Venganza en Juárez

1965 Words
El rancho estaba sumido en un silencio extraño desde la partida del Pantera. Para Serafín, cada rincón parecía vacío, como si las paredes mismas aguardaran su regreso. Las sombras de los árboles se alargaban en los ventanales al caer la tarde, y el viento arrullaba el silencio con un murmullo inquietante. Se sentaba frente a la máquina de escribir, los papeles extendidos frente a ella. Cada hoja llevaba un nombre, un sello, un nuevo destino que no había elegido, pero que ahora era suyo. Serafín Smirnov. La primera vez que lo leyó, su corazón se detuvo. Su nuevo apellido brillaba en tinta negra, firme, poderoso. Era el apellido de él. El de un hombre que todos temían pronunciar en voz alta. Lo recorrió con la yema de los dedos, como si con ello pudiera comprender el peso que representaba. El sonido del viento la hizo estremecer. Se llevó las manos al rostro y respiró profundo. Intentó concentrarse, repitiendo en voz baja la información que debía memorizar: —Nacida en Moscú… hija de una mujer llamada Ivanna Smirnova… —se detuvo un segundo, sus labios temblaron—. ¿Quién eres, Ivanna? ¿Exististe alguna vez? Apretó los ojos. El Pantera le había dicho que no importaba. “Tal vez una muerta. Lo único que importa es que yo ya empecé a escribir tu nueva vida”, había sido su respuesta. Pero para Serafín importaba. Cada nombre inventado era una mentira, y sin embargo, también era una promesa: la de nunca volver a ser invisible. Se levantó, caminó hasta el ventanal y observó el auto que Nikolai le había dejado. Las llaves colgaban en la pared, brillando bajo la luz tenue de la tarde. Su reflejo en el cristal la devolvía a una realidad imposible: una mujer cautiva, ahora con un apellido que podía abrir puertas… o cerrarlas para siempre. El gato, ese pequeño compañero que Nikolai había permitido que se quedara con ella, saltó sobre el escritorio, enredándose entre los papeles. Serafín acarició su lomo distraídamente. —Tú tampoco sabes quién soy, ¿verdad? —susurró con una sonrisa triste. Un hombre de traje entró sin hacer ruido, como solía. Traía una bandeja con comida, pero evitaba mirarla directamente. —El jefe ordenó que comieras —dijo simplemente, dejando la bandeja sobre la mesa. Serafín lo observó un instante. Había aprendido en esas semanas que los hombres no hablaban de más. —¿Está bien? —preguntó con voz baja. El hombre alzó la mirada, sorprendido. No esperaba que ella se atreviera a preguntar. —El jefe siempre vuelve —respondió, con tono firme, antes de salir de la habitación. El silencio volvió a envolverla. Se sentó en la cama con los documentos sobre las rodillas. Repitió los nombres, las fechas, la historia inventada, una y otra vez, hasta que el cansancio le venció. Pero cuando cerraba los ojos, no veía letras ni sellos, veía su rostro: Nikolai, con su mirada azul, con esa sonrisa fría que a veces escondía un calor imposible de comprender. Una lágrima resbaló por su mejilla. —Vuelve… —murmuró, abrazando los papeles contra su pecho—. No quiero la libertad si no estás tú. En algún lugar de la frontera, Nikolai Smirnov luchaba contra el infierno. Y aunque ella no lo supiera, cada bala disparada llevaba un solo propósito: regresar a ella. Pero mas allá de aquel rancho a muchos kilómetros. El aire seco de Ciudad Juárez olía a pólvora y traición. Las luces mortecinas de las calles apenas iluminaban las fachadas ruinosas, y el silencio pesaba como plomo. Nikolai Smirnov, el Pantera, descendió de su camioneta blindada. A su lado, La Sombra ajustó el chaleco antibalas, ambos conscientes de lo que los esperaba. Esta vez no habría negociaciones. La última vez que enfrentó a Gustavito, Nikolai había salido con una herida en el costado, recordatorio de que hasta el depredador más temido podía sangrar. Pero había jurado que no habría una segunda oportunidad para su enemigo. —Recuerda —murmuró La Sombra mientras revisaba el cargador de su rifle—, no vinimos por prisioneros. —Ni por advertencias —respondió Nikolai, con esa calma brutal que lo caracterizaba—. Vinimos por lo nuestro. Y por justicia. Avanzaron por un callejón hasta llegar a la bodega donde el cartel había escondido la mercancía robada: armas, droga y dinero que pertenecían al Pantera. Dos guardias armados custodiaban la entrada. Nikolai, sin perder un segundo, desenfundó su pistola silenciada. Dos disparos secos y los cuerpos cayeron como muñecos rotos. La Sombra los arrastró a un lado mientras Nikolai empujaba la puerta metálica. Adentro, la escena era un hervidero: una docena de hombres armados, música de corrido sonando de fondo, y cajas apiladas con el sello que confirmaba lo robado. Al fondo, Gustavito, con su inseparable puro y una sonrisa cínica, lo esperaba. —¡El Pantera! —gritó, levantándose de la silla—. Pensé que ya estarías enterrado bajo tierra después de nuestra última reunión. Nikolai avanzó con pasos firmes, su sombra alargada proyectándose contra las paredes iluminadas por bombillas amarillas. —Me subestimaste, Gustavito. Y ese fue tu último error. El silencio cayó como un hachazo. Todos los hombres tensaron los rifles, pero el Pantera no se detuvo. —Dame una razón para no volarte la cabeza ahora mismo —gruñó Nikolai. Gustavito sonrió, pero la expresión no le llegó a los ojos. —Porque me necesitas. Solo yo sé dónde está el resto de tu mercancía. El Pantera lo observó, evaluando cada palabra, cada movimiento. Finalmente, soltó una carcajada baja, peligrosa. —Te equivocas. Solo necesito tu cadáver para que todos sepan que nadie toca lo mío. Levantó la pistola. Gustavito apenas alcanzó a abrir la boca cuando la bala lo atravesó entre ceja y ceja. El estruendo reventó el silencio, y la bodega estalló en caos. Los hombres del cartel levantaron sus armas, pero La Sombra ya estaba preparado. Una ráfaga ensordecedora barrió la primera línea de sicarios. Nikolai se movía como un depredador en medio de la oscuridad, cada disparo suyo era un acierto mortal. La sangre salpicó las paredes, y los gritos se mezclaron con el olor a pólvora. En cuestión de minutos, el suelo estaba cubierto de cuerpos. Nikolai se inclinó sobre uno de los sobrevivientes que aún respiraba. —¿Dónde está lo demás? —preguntó, presionando la bota contra su pecho. —En… en el sótano —balbuceó el hombre, jadeando—. Está todo… Nikolai lo miró un instante y, sin dudar, lo remató. —Los testigos sobran. La Sombra ya había bajado al sótano y regresaba con la confirmación. —Todo está aquí, jefe. El cargamento completo. —Perfecto —respondió Nikolai, limpiando el cañón de su pistola con un pañuelo—. Quemen esta madriguera. Quiero que cuando el cartel venga a reclamar, solo encuentre cenizas y cadáveres. En cuestión de minutos, bidones de gasolina fueron vaciados sobre las cajas y los cuerpos. Las llamas comenzaron a devorar la bodega mientras Nikolai y La Sombra regresaban a la camioneta. Ya dentro, La Sombra lo miró de reojo. —Ya lo tienes todo de vuelta. Nikolai encendió un cigarro, con la calma de quien había cumplido una promesa de sangre. —Aún no. No tendré todo hasta que vuelva a mi rancho. Mientras el fuego iluminaba el cielo detrás de ellos, Nikolai cerró los ojos un segundo. En su mente, la imagen de Serafín aparecía nítida: su cabello rojo como el fuego, sus ojos llenos de inocencia y fuerza recién nacida. Espérame, ángel. No tardaré. El motor rugió, alejándolos de las ruinas, mientras el Pantera juraba que esa sería la última vez que alguien se atreviera a ponerle la mano encima a lo suyo. Tres días después, el rugido del motor de la camioneta blindada rompió la calma del rancho. Los hombres que aguardaban en silencio se tensaron de inmediato, pero el alivio los recorrió al ver la silueta imponente del Pantera bajar sin una sola herida. Nikolai cerró la puerta con firmeza, su rostro serio, su andar seguro, como si la muerte misma lo hubiera escoltado y no hubiera logrado tocarlo. Y se fue directo a su habitación. Serafín, que lo esperaba junto a la ventana, se llevó la mano al corazón. Sus labios se abrieron, pero ninguna palabra salió. Él la vio y en su mirada se encendió algo extraño, algo que se parecía demasiado a calma. —Ven acá —ordenó, extendiendo la mano. Ella obedeció, cojeando apenas. Cuando estuvo cerca, Nikolai la tomó por la cintura y la atrajo contra él. No dijo nada más; simplemente la sostuvo allí, como si con ese contacto pudiera asegurarse de que aún respiraba. —Volviste… —susurró ella, su voz temblorosa. —Siempre vuelvo —respondió él, mirándola fijamente. No había presunción en sus palabras, solo certeza. Más tarde, mientras el sol se ocultaba detrás de los cerros, Nikolai la condujo a su oficina. Sobre el escritorio reposaban los documentos con su nuevo nombre, junto a un teléfono satelital. Él encendió un cigarrillo y se recargó contra el borde del escritorio, sus ojos fijos en ella. —Hoy hablarás con la madre superiora —dijo, extendiéndole el teléfono—. Quiero escuchar lo que le dirás. Serafín tomó el aparato con manos temblorosas. El corazón le latía con fuerza, como si cada palabra que iba a pronunciar pesara más que el aire mismo. Marcó el número que ya conocía de memoria. —Convento y orfanato La esperanza del perdido, buenos días —contestó la madre superiora. Serafín tragó saliva, su voz se quebró apenas: —Madre… soy yo, Serafín. Hubo un silencio cálido al otro lado. —Hija… ¿cómo estás? —preguntó la monja con ternura, pero también con cautela. Los ojos de Serafín se humedecieron. Miró de reojo a Nikolai, que la observaba con atención, sin perder un solo gesto de su rostro. —Estoy… viva. Y… estoy bien, madre. —Hizo una pausa, respiró hondo y susurró—. He aprendido… a ser fuerte. La monja guardó silencio unos segundos antes de responder: —Eso me alegra, Serafín. Siempre supe que eras más fuerte de lo que creías. Las manos de Serafín temblaban, pero su voz adquirió un nuevo matiz: —Madre… creo que… quiero quedarme. Nikolai, que parecía una estatua, apartó apenas la ceniza de su cigarrillo, ocultando la tormenta que esas palabras habían desatado en él. No dijo nada, pero su mirada se clavó en ella, y en el fondo de sus ojos brilló un destello que nadie había visto jamás: el de un hombre al que, por primera vez, lo estaban desarmando. La madre superiora suspiró del otro lado, como si hubiera estado esperando escuchar esas palabras desde hacía años. —Entonces hazlo, hija. Quédate. El mundo nunca fue amable contigo… pero quizá ahora empiece a serlo. Serafín cerró los ojos, conteniendo las lágrimas. Nikolai, en silencio, aplastó el cigarrillo en el cenicero y se acercó. Con movimientos lentos le quitó el teléfono de la mano y lo colgó. —Tu voz cambió cuando dijiste que querías quedarte —murmuró, inclinándose hacia ella—. ¿Sabes lo que significa? Ella lo miró con los ojos brillantes, el rostro encendido. —¿Qué significa, mi señor? —preguntó, casi en un susurro. Él acarició su rostro con la yema de los dedos, como si no pudiera resistirse. Su sonrisa fue fría, pero sus ojos lo traicionaban. —Que muy pronto, Serafín… dejarás de ser solo mi esclava. Ella se estremeció, sin saber si debía temer o entregarse a esas palabras. Y él, en silencio, guardó el gozo que lo atravesaba, porque sabía que esa mujer estaba a punto de despertar algo que jamás había permitido en sí mismo: amor.
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