban a que acabaran la charla de una vez para irse de allí. —Ella es la de la posada... —contestó Aland casi susurrando, a lo que Godwin contestó con una sonora carcajada. La llegada de William con el pequeño Sunny los sacó de la discusión. —Disculpadme, señor, no pude más que quedarme escondido... —les dijo. —No te preocupes, William, eran demasiado peligrosos para los que no estáis acostumbrados a la lucha —contestó Aland. —Ooohhh... que cosa más bonita —Seline encantada al descubrir al cachorro se acercó a William para acariciar a Sunny—, vaya tú tienes que ser su mamá —acarició la cabeza de Moon cuando vio que la perra la miraba. —Tú... posiblemente nos ha salvado, gracias —le dijo William a Seline, quien le contestó con una sonrisa. —Bueno basta de charla —intervino Aland—, salgamos de aquí. Tú, Jeff, acompaña a los heridos a la posada y haz que alguien les cure, William, tu irás también con ellos. Y los perros también, por supuesto. Y ahora, movámonos. Cuando al fin salieron del bosque el grupo que debía ir a la posada marchó y Aland envió a uno de sus hombres para que fuera a avisar al alcalde de lo ocurrido. Los otros dos jóvenes que quedaban, y había aguantado bastante bien, se quedarían con él y Godwin para hacer vigilancia en la entrada del bosque. —Y tú, puedes ya ir... dónde fuera que ibas —le dijo Aland a Seline que todavía les acompañaba. —Voy a quedarme con vosotros, tengo curiosidad por saber que ha ocurrido. —No... no perteneces a mi equipo y no puedo responsabilizarme de lo que te ocurra. —No pretendo ser uno de tus hombres. Sólo piensa que quiero hacer mi propia vigilancia, y he escogido el mismo lugar que vosotros. Además, os acabo de ayudar... Aland se cruzó de brazos y miró a Godwin suspirando por ayuda, pero este se encogió de brazos sonriendo y dijo: —Nos ha salvado la vida. Reconozcamos que la situación era muy complicada... —Está bien, cómo te llames... —Me llamo Seline. —Pues muy bien, Seline, haz lo que te dé la gana —dijo Aland y después siguió caminando. —Yo me llamo Godwin —dijo este acercándole la mano a Seline para estrecharla—, y aquí el jefe se llama Aland. —¿Y por qué es el jefe? —Porque es el sheriff de allí dónde venimos.     Encontraron un lugar desde el que vigilar y en el que pasarían la noche. Primero encendieron un pequeño fuego, en las bolsas que llevaban con ellos tenían algo de pan, mantequilla y tocino. Utilizaron el fuego para derretir la mantequilla lo suficiente para poder untarla por el pan. Aunque de mala gana, Aland se vio en la obligación de darle comida también a Seline, cuando se dieron cuenta que ella no llevaba, aunque por orgullo —ya que en realidad tenía mucha hambre—, no les había pedido nada. Cuando terminaron de comer y se había hecho de noche, apagaron el fuego para mantener oculto, el lugar donde estaban. Decidieron tomar la vigilancia a turnos de tres para que pudieran descansar. Aland y Godwin tenían el turno de descanso, mientras los otros vigilaban algo más alejados. —Apenas conozco a mis hombres, si vas a dormir aquí no puedo asegurarte que no intenten hacerte nada —le dijo Aland a Seline, que parecía querer hacer el descanso con ellos. —Gracias por su preocupación... Sheriff. Pero como ya viste sé cuidar de mí misma. De todas formas, me quedaré cerca tuya, si así te sientes mejor. Por lo que puedo comprobar, no le caigo en gracia a su señoría, así que supongo que sería el último hombre que intentara tocarme —le dijo sentándose a su lado. —No lo haría ni borracho —contestó Aland con algo de tosquedad, mientras se tumbaba colocando los brazos tras su cuello. —Te recuerdo que metiste tu lengua en mi boca..., y estabas borracho... —Aún no me habías robado, ni golpeado... —Ya... ya intenté excusarme... no fue algo hecho a propósito... —No me importa. Sólo quiero dormir, llevo despierto desde muy temprano —Aland cerró los ojos después de mirar con envidia a Godwin que ya dormía profundamente. —Está bien, pero primero, ¿puedes hablarme al menos y decirme quienes eran esos hombres? Me gustaría saber a quién he matado. —No tengo ni idea, ni quienes eran, ni porqué nos atacaron. Por lo que sé, Servury es un pueblo muy tranquilo. —¿Y qué hace un sheriff de otro condado en este lugar? —Hemos venido a buscar un lobo que ha matado unas cuantas ovejas y vacas, tanto en el lugar del que vengo, como en este pueblo. Aunque ahora por lo que veo, tengo que preocuparte también por quienes eran esos hombres. Pero ahora por favor, déjame dormir. Aunque no era época de mucho frío, aquella noche refrescaba y había algo de niebla, algo bastante común en aquella gran isla que era ese país, a diferencia del lugar dónde Seline había crecido. Como Aland hacía ya rato que se había dormido, despacio se acercó a él para quedarse a su lado hombro con hombro, aunque en aquel momento le parecía que el sheriff se comportaba un poco idiota con ella, pues nunca fue su intención hacerle daño aquel día en la taberna; bueno sí... le había robado, pero acababa de salvarle el culo a todos, como para que mostrase un poco más de cortesía... La extraña cuestión para Seline era, que tenía algo de frío, y el calor que desprendía el cuerpo de Aland le resultaba reconfortante.     Tras un largo rato de descanso, Aland se despertó, pero no de forma natural, sino debido a ruidos molestos cerca de su oreja. Cuando abrió los ojos y miró a su lado, se encontró a Seline pegada a él, roncando bastante fuerte. Después de suspirar de resignación, la despertó bruscamente tapándole la nariz. Seline se incorporó asustada, produciendo un ruido con la nariz como el guarrido de un cerdo. —¡¿Qué haces idiota?! No podía respirar —le reprendió cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido. —Con los ronquidos que hacías ibas a descubrir nuestra ubicación. —Yo... no ronco. —Sí lo haces, de todas formas... es hora de hacer cambio de turno, pero claro, si la señorita está vigilando por su cuenta, puede seguir durmiendo —dijo con socarronería. —Está bien, ya me levanto... —contestó Seline guardándose las ganas de darle una patada, esta vez intencionada. Aland se levantó y después de despertar a Godwin, se dirigió hacia donde estaban sus hombres y les preguntó si había alguna novedad. —No ha habido ningún movimiento, Sheriff. Ni de humanos ni de lobos. Quizás tendríamos que habernos internado un poco más en el bosque. —No después de lo que ha ocurrido hoy. De momento, lo único que quiero vigilar es que nadie extraño salga de este bosque hacia el pueblo. Godwin se acercó. Pese a su gran altura y su cuerpo basto, con su cara aún de dormido y su pelo largo algo revuelto, no daba tanto miedo y respeto como solía dar. —No sé quiénes eran esos tipos, pero no creo que vuelvan hoy —dijo mientras se rascaba su abundante barba y dirigiéndose a Aland añadió—: ¿Crees que es necesario estar toda la noche? —Sí, en cuanto amanezca nos vamos. Ahora vigilamos nosotros. Hicieron el cambio de guardia y estuvieron ahí hasta que amaneció sin que hubiera ningún percance. Aland se sentía bastante frustrado, aún no sabían nada acerca del lobo, habían sido sorprendidos por aquellos hombres que habían estado a punto de matarlos, y habían sido ayudados por la persona que menos ganas tenía de encontrarse. Aquella chica había tenido suerte de que él no fuese ese tipo de sheriff a los que le encanta hacer que corten manos o cuelguen a personas. Cuando ya habían recogido todas sus cosas para volver a la posada, un grito de espanto que provenía del pueblo les puso en alerta. Corrieron al lugar dónde procedía. En la plaza del pueblo se encontraba una joven mujer cerca de alguien que estaba tendido en el suelo. Una vez que estuvieron cerca, se llevaron la horrible sorpresa al descubrir muerto en el suelo, a uno de sus hombres, uno de los chicos más jóvenes. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó Aland a la chica que había gritado. —No lo sé —contestó sollozando—, yo sólo iba a hacer mis recados matutinos y... me lo encontré así. La gente del pueblo que acababa de despertarse miraba asustada a través de las ventanas. Aland miró con detenimiento al muerto, había sido herido de muerte por heridas de garras, pero en su cuello tenía además... unas extrañas marcas.
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