Kian no llevaba el libro de ciencia ficción esta vez; sentía que la realidad que estaban a punto de enfrentar superaba cualquier epopeya galáctica que pudiera haber leído. Se sentó muy cerca de la cama, en la penumbra dorada de la tarde que se filtraba por las persianas, dejando que el sonido sibilante y rítmico del respirador marcara el compás de sus pensamientos más profundos. Estaba inusualmente pálido, y sus manos, aquellas que habían salvado decenas de vidas en los últimos meses, jugueteaban nerviosas con el estetoscopio que colgaba de su cuello como un amuleto desgastado. —Aina... sé que estás ahí, en algún rincón de ese silencio —susurró, con una convicción que no necesitaba de electroencefalogramas ni de pruebas de laboratorio para sostenerse—. Lo siento en el aire cada vez que en
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