León llegó cuando el pasillo estaba casi vacío. La enfermera del turno de tarde levantó la mirada apenas cuando lo vio pasar, pero no dijo nada. En un hospital uno aprende a reconocer las conversaciones que necesitan puertas cerradas. Silvia ya no estaba en la habitación. Arturo estaba solo. Sentado, las manos apoyadas sobre la manta, la espalda rígida como si el corazón recién remendado no fuera motivo suficiente para aflojar la postura. —Pasa —dijo sin mirarlo. León cerró la puerta con suavidad. El silencio entre ambos hombres no era incómodo. Era pesado. —Mi padre me dijo que querías hablar conmigo —dijo León finalmente. Arturo levantó la mirada. No vio al empresario. Vio al muchacho que había visto crecer entre reuniones familiares y veranos breves. —Quiero saber si entien

