El día siguiente amaneció clara y fresca. El rocío aún cubría las hojas cuando Nikolai ordenó que prepararan la glorieta del jardín. Dos hombres cargaron una mesa de madera pulida, y sobre ella colocaron un maletín lleno de lápices de grafito, carboncillos, pinceles y hojas blancas que parecían esperar solo por ella. Serafín bajó lentamente, apoyada en el brazo del Pantera. Su pie todavía estaba sensible, pero el dolor había disminuido lo suficiente para que pudiera caminar sin ayuda. Al ver aquel rincón preparado, se detuvo, sorprendida. —¿Todo esto… para mí? —susurró, con la incredulidad reflejada en sus ojos verdes. Nikolai no respondió enseguida. La observó de perfil, el sol tiñendo su cabello de un rojo aún más intenso, y por un momento pensó que nunca había visto algo tan perfecto

