Capítulo 1
Aina Miller apretó la mandíbula hasta que dolió, ignorando el brillo frío del mármol bajo sus manos. Desde el accidente, la mansión Miller no había parecido un hogar, sino una prisión dorada de la que no podía escapar. Tenía veintitrés años, un título en economía de la mejor universidad y, ahora, la perspectiva de pasar el resto de su vida dependiendo de una silla de ruedas si no funcionaba el último milagro.
Su espina dorsal, fracturada en un brutal choque que sus padres habían silenciado en la prensa con millones, era la cadena que la unía a su nueva realidad. Había pasado por tres cirugías y meses de fisioterapia inútil, con hombres mayores y gentiles que la trataban como cristal frágil, sin resultados.
—Está bien, querida. Respira —dijo su madre, Diana, con ese tono melifluo que usaba para sus donaciones de caridad y que Aina detestaba—. Es Kian. El Kian Rourke. El que curó a la Duquesa de Monténégro. Es el mejor, el más caro, el que cobra por minuto y, lo más importante, el que exige total privacidad y discreción.
Diana le tendió una tableta con el borrador de un contrato. El membrete decía: Kian Rourke: Fisioterapeuta Intensivo Privado. Aina apenas leyó la letra menuda, saturada por las cláusulas de no divulgación y las tarifas astronómicas. Solo le interesaba una estrofa en negrita al final, el único punto que le devolvía algo de esperanza:
La rehabilitación intensiva requiere el compromiso total y la presencia del terapeuta 24/7 en la residencia del paciente durante un mínimo de 90 días, con control absoluto sobre el régimen de vida, la dieta, el sueño y las terapias del paciente. Cualquier interrupción o incumplimiento por parte del paciente anulará el acuerdo y no dará lugar a reembolso.
Control absoluto. Parecía un dictador, no un médico, pero ¿qué más daba? Ella ya no tenía control sobre nada. Su vida se reducía a pastillas, dolor y la constante humillación de depender de otros.
—¿Dónde firmo? —preguntó, sintiendo el ardor de las lágrimas no derramadas.
Diana sonrió, satisfecha de haber "comprado" la solución a su vergonzoso problema. —Ahora mismo, querida. Kian está al llegar.
Aina deslizó el dedo sobre la pantalla táctil, sellando su destino. No sabía que acababa de firmar la sentencia de su propia venganza.
Pasaron veinte minutos que se sintieron como horas. La sala se llenó de un silencio tenso, solo roto por el tic-tac de un reloj de abuelo de caoba. Aina estaba sola, sus padres habían subido a prepararse para una cena de negocios, dejándola a merced del hombre que venía a salvarla o a destrozarla.
Entonces, la puerta principal de la mansión se abrió sin anunciarse. El sonido de unos pasos firmes y pesados resonó en el vestíbulo de mármol.
Aina levantó la vista y sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado de la casa. Era una sensación animal, primitiva, como si un depredador hubiera entrado en su espacio.
Kian Rourke no se parecía a ningún médico que hubiera conocido. Los fisioterapeutas de Beverly Hills eran bronceados y sonrientes. Él era la oscuridad.
Era alto, peligrosamente alto, con hombros anchos que llenaban el marco de la puerta. Llevaba ropa casual, pero de un corte que gritaba poder: una simple camiseta negra que resaltaba la tensa línea de sus bíceps y pantalones oscuros. Su cabello era n***o, grueso, y caía sobre unos ojos que eran su rasgo más aterrador. No eran grises; eran una tormenta. Tenían un matiz plateado, penetrante, que no analizaba su dolor, sino que parecía analizar su alma.
Se detuvo a pocos metros de su silla. No sonrió. No ofreció una mano. Solo la observó, de arriba abajo, como si estuviera valorando la calidad de la mercancía.
—Aina Miller —su voz era profunda, ronca, como si viniera de las entrañas de la tierra. Un acento indescifrable, quizás del Este, la hizo sentir aún más pequeña—. Veo que ya está instalada.
—Ya firmé el contrato —dijo ella, intentando sonar firme a pesar del temblor que recorría sus manos. Le molestaba la forma en que la miraba, como si estuviera a punto de juzgarla.
Kian asintió lentamente, sin apartar sus ojos fríos. —Sí. Lo hizo. Y eso me lleva a la primera lección, señorita Miller. El control.
Dio un paso hacia ella, y Aina sintió la urgencia de retraerse en su silla. Era pura energía masculina, demasiado intensa para el espacio cerrado. Se inclinó sobre ella, apoyando sus manos en los reposabrazos de la silla de ruedas, atrapándola. Su aroma era madera de cedro, un toque de menta y algo peligroso que no pudo identificar.
—Usted me contrató para que la ponga de pie. Yo acepté para cumplir una meta muy específica. Pero la cláusula de "control absoluto" significa exactamente eso. A partir de ahora, no pide permiso para nada. No negocia. Obedece. Su cuerpo y su agenda son míos.
El aliento se le atascó en la garganta. —Mis padres…
—Sus padres son un cheque. Usted es el proyecto. Y no permitiré que nadie, ni siquiera la señora Diana, interfiera con mi trabajo. El fracaso no es una opción para mí.
Su proximidad era abrumadora. La tensión no era de bondad; era de desafío. Aina sintió un calor inusual, una oleada de rabia mezclada con una punzada de excitación que la hizo odiarse a sí misma.
—No soy su propiedad —siseó ella, alzando la barbilla.
Él sonrió, pero era una sonrisa sin alegría, afilada como un cuchillo. —Lo es. Por 90 días, su movilidad es mi propiedad. Y si no camina al final de ese tiempo, la culpa será enteramente suya.
Se enderezó, terminando el contacto forzado, y el alivio fue reemplazado por la desesperación. Kian acababa de despojarla de la última pizca de autonomía que le quedaba.
La primera "sesión" no se pareció en nada a la suave manipulación y los masajes relajantes a los que estaba acostumbrada.
Kian la llevó a una habitación que había sido adaptada a un gimnasio de tortura: espejos gigantes, colchonetas gruesas y máquinas de rehabilitación que parecían sacadas de un hospital militar.
—Quítese la ropa —ordenó Kian, sin adornos.
Aina se congeló. —Lo siento, ¿qué?
—Dije, quítese la ropa. Toda. No puede hacer terapia con esa pijama de seda. Póngase esto —arrojó un par de shorts de compresión y un top deportivo simple sobre la colchoneta—. Estaré del otro lado del biombo. Cinco minutos.
El rubor le subió hasta las orejas. Nunca antes se había desvestido delante de un terapeuta, incluso detrás de una pantalla. Siempre usaban batas de hospital o le pedían que llevara su propia ropa. La orden de Kian se sintió deliberadamente invasiva.
—No tengo por qué hacer esto —protestó, aunque su voz sonó débil.
—Ya firmó —respondió él, sin siquiera darse la vuelta, su espalda ancha y musculosa un muro de indiferencia—. El control es mío. El retraso es suyo. Empieza ahora.
Aina apretó los dientes. Si quería caminar, tenía que someterse a este hombre. Se deslizó de su silla con dificultad, usando las barras de apoyo, sintiendo el dolor familiar en su espalda baja. Cada movimiento era una batalla, y el biombo era apenas una cortesía transparente. Rápidamente se puso la ropa de ejercicio, que se sentía extrañamente ajustada y reveladora.
Cuando salió de detrás del biombo, Kian estaba esperando. Su mirada fue directa, sin lujuria, sino puramente analítica. Se acercó a ella, y por primera vez, Aina se sintió completamente expuesta.
—Recuéstese en la colchoneta. Boca abajo.
Ella lo hizo, con lentitud y dolor. Una vez tendida, Kian se arrodilló a su lado. La sensación de su aliento cálido cerca de su cuello la hizo estremecerse.
—Muestre la cicatriz —su voz era baja, un murmullo de autoridad.
Ella dudó. La cicatriz de la cirugía era larga, gruesa, y se extendía a lo largo de su espina dorsal, un recordatorio feo de su vulnerabilidad.
Kian no esperó. Con un movimiento rápido y no solicitado, bajó ligeramente la banda elástica de sus shorts de compresión, exponiendo la mitad inferior de la cicatriz. Ella sintió la mano de Kian, grande y áspera, recorrer la línea de la costura quirúrgica con una suavidad inesperada.
—¿Duele aquí? —preguntó, presionando un punto dolorido.
Aina gimió. —Sí. Mucho.
—Bien. El dolor es información —dijo él, sin rastro de empatía. Él continuó, sus dedos recorriendo su columna vertebral con una presión experta que enviaba oleadas de sensaciones encontradas a través de su cuerpo. Era doloroso, pero también... electrizante. La intensidad de su toque era demasiado.
—¿Siente que la presión es injusta, señorita Miller? —preguntó él de repente, con un tono más oscuro.
—Es... es demasiado —jadeó ella.
Kian detuvo el movimiento y se inclinó, su voz apenas audible. —Permítame contarle una pequeña historia, Aina. Hace tres años, mi padre tuvo una ‘injusta’ presión financiera. Las empresas Miller aplastaron su negocio de construcción, cerraron una operación, y lo dejaron sin nada. Mi padre no tenía el privilegio de decir ‘es demasiado’ cuando lo perdió todo, incluido su honor.
El comentario la golpeó como un rayo. Ella se levantó, girando sobre su espalda a pesar del dolor, para mirarlo a los ojos. —No sé de qué está hablando. Mi padre jamás haría algo así.
Kian se incorporó lentamente. El aire se cargó de una hostilidad palpable.
—La familia Miller hizo mucho más que eso, Aina. Y aunque usted es solo la hermosa y rota heredera de un imperio sucio, es una Miller. Y yo no estoy aquí para salvarla. Estoy aquí para tomar algo que me pertenece.
Aina sintió un miedo frío y paralizante que no tenía nada que ver con su columna. Él no estaba hablando de dinero. Estaba hablando de algo más profundo, algo sucio y personal.
—¿Quién es usted? —exigió ella, sintiendo que el gimnasio se hacía más pequeño.
Kian se acercó de nuevo. La luz tenue de la tarde se reflejó en sus ojos de tormenta, dándoles un brillo siniestro. Se inclinó sobre su cara, tan cerca que ella pudo sentir el calor de su respiración. La mano que antes había tocado su cicatriz ahora se posó en su mejilla, un toque sorprendentemente suave que contrastaba con la amenaza de su mirada.
—Soy Kian Rourke —susurró, su voz ahora un juramento oscuro—. Y usted firmó un contrato que me da total control sobre usted.
Su pulgar acarició su labio inferior. Aina tragó saliva, el odio luchando contra un deseo prohibido que se había encendido en el centro de su desesperación.
—Mi primera lección, Aina. El dolor es el recordatorio de que estás viva. La segunda… es que la deuda de la sangre nunca se paga con dinero.
Dio media vuelta y salió del gimnasio sin una palabra más, dejando a Aina sola, temblando. No por el dolor en su espalda, sino por la verdad que acababa de enfrentar.
Él no era su cura. Era su verdugo. Y acababa de mudarse a su casa.