La noche en la pequeña cama fue distinta a cualquier otra. Nikolai, enroscado a su lado, dormía como un niño exhausto, con el brazo aferrado a Serafín como si ella fuera su último ancla en el mundo. Ella no se atrevió a moverse, pero en su silencio, el temor se mezcló con una nueva comprensión: el Pantera no era invencible. Debajo de la capa de hielo, era un hombre roto, cubierto de cicatrices invisibles que solo ella estaba viendo por primera vez.
Al amanecer, cuando los rayos de sol se colaron por las cortinas, él despertó. La soltó bruscamente, como si hubiera cometido un error imperdonable al mostrarse vulnerable. Se levantó y se vistió con movimientos rápidos y torpes, su rostro una máscara de fría indiferencia.
—Hoy me acompañarás al patio —ordenó con su voz de hielo, sin mirarla. —No hables. Solo observa.
La tarde había caído, y Serafín caminaba detrás de él, el polvo del rancho levantándose bajo sus pies. Ya no era la sombra tímida que los hombres solían esquivar. Ahora, los ojos que la observaban tenían un brillo nuevo, una mezcla de curiosidad y un respeto ciego por el poder del jefe. Caminaba con la cabeza baja, sí, pero en sus ojos de zafiro había un brillo distinto, el de alguien que conocía un secreto que nadie más podía imaginar, una intimidad oscura que los unía de forma insondable.
Al cruzar el patio, vio a sus hombres. Uno la miró con una mueca en la boca, pero al ver el rostro de su jefe, endurecido por un día de negocios sucios, bajó la vista. Nikolai no dijo una palabra, pero Serafín sintió su posesión en cada paso.
El sol de la tarde caía sobre el rancho, creando largas sombras en el patio donde los hombres de Nikolai se habían reunido. El Pantera no toleraba la debilidad, y todos lo sabían. Se paró frente a ellos, su figura imponente.
—En este negocio, hay una sola regla —dijo, su voz resonando en el silencio. —La lealtad. Es la única moneda que me interesa.
Hizo una pausa, su mirada de hielo recorriendo los rostros de sus hombres. De reojo, la miró a ella. Serafín lo sintió: él necesitaba comprobar que ella seguía ahí, después de la noche en su cama. Que su obediencia no se había roto.
—El que no entiende esa regla, no pertenece a este lugar —continuó. Su voz se volvió más dura. —No hay lugar para los miedos, las dudas, o la compasión. En este rancho, somos una manada. Y el que traiciona a la manada, muere.
Serafín bajó la mirada, las palabras de él resonando en sus oídos. No era solo un discurso para sus hombres; era una advertencia para ella. Una forma de recordarle que el mundo que la rodeaba era un infierno.
—Entendieron —gritó, y un coro de "¡Sí, jefe!" resonó en el patio.
La mirada de Nikolai se posó en ella una última vez, y en ese instante, el mensaje fue claro. Lealtad. Posesión. La noche anterior había sido una prueba, y ella, sin saberlo, la había superado.
Cuando regresaron a la habitación, Nikolai cerró la puerta con fuerza, el eco del golpe resonó como un disparo. El clic del cerrojo fue la señal final de su encierro. Se acercó a ella, sus ojos azules encendidos con algo que no era solo deseo, sino una posesión brutal que quemaba en sus pupilas. Se detuvo a su lado, la miró de pies a cabeza, como quien examina una joya recién robada.
—No vuelvas a dejar que nadie vea tus ojos como hoy —le advirtió, apretándole la barbilla con dureza. —Son míos.
Serafín tragó saliva. —Sí, mi señor.
Él la soltó, pero no se alejó. Sus dedos recorrieron el tatuaje en su costilla, esa marca que, en lugar de ser un recordatorio cruel de su pasado, parecía ahora un símbolo de su nueva realidad.
—Eres fuego, ¿sabes? —murmuró, su voz bajando a un tono peligroso. —Y yo... yo soy el que se quema contigo.
Ella lo miró, sorprendida por la confesión disfrazada de amenaza. —Si el fuego lo quema, señor… ¿por qué regresa a él? —susurró, arriesgándose a preguntar.
Nikolai sonrió, una sonrisa amarga, como si el gusto de la derrota fuera lo único que lo satisfacía. La empujó suavemente contra la pared y apoyó su frente en la de ella.
—Porque soy un depredador, Serafín. Y el depredador siempre vuelve al lugar donde encontró calor.
El silencio se volvió insoportable. Ella cerró los ojos, sintiendo su aliento, el roce de sus labios a un paso del suyo. Y entonces él se apartó, como si hubiera perdido una batalla interna.
—Vístete con el vestido n***o que traje. Esta noche habrá música en el salón. Bailarás conmigo.
Serafín tembló. No era una petición, sino una orden. Pero en el fondo, lo supo: aquella noche no sería un castigo. Sería un rito, un baile de posesión. El Pantera no quería solo su obediencia. Quería verla brillar… solo para él.
Más tarde la noche había caído sobre el rancho, y con ella, un silencio pesado que parecía hecho de sombras. Serafín estaba en su rincón, repasando con los dedos las letras de la libreta nueva que Nikolai le había dejado. La suavidad del cuero contrastaba con la dureza de la realidad que la rodeaba.
La puerta se abrió sin previo aviso. Él entró, el olor a tabaco y pólvora impregnando el aire. Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco y la observó como si evaluara un objeto, una posesión.
—Levántate —ordenó.
Ella lo hizo de inmediato, con el corazón latiendo fuerte. Nikolai se acercó y, sin una palabra más, tomó el libro que ella tenía entre las manos. Lo hojeó, lo cerró y lo dejó caer sobre la mesa.
—Demasiado tiempo libre te da ideas. Y yo no quiero ideas en tu cabeza. Solo obediencia.
Serafín bajó la mirada, pero no dijo nada. Sabía que hablar sin permiso podía costarle caro.
Él se sentó en la cama, abrió las piernas y con un gesto seco señaló el espacio frente a él. —Ven aquí.
Ella avanzó despacio. Cuando estuvo lo bastante cerca, él la tomó del mentón y levantó su rostro. La dureza de sus ojos la atravesó como cuchillas. —¿Qué eres tú, Serafín? —preguntó en voz baja.
—Soy su esclava, mi señor —susurró.
Nikolai sonrió de lado, sin calidez, solo con ese orgullo frío que la hacía temblar. —Correcto. Nada más. No olvides nunca eso.
Con una brusquedad calculada, tiró de la cuerda de su vestido hasta soltarlo. La tela cayó sobre sus hombros y luego al suelo. El frío la envolvió, pero el calor de su mirada la quemaba más. La recorrió con los ojos, como quien evalúa una joya robada.
—Estás temblando —murmuró, apoyando su mano grande en la curva de su cadera. —No de frío. Sino de miedo.
—Sí, mi señor —tragó saliva.
Nikolai soltó una risa breve, seca. —El miedo mantiene viva a la presa. Y yo necesito que sigas viva.
La empujó hacia la cama con una fuerza que no dejaba espacio para dudas. La tomó como siempre: sin ternura, sin susurros dulces, solo con la posesión de un hombre que no conoce otra cosa que el poder. Y sin embargo, Serafín, con cada roce, con cada movimiento, descubría que algo nuevo se encendía en ella. No era amor. No era dulzura. Era la necesidad brutal de sentirse viva, aunque fuera en manos de un depredador.
Cuando terminó, se levantó sin mirarla. Se abrochó el cinturón y, con la misma voz fría de siempre, dijo: —Limpia esto y descansa. Mañana quiero que leas para mí. En ruso.
Y se fue, dejando la puerta entreabierta.
Serafín quedó tendida, con el cuerpo temblando y el alma hecha un nudo. Se llevó la mano al pecho, sintiendo los latidos frenéticos de su corazón. La jaula seguía siendo de hierro, Nikolai seguía siendo el amo cruel que no conocía el amor… pero ella ya no era la misma. Por primera vez en su vida, se supo mujer. Y ese descubrimiento, más que el dolor o el miedo, era lo que realmente la aterraba.