El mundo de Aina se había reducido a un espectro de sonidos amortiguados y una oscuridad densa, una negrura absoluta solo interrumpida por destellos de luz errática que se filtraban a través de sus párpados sellados como relámpagos lejanos en una noche de tormenta. No podía moverse; cada músculo, cada tendón y cada terminación nerviosa de su cuerpo se sentía como si hubiera sido reemplazado por cemento fraguado, una masa inerte y pesada que la anclaba al fondo de un pozo sin fin. Sin embargo, en medio de esa inmovilidad aterradora, su oído se había agudizado de forma casi dolorosa, captando fragmentos de conversaciones que flotaban en el aire viciado de la habitación como astillas de cristal que se clavaban directamente en su psique. —El informe de la policía de tráfico es una verdadera o

