Los días siguientes fueron un torbellino en el rancho. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos notaron el cambio en el Pantera. Ya no era solo el jefe implacable que imponía silencio y miedo; ahora, además, dedicaba horas de su día a algo impensable: entrenar a su esclava. Serafín se paró aquella mañana frente a La Sombra y dos hombres más de confianza. Su cabello rojo recogido en una trenza le caía sobre un hombro, y vestía ropa más ligera de lo habitual: pantalones ajustados negros y una camiseta blanca que Nikolai había ordenado traerle. Aun así, parecía fuera de lugar, como una flor delicada en medio de un campo de espinas. —¿Qué hago aquí? —preguntó en voz baja, mirando de reojo a los hombres que la observaban con curiosidad. Nikolai, de pie detrás de ella, respondió con calma, aunqu

