El eco de un fantasma

2107 Words
Los días se estiraron en una quietud abrumadora. El rancho se convirtió en un fantasma de la vida que se desarrollaba afuera. La habitación, una vez su refugio, ahora era el escenario de sus nuevos miedos y de una extraña, vergonzosa, euforia. Serafín se movía con lentitud, su cuerpo aún adolorido por la noche. Las marcas de la posesión de Nikolai eran como tatuajes temporales, recordatorios de que ahora era, de forma irreversible, su propiedad. La soledad era su única compañera. Los guardias apostados afuera de la puerta le traían la comida, pero sus rostros eran inexpresivos, sus palabras, inexistentes. Era una prisionera en una jaula de oro, pero su encierro ahora tenía un matiz diferente. Antes, la jaula la protegía de los depredadores; ahora, la jaula la protegía de sí misma, de la mujer que había sido. Miraba su reflejo en el espejo y no reconocía los ojos de zafiro. Eran los ojos de una esclava que había encontrado placer en su cautiverio. La maestra del convento, la soñadora que había escrito su historia en un cuaderno, había desaparecido. En su lugar, había un ser nuevo, una mujer que temblaba ante el recuerdo de una caricia y se ruborizaba al pensar en un beso robado. Por las tardes, se sentaba en su rincón. A veces, tomaba el libro en ruso que Nikolai le había dado, intentando descifrar las letras extrañas. El idioma, que antes era una barrera, ahora era un puente que los unía, un secreto que solo ellos compartían. Recordaba las palabras que le había susurrado en la noche, las palabras que le habían enseñado "paz" y "lealtad". La ironía era tan cruel que la hacía reír. Pasaron varios días. Serafín empezó a notar los pequeños cambios en el rancho. El movimiento de los autos, las voces de los hombres en el patio, el olor a carne asada. Su corazón se aceleró. No sabía si lo que sentía era miedo o anticipación. Sabía que su regreso significaba el fin de su soledad, pero también el regreso a una realidad que la aterrorizaba y la seducía al mismo tiempo. Se levantó de su rincón y se puso de pie, enderezando su vestido. Se alisó el cabello. La puerta se abrió, El silencio de la habitación era el único testigo de su espera. Cuando Nikolai entró, la atmósfera cambió, se hizo densa y pesada. Sus ojos fríos, que antes solo veían a una esclava, ahora la miraban con la intensidad de un dueño que examina su propiedad. La miró de pies a cabeza, y una media sonrisa, tan breve que pudo haber sido un truco de la luz, se dibujó en sus labios. —Ya estoy aquí, Serafín —dijo, y su voz, una losa de hielo que la había aterrorizado tantas veces, ahora resonaba con una extraña autoridad. Ella no respondió. No necesitó hacerlo. Él se quitó el saco y lo arrojó sobre una silla. Se aflojó la corbata y la miró. —No tienes el cuerpo dolorido, ¿verdad? —preguntó, una burla en su voz. —Sí, señor —respondió ella, la verdad un susurro. Él se sentó en el borde de la cama y la miró fijamente. —Has obedecido. Bien. El rancho es un lugar peligroso para los extraños. Y ahora eres... la dueña de mi nido. La frase la hizo temblar. El "ratón del jefe" se había transformado en "la dueña del nido", una posesión que ahora tenía un lugar más definido y permanente. La noche llegó y, sin decir una palabra, él le hizo una seña para que se acostara. La cama ya no era un lugar de terror, sino un espacio compartido donde el miedo se mezclaba con una extraña comodidad. Él la abrazó con su brazo fuerte, y en la oscuridad, con sus cuerpos entrelazados, la voz de Nikolai sonó en el silencio. —Dime una palabra —dijo en ruso. —Casa —respondió ella en ruso, la palabra saliendo de sus labios con una naturalidad que los sorprendió a ambos. Él sonrió, un gesto que ella sentía más que veía. —Casa —repitió, y luego la besó en el hombro. —Ahora, dime una en español. —Peligro —susurró ella, la palabra una verdad que resonaba en cada rincón de la habitación. El Pantera no respondió. Solo la apretó más contra él, como si quisiera protegerla de ese peligro. La habitación se llenó del silencio de la noche, y Serafín supo que su vida había cambiado para siempre. El rancho era su jaula, el Pantera era su dueño, y ella, la dueña del nido, estaba aprendiendo a vivir en la oscuridad. Una tarde, el rancho era un oasis de paz. Serafín y Nikolai caminaban por el jardín, la luz del sol de la tarde filtrándose entre las hojas. Ella leía lentamente el libro que él le había dado, una novela sobre la mafia antigua, el mismo mundo al que él pertenecía. Por primera vez, Serafín sentía una conexión extraña, leyendo la historia que parecía ser la suya. De pronto, el sonido de los motores rompió la calma. Varios vehículos blindados llegaron, y de ellos bajaron hombres. Pero no solos. Traían a otros hombres, amordazados y heridos. No eran otra cosa que enemigos, capturados. Un hombre de confianza, con una barba desaliñada y una cicatriz en el rostro, se acercó a ellos con un plato. —Cigarros rusos y whisky, jefe —dijo, ofreciéndole los vicios. Serafín, por instinto, lo recibió. Pero el hombre, creyendo que ella era solo una más del servicio, y al ver su piel pálida y sus ojos de zafiro, la vio como una pieza de carne. Con malicia, le dio una palmada fuerte y cruda en el trasero. El sonido fue un latigazo en el silencio. En un segundo, la paz se rompió. La ira de Nikolai fue un fuego helado. Como otras veces, golpeó sin pedir explicaciones, sus puños eran martillos sobre el rostro del hombre, que cayó al suelo sin poder defenderse. —¡Maldito perro! ¿Cómo te atreves a tocar mi propiedad? Vas a morir esta tarde —dijo Nikolai, su voz un trueno. Serafín se arrodilló. El terror en sus ojos no era para ella, sino para el hombre en el suelo. Por primera vez en su vida, rogó por la vida de alguien. —¡No, mi señor! Por favor, no lo haga. Esto lo enfureció aún más. Su furia se desvió del hombre a ella. La agarró del brazo y la arrastró hasta la habitación. Le bajó los pantalones con un tirón, y su mano se estrelló contra su piel pálida, una, dos, tres veces. No era un acto de deseo, sino de castigo. —¿Esto te gusta? —dijo, la voz más que molesta, celosa. Las lágrimas corrieron por el rostro de Serafín. Ella no respondió. Solo lloró, sintiendo el ardor de su piel. Él, al ver su llanto, se detuvo. —No ruegues por ninguna vida jamás, Serafín —dijo, su voz volviendo a ser una losa de hielo—. Ni siquiera eres dueña de la tuya propia. Vuelve a rogar por un perro y te entierro con él. Y se fue. Por primera vez, Serafín fue realmente castigada por su amo. Y el castigo no fue solo el dolor de las nalgadas, sino la brutalidad de sus palabras. Se quedó sola, llorando en la cama, y poco después, escuchó los gritos y los disparos que provenían del patio. Un infierno, sin duda. Y ella, por primera vez, había sido testigo de su crueldad y la había experimentado de primera mano. La noche había caído como un manto pesado sobre el rancho. Afuera, el eco de los disparos ya era solo un recuerdo, pero dentro de la habitación, el silencio era más doloroso que cualquier balazo. Serafín estaba recostada de lado, con la espalda desnuda aún ardiendo por el castigo. No lloraba ya; las lágrimas se habían secado en sus mejillas, pero sus ojos de zafiro seguían abiertos, fijos en la nada. El sonido de la puerta la hizo tensarse. Nikolai entró sin hacer ruido, el rostro manchado con la sombra de la guerra que había librado en el patio. Cerró la puerta con suavidad, como si no quisiera perturbarla más de lo que ya lo había hecho. No dijo una palabra. Se quitó el saco, observándola. El silencio se volvió insoportable, y con él, el eco de la violencia de los últimos días. El aire de la habitación se sentía denso con el recuerdo de los gritos y los disparos. Se despojó de su ropa de combate y, sobre la mesa de Serafín, dejó un paquete. No dijo nada, solo lo dejó caer con un sonido suave. Era una libreta nueva, de cuero, y un bolígrafo de acero, un eco directo de la historia que ella había perdido. Serafín se arrodilló de inmediato, un reflejo de su sumisión. Pero esta vez, él no la miró como su posesión, sino con una furia silenciosa que iba dirigida a sí mismo. —Aléjate de mi cama —ordenó, su voz era un murmullo de autodestrucción. —Te veo y me acuerdo de aquel maldito perro. Serafín no necesitó más. La vergüenza y el dolor la inundaron. Se levantó y se fue a su pequeña cama en el rincón. Por primera vez, Nikolai sintió el peso de sus propios actos. Se sentía como un maldito, un monstruo que la había castigado por tener empatía, una cualidad que él había desterrado de su vida hacía mucho tiempo. Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Él la ignoró por completo. Serafín volvió a ser la esclava de su "sí, señor" y "no, señor". Se movía como una sombra, cumpliendo sus órdenes, pero él ni la miraba. O eso creía ella. En verdad, Nikolai no volvía a dormir. La cama grande, la que una vez fue el símbolo de su poder, se sentía fría y vacía. El calor de ella, el peso de su cuerpo a su lado, la simple presencia del ángel de fuego, era la única cosa que lo hacía dormir. Así que, una noche, exhausto y con la mente atormentada por el insomnio, él fue quien se movió. Sin decir nada, el Pantera se coló en la pequeña cama de ella. Era un espacio reducido para su cuerpo grande y fuerte, pero se acomodó, pegándose a ella, su brazo alrededor de su cintura. Serafín sintió su calor, el peso de su cuerpo, y no se movió. No supo si sentir miedo o una extraña sensación de pertenencia. Y por fin, nuevamente en mucho tiempo, él descansó. El amo que había castigado a su esclava por su bondad, ahora, necesitaba la calidez de esa misma bondad para encontrar paz en su propio infierno. A la mañana siguiente la luz del sol se colaba débilmente por las cortinas pesadas cuando Nikolai abrió los ojos. Eran las diez de la mañana. A su lado, Serafín estaba despierta, inmóvil, como si fuera parte del mobiliario, apenas acariciando con la yema de los dedos la cabeza del gato que ronroneaba pegado a su cintura. Él la observó unos segundos, calculador, sin delatar emoción alguna. Se incorporó lentamente y, con la voz ronca de quien no acostumbra dormir tanto, habló: —Hoy llamarás a la madre superiora. Le dirás que te darán vacaciones y que irás a visitarla. Llevarás regalos... así no levantaremos sospechas. El corazón de Serafín dio un salto. Se irguió un poco, temblorosa. —¿Eso quiere decir que... puedo irme? Nikolai giró el rostro hacia ella. Sus ojos azules eran hielo puro. Una sonrisa ladeada, cargada de ironía, se dibujó en su boca. —¿Ya quieres irte de mí? —preguntó, con esa calma que era más peligrosa que un grito—. Todavía me queda tiempo aquí. No puedo dejarte ir. Se levantó, encendió un cigarrillo y, entre el humo, agregó con frialdad: —Iré contigo. Dirás que soy tu novio... que te casarás conmigo y viajarás a Rusia. No todo es verdad... pero si mientes bien, te creerá. El silencio cayó como un peso de plomo. Serafín bajó la mirada. La idea de mentir a la madre superiora le revolvía el alma, pero la mirada de Nikolai no admitía resistencia. —Repite la maldita oración —ordenó él, con un tono bajo y cortante. Ella tragó saliva, el gato presionándose contra su regazo como buscando calmarla. Levantó apenas la mirada, sus ojos brillando de vergüenza y miedo. —Sí, mi señor. Él asintió, exhalando el humo lentamente, como si con esa sumisión se hubiera asegurado otra pieza de su juego.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD