Los días habían volado como arena al viento, y el rancho parecía sostenerse solo sobre el peso de la presencia del Pantera. Aquella tarde, Serafín se encontraba frente a la máquina de escribir, intentando juntar palabras en una hoja que seguía casi en blanco. Sus dedos se movían con torpeza sobre las teclas, cuando el sonido de pasos firmes la obligó a detenerse. Nikolai acababa de colgar el teléfono satelital. Su expresión era la de un hombre que había tomado una decisión irrevocable. Caminó hacia ella, abrió el gavetero de su clóset y sacó unos documentos. Los dejó sobre la mesa, justo donde la joven escribía. —Mira esto —ordenó con calma. Serafín retiró lentamente las manos de la máquina de escribir y tomó el documento. El papel tenía un sello oficial y letras impresas con frialdad.

