Aina despertó por el sonido. No era el timbre melódico de su iPhone, sino un tono áspero, metálico, que parecía vibrar directamente en su espina dorsal recién operada. Eran las 5:00 a.m.
Intentó alcanzar la mesita de noche para silenciarlo, pero recordó que Kian había confiscado todos sus dispositivos. El contrato. Control absoluto.
Antes de que pudiera quejarse, la puerta de su suite principal se abrió con un golpe seco. Kian Rourke entró sin ceremonia, ya vestido con la misma ropa deportiva oscura, como si nunca durmiera. La luz de la mañana lo hacía parecer aún más sombrío, casi amenazante.
—Hora de levantarse, señorita Miller —dijo con la voz baja y severa que usaba para dar órdenes, no para preguntar.
Aina parpadeó, aún aturdida por los residuos de los sedantes que tomaba para conciliar el sueño. —Son las cinco. Mi fisioterapia solía comenzar a las diez.
—Esa era la terapia de consuelo. Esta es la terapia de recuperación. Los músculos no entienden de horarios sociales. Y, por cierto, ¿dónde están sus pastillas?
Aina señaló un pastillero de diseño en la cómoda. Él caminó hacia él, lo tomó y lo vació en su mano, examinando cada píldora con una ceja arqueada.
—Oxicodona. Relajantes musculares. Antidepresivos. Demasiado. —Arrojó las píldoras al bote de basura de la suite con una indiferencia pasmosa.
Aina se incorporó en la cama, sintiendo una punzada de pánico. —¡No puede hacer eso! Necesito eso para el dolor. Si me quita la medicación, no podré entrenar.
Kian se giró hacia ella, sus ojos grises como el acero helado. —El dolor es información, Aina. Y en este momento, es la única cosa que te impide seguir siendo una heredera mimada. No quiero adictos a las pastillas, quiero una luchadora. Va a sentir el dolor. Y va a usar ese dolor como combustible. Hoy solo tomará esto.
Le extendió una pequeña cápsula de lo que parecía ser un multivitamínico de venta libre. Su burla era clara.
—¿Y si me duele demasiado?
—Entonces gritará en silencio. Pero se levantará. El siguiente punto: la ducha.
Aina se sintió completamente fuera de lugar en su propio dormitorio. —El servicio me ayuda. Yo no puedo...
—El servicio tiene prohibido tocarla. Yo la moveré. Y no será una ducha tibia. El agua fría es un excelente activador neuronal. Es un shock. Y el shock despierta el cuerpo.
En ese momento, Kian no se veía como su salvador, sino como un secuestrador refinado. Se acercó a la cama con una intención inquebrantable. Aina sintió la humillación de su absoluta dependencia física. Él la levantó de la cama con una facilidad sorprendente, sus manos grandes y firmes se cerraron alrededor de su cintura y su espalda, sosteniéndola verticalmente por un instante que fue demasiado íntimo y demasiado rápido.
La depositó en su silla de ruedas de lujo.
—Ahora, a la ducha. Y por favor, vístase con la ropa de compresión. No quiero sus sedas.
Después de la ducha helada y la humillante tarea de vestirse sola y sin analgésicos, Aina estaba exhausta y temblorosa, tanto por el frío como por el dolor.
Kian la llevó a la cocina, una extensión enorme de acero inoxidable y mármol, donde el chef ya estaba preparando el desayuno de la familia Miller. Kian había anulado el menú.
—El chef hará su dieta a partir de hoy. Cero grasas saturadas, cero azúcares refinados, alto en proteínas y fibra —declaró Kian, tomando una pequeña botella de un batido verde espeso—. Esto es su desayuno.
Aina hizo una mueca. —Sabe a césped.
—Sabe a nutrientes. Acostúmbrese. Si quiere la fuerza para sostener su cuerpo, debe alimentarlo como una máquina, no como una niña.
Su tono de desprecio la pinchó en el punto más sensible. Se sintió infantil y débil.
Aina decidió contraatacar con la única arma que le quedaba: la información.
—¿Y dónde se aloja el "Alpha" de esta operación? Mis padres le reservaron el ala de huéspedes, ¿verdad?
Kian estaba de pie junto a la encimera, bebiendo su propio batido sin inmutarse, su musculatura tensa bajo la camiseta ajustada.
—No. El ala de huéspedes está demasiado lejos. El contrato exige que esté disponible 24/7. ¿Recuerda la cláusula de "interrupción"? La interrupción soy yo no estando a treinta segundos de distancia si la necesita.
Kian sacó de su bolsillo una llave con un llavero de cuero oscuro. —Mi habitación es el estudio adyacente a su suite. La que solía usar su padre para sus llamadas de negocios. Está al otro lado de la pared. No hay puertas que conecten, pero la proximidad es máxima.
La noticia la dejó sin aliento. Al otro lado de la pared. El hombre que la odiaba, el que la estaba torturando con ejercicio y dieta, el que se había mofado de la ruina de su familia, ahora dormía a menos de cinco metros de ella.
—Eso es una invasión —logró decir.
—Eso es eficiencia. Ahora beba su césped. La primera sesión matutina de verdad comienza en quince minutos. Y será de pie.
En el gimnasio, Aina miró las barras paralelas con terror. Parecían resbaladizas y altas.
—No. Aún no estoy lista para las barras. La última vez mi terapeuta dijo que mi estabilidad…
—Su antiguo terapeuta le tenía miedo a su cheque y no quería demandar por negligencia —la interrumpió Kian, acercándose—. Yo no tengo miedo a ninguno de los dos. Si quiere caminar, necesita que su cerebro confíe en su cuerpo otra vez. Y eso no sucede sentado.
La obligó a levantarse de la silla de ruedas. La ayudó a posicionarse entre las barras, pero se mantuvo a un metro de distancia.
—Ahora, suelte una mano.
—¡Estás loco! —protestó Aina, el pánico helándole la sangre.
—Suelte. Una. Mano.
La voz de Kian era tan autoritaria que su instinto de supervivencia obedeció. Aina soltó la barra de la izquierda. Su cuerpo se tambaleó inmediatamente. El miedo le hizo sudar.
—Concéntrese —ordenó Kian—. Fije su mirada en ese punto en la pared. Y respire. No se caiga.
Aina intentó concentrarse en el punto, pero su cuerpo no la obedecía. El dolor en su espalda, exacerbado por la falta de medicación, era una punzada constante, y su pierna izquierda cedió.
Ella cayó. El golpe nunca llegó.
En un relámpago de velocidad brutal, Kian se movió. Su mano izquierda se deslizó detrás de ella, agarrándola justo por encima de su cintura. Su mano derecha la sostuvo bajo el hombro. Aina estaba suspendida, literalmente salvada de un golpe vergonzoso por la fuerza de su cuerpo.
El contacto fue completamente diferente al de la manipulación en el Capítulo 1. Este fue un contacto de rescate, de necesidad. Su cuerpo estaba pegado al de Kian por un instante fugaz, el músculo duro contra el suyo, y Aina sintió un vuelco en el estómago.
—¿Está herida? —preguntó Kian, su aliento caliente en su oído. No sonaba preocupado, sino irritado.
—No. Solo... no pude.
—Lo sé. —La levantó suavemente, sin soltarla, y la devolvió a la posición vertical, sus cuerpos todavía incómodamente cerca. Esta vez, Kian no se alejó. Se quedó justo detrás de ella, una sombra protectora y amenazante a la vez.
—Ahora, suelte ambas manos.
—¡Te lo dije!
—Lo sé. Y lo hará. Yo la sostendré. —Su pecho se presionó contra su espalda, su mano derecha se deslizó hacia su abdomen, anclándola. Era un abrazo terapéutico, diseñado para darle seguridad, pero se sentía más como una jaula. El calor de su cuerpo la invadió.
Aina sintió el familiar zumbido de la excitación, la traicionera reacción de su cuerpo al dominio masculino. Odiaba a Kian, pero la sensación de su fuerza sosteniéndola era una droga.
—Respire. Piense en la pared. Piense en caminar.
Y por primera vez en meses, Aina se atrevió a soltar una mano, y luego la otra. Estaba de pie. Sin ayuda de barras. Solo por la fuerza de Kian Rourke sosteniéndola, invadiendo cada espacio. Permaneció de pie durante diez segundos completos.
Cuando finalmente Kian la liberó y la dejó caer exhausta en la colchoneta, Aina estaba sudada, dolorida y, extrañamente, eufórica. Había caminado. No, se había sostenido.
—Diez segundos. Mañana serán veinte. Usted puede hacer esto —dijo Kian, con esa voz áspera que apenas concedía un elogio.
—Gracias —murmuró ella, sorprendida de que la palabra saliera.
Kian asintió, recogiendo las pesas que había usado para su calentamiento. Su expresión se suavizó por un segundo, revelando una chispa de algo que parecía cansancio o, peor, tristeza genuina. Era un hombre con una máscara, y por un instante, la máscara se había resquebrajado. Aina se preguntó si tal vez, solo tal vez, una parte de él sí quería ayudarla.
Mientras Kian salía del gimnasio, tomó su chaqueta y una mochila táctica que siempre llevaba consigo. Aina vio cómo se le caía un pequeño objeto en el suelo: un marco de fotos plateado.
Kian no se dio cuenta. Aina, a pesar del dolor, gateó hasta el objeto.
El marco estaba roto por la caída. Era una foto de familia. Un hombre de mediana edad con una sonrisa honesta y una mujer amable. Y en medio de ellos, un chico.
No. Dos chicos.
Uno era un adolescente Kian, con una mueca sombría y el cabello más corto. Pero el segundo... el segundo era más joven, tal vez de diez u once años, con ojos brillantes, llenos de vida y una sonrisa idéntica a la del padre.
El pequeño no era Kian, pero la similitud con el hombre que acababa de torturarla era escalofriante.
Lo que destrozó el corazón de Aina fue la inscripción grabada en el marco: "Siempre contigo, mi Sol. — Familia Rourke."
El niño. El Sol de la familia.
Justo antes de que Aina pudiera procesar la imagen, Kian regresó al gimnasio, sus ojos fríos como cuchillos. Vio el marco roto en las manos de Aina. Su expresión se cerró, convirtiéndose en algo peligroso, más allá de la rabia.
—Dame eso —ordenó, su voz un gruñido.
Aina se aferró al marco. —Espera. ¿Quién es él? ¿Este es el hombre al que arruinó mi padre? ¿Y este niño... es su hijo?
Kian se abalanzó sobre ella, agarrando la foto con una fuerza que le dolió la muñeca.
—No vuelvas a mencionar su nombre. Nunca —siseó, su rostro a escasos centímetros del de ella, la amenaza pura y sin diluir. Sus ojos estaban inyectados en una ira que Aina nunca había visto.
—Él no es mi hijo, Aina. Es mi hermano. Y murió arruinado y deshonrado, gracias a su padre.