Kian ajustó el estetoscopio alrededor de su cuello, sintiendo el peso frío y familiar del metal contra su nuca, un recordatorio constante de la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros. Eran las tres de la mañana, esa hora muerta y espectral en la que los pasillos del hospital se convertían en túneles de eco, sombras alargadas y un silencio denso que solo era interrumpido por el zumbido eléctrico de las luminarias. El olor a antiséptico y desinfectante parecía volverse más espeso, casi sólido, impregnando su bata blanca y sus sentidos. Como médico recién egresado y residente de primer año en la exigente especialidad de Neurocirugía y Columna, su vida se había transformado en una sucesión infinita y agotadora de cafés de máquina, guardias de treinta y seis horas y el estudio obsesivo d

