El rancho estaba sumido en un silencio extraño desde la partida del Pantera. Para Serafín, cada rincón parecía vacío, como si las paredes mismas aguardaran su regreso. Las sombras de los árboles se alargaban en los ventanales al caer la tarde, y el viento arrullaba el silencio con un murmullo inquietante. Se sentaba frente a la máquina de escribir, los papeles extendidos frente a ella. Cada hoja llevaba un nombre, un sello, un nuevo destino que no había elegido, pero que ahora era suyo. Serafín Smirnov. La primera vez que lo leyó, su corazón se detuvo. Su nuevo apellido brillaba en tinta negra, firme, poderoso. Era el apellido de él. El de un hombre que todos temían pronunciar en voz alta. Lo recorrió con la yema de los dedos, como si con ello pudiera comprender el peso que representaba

