Capítulo 3

1892 Words
La palabra resonó en el gimnasio vacío: Hermano. Aina se quedó sin aire, el marco roto de la foto aún en su mano. No era un acreedor cualquiera. Era un hombre que buscaba una retribución personal. Su cuerpo entero se sentía como si lo hubieran rociado con agua helada. Él no es mi hijo, Aina. Es mi hermano. Y murió arruinado y deshonrado, gracias a su padre. Kian se había llevado la fotografía, su expresión tan impenetrable como una pared de granito. No había súplica, no había explicación, solo la declaración de guerra. Aina sabía que la historia de su padre era brutal. Richard Miller no arruinaba a la gente; la borraba del mapa financiero. Ella se arrastró de regreso a su silla de ruedas, su mente girando. Si Kian tenía razón, cada segundo de su "terapia" no era para curarla, sino para destruirla desde dentro. Horas más tarde, Aina estaba en su suite, bañada y vestida (con un esfuerzo tortuoso, sin la ayuda del servicio). Kian entró sin llamar, como era su costumbre, llevando una bandeja de plata con su almuerzo: salmón al vapor y espárragos. —¿Por qué? —preguntó Aina, sin rodeos, ignorando la comida. Kian la miró, sus ojos fijos en la herida abierta en su cuello. —La pregunta es, ¿por qué no? Su familia vive sin consecuencias. Mi hermano, el Sol de la familia Rourke, se suicidó después de que Richard Miller lo dejara en la calle por una adquisición ilegal. Él era un joven ingeniero brillante. Tenía veinticinco años. La declaración fue un golpe seco. Aina sintió náuseas. No podía creerlo, pero la rabia de Kian era demasiado genuina. —Yo no hice nada —murmuró ella, con voz apenas audible. —No. Usted es la víctima perfecta y el cebo perfecto. ¿Quiere caminar, Aina? ¿Quiere deshacerse de esa silla de ruedas? Entonces coopere conmigo. Haremos un trato dentro de nuestro contrato. —¿Qué clase de trato? Kian se inclinó hacia ella, sus ojos plateados buscando los suyos. —Mientras yo la curo, usted me da acceso. Acceso a los correos electrónicos. A las llamadas. A los secretos de negocios de su padre que lo llevaron a hundirnos. Si coopera, caminará. Si me traiciona, no solo se quedará en esa silla, sino que haré que su nombre sea tan vilipendiado como el de su padre. Aina sintió el nudo en la garganta. Estaba atrapada. Si le decía a su padre, Kian la dejaría a su suerte, o peor, expondría el escándalo que su familia había enterrado. Si cooperaba, traicionaría a su sangre por la oportunidad de recuperar su vida. —Acepto —dijo, la palabra sabiendo a ceniza—. Pero si mientes sobre la muerte de tu hermano, me aseguraré de que te arrepientas. Kian le ofreció una sonrisa oscura que no llegó a sus ojos. —Trato hecho, Miller. Ahora, coma. Tenemos una cena esta noche. —¿Cena? —Aina frunció el ceño. —Sus padres están desesperados por mostrar a sus socios que la familia Miller está 'intacta' —explicó Kian, recogiendo la bandeja—. Es una cena con John Wallace, un socio clave de su padre. La presencia de la hija enferma es un riesgo, pero su 'milagrosa recuperación' en manos del famoso Kian Rourke es un activo. Kian se dirigió a su vestidor. —Póngase el vestido n***o de seda. El que tiene el corte en la espalda. Aina lo miró con furia. —Ese es un vestido de gala, Kian. No puedo usar eso con mi espalda. —Puede. Y lo hará. Necesitamos mostrar vulnerabilidad y fuerza. Y yo necesito acceso. Usted será el foco de la noche. Y si alguien pregunta por la cicatriz, diga que es una marca de guerra que me ayuda a trabajar. Vístase. Estaré listo en media hora. Kian se retiró al estudio adyacente. Aina se arrastró hacia el armario. El vestido n***o era su favorito: elegante, ceñido, y el escote en la espalda se hundía peligrosamente, revelando la curva de su columna. Era un vestido hecho para seducir, no para la convalecencia. Media hora después, Aina estaba sentada frente a su espejo de vanidad, luchando con el dolor punzante. El esfuerzo de ponerse el vestido casi la hace gritar. Estaba lista, pero se sentía expuesta y ridícula. La puerta se abrió y Kian entró. Ella había visto su cuerpo en ropa deportiva. Pero esta versión de él... esta era la de un CEO. Llevaba un traje hecho a medida, tan oscuro como sus ojos, que se ajustaba a sus hombros anchos de forma impecable. Su cabello estaba peinado hacia atrás con una precisión despiadada, y la tensión en su mandíbula era más marcada que nunca. Kian no era un enfermero. Era un Alfa disfrazado de terapeuta, y ahora, de empresario sin escrúpulos. —Cierre la boca, Miller —dijo él, notando su asombro—. Necesito que parezca que me pagas bien. Ahora, el collar. Aina tenía un collar de diamantes, un regalo de su vigésimo primer cumpleaños. Kian lo tomó de su caja de terciopelo. Se acercó a ella por detrás, y Aina sintió el calor de su cuerpo cerca del suyo. Sus dedos, grandes y fuertes, subieron por su cuello, deteniéndose justo en el broche. Sus nudillos rozaron la piel de su nuca, enviando un escalofrío que no era de miedo. —Permanezca quieta —ordenó en un susurro, y Aina obedeció sin chistar. Mientras ajustaba el collar, sus ojos se encontraron en el espejo. Fue un momento de intimidad forzada y peligrosa. Sus ojos no eran fríos ahora; eran intensos, evaluadores. Su aliento se aceleró. Ella notó que él también lo hacía. La tensión s****l en la habitación era tan espesa que se podía cortar. —Tienes una mancha aquí —dijo Kian, y sin previo aviso, su pulgar se posó justo en el borde de su escote. No había mancha. Era una excusa para el contacto, un toque deliberado que se extendió un latido demasiado. —Kian... —su voz era apenas un jadeo. —Tu nombre. —Él retiró el pulgar, rompiendo el hechizo, y la empujó suavemente hacia adelante, hacia la silla de ruedas—. Hora del show, Aina. Y no olvides: somos un equipo. Un equipo de mentirosos. La cena se llevó a cabo en el comedor formal, bajo un candelabro de cristal que valía más que toda la casa de la familia Rourke. Richard y Diana Miller estaban allí, vestidos con su armadura social de seda y diamantes. Richard, el patriarca, tenía esa sonrisa de tiburón que siempre reservaba para los negocios, y Diana, la matriarca, parecía el epítome de la gracia superficial. —Kian, querido. Qué alegría que te unas a nosotros —dijo Diana, deslizando su brazo por el de Kian con una familiaridad forzada—. John, él es Kian Rourke, el hombre que le ha devuelto la esperanza a nuestra Aina. Kian se transformó. El Alpha brutal se desvaneció, reemplazado por un hombre encantador, elocuente y con una calma aterradora. Su sonrisa, aunque profesional, era magnética. Él era la perfección corporativa. —Señor Miller, señora Miller. Es un honor. Y por favor, llámeme Kian —dijo Kian, con un tono que sugería que venía de una familia tan refinada como la de ellos. Aina lo observó, atónita. Este no era el hombre que le había quitado sus analgésicos. Este era un actor de primer nivel. Durante la cena, Kian no se limitó a hablar de fisioterapia. Habló con Richard Miller y John Wallace sobre la economía global, el mercado inmobiliario y las tendencias en la Bolsa, usando una terminología que demostraba una inteligencia financiera aterradora. Richard Miller estaba impresionado. Demasiado impresionado. —Kian, ¿dónde estudiaste? Tu conocimiento del mercado de capitales es extraordinario para un hombre de tu profesión —preguntó Richard, con una pizca de sospecha. Kian sonrió. Una sonrisa lenta y calculada. —Soy un apasionado de las finanzas, señor Miller. Siempre me ha gustado saber cómo se construyen, y más importante, cómo se derrumban los imperios. Richard rió, sin captar la amenaza latente. Aina sí la captó. La frase era una declaración directa de sus intenciones. Mientras cenaban, Kian se aseguró de atender a Aina, pero de una manera que mantenía la tensión. Él cortaba su comida, le acercaba el vaso, y su mano, de vez en cuando, se posaba en su hombro o en la pequeña de su espalda, justo al borde de la cicatriz. Era una coreografía de propiedad. —Kian es tan dedicado, John —dijo Diana con un suspiro dramático—. Lo tenemos viviendo aquí para que Aina tenga atención constante. —Absoluta, señora Miller —corrigió Kian, mirando a Aina, un mensaje silencioso de control pasando entre ellos. Yo soy tu dueño, y ellos me invitaron a serlo. La cena llegaba a su fin. Richard Miller se puso de pie, sosteniendo su copa de cristal. —Un brindis —dijo Richard, con esa voz pomposa—. Por la salud de Aina, por los negocios de Miller y, por supuesto, por nuestro brillante y dedicado Kian Rourke, que ha traído la promesa de estabilidad a nuestro hogar. Todos levantaron sus copas. Aina levantó la suya con esfuerzo, sintiendo el peso del engaño. Kian se puso de pie, lentamente, elevando su copa. Su mirada se encontró con la de Aina. Él no estaba brindando por ella; estaba brindando por el éxito de su plan. —Permítanme añadir a ese brindis —dijo Kian, su voz llenando el comedor, ahora libre de cualquier acento profesional. Era la voz de un Alfa, fría y definitiva. Todos lo miraron. Richard Miller se sintió levemente incómodo por la repentina seriedad. —Yo brindo —continuó Kian, sin dejar de mirar a Aina—, por la caída de los cimientos construidos sobre la mentira. Que todo lo que fue comprado a un precio injusto, regrese a su dueño legítimo. Y que el verdadero precio de la cura sea finalmente pagado. Aina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era una amenaza directa, abierta, en la cara de su padre. Richard Miller sonrió, confundido, pensando que era una metáfora. —¡Qué profundo, Kian! ¡Me gusta! Kian asintió, bebiendo su champán. —Créame, señor Miller. Usted no tiene idea de cuán profundo. Al terminar el brindis, Kian le hizo un gesto a Aina, indicándole que era hora de retirarse. Mientras Kian empujaba su silla de ruedas fuera del comedor, Aina se giró. Vio a su padre riendo con el socio, sin la menor sospecha de que el hombre que había contratado para salvar a su hija era la serpiente que estaba cavando la tumba de su imperio. Pero al cruzar el umbral, Kian detuvo la silla de ruedas. Se inclinó, su boca justo al lado de su oído. —Olvidé algo, Aina —susurró. Y con una velocidad electrizante, plantó un beso brutal y hambriento en su boca. No fue suave. Fue una toma de posesión, una declaración de guerra sellada con el deseo. La separó de él antes de que Aina pudiera reaccionar, sus ojos fijos en los de ella, cargados de odio y de un deseo que no podía negar. —Esa es la tarifa de la actuación. Y solo va a aumentar.
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