Al estar acostados en la cama, el peso de su brazo sobre la cintura de Serafín era una presencia familiar. Él yacía de espaldas, su respiración profunda y pareja. Ella, con el valor que el alcohol le había dado, se movió, girándose lentamente para quedar frente a él. Nikolai no abrió los ojos, pero sabía que ella lo observaba. El silencio entre ellos fue eterno, y en ese silencio, Serafín encontró el coraje para hablar.
—Mi señor... —comenzó, su voz temblorosa pero firme—. ¿Usted me tiene asco, o tal vez otra cosa? Siempre me toca, pero me deja ardiente de preguntas.
Él abrió los ojos. No había sorpresa en su mirada, solo una curiosidad fría y calculada. —Que preguntas. Yo no sé responder preguntas.
—Preguntas... sobre qué quiere de mí —respondió Serafín, su mirada fija en la de él.
Una sonrisa, que no llegó a sus ojos, se dibujó en los labios de Nikolai. Con la lentitud de un depredador, se trepó sobre ella, inmovilizándola con su peso. Su aliento cálido le rozó la cara.
—Quiero lo que guardas —dijo, su voz un susurro ronco—. Pero no quiero que tengas miedo de mí cuando lo tome.
Ella lo miró a los ojos. En la oscuridad, su figura era imponente, una sombra de poder y deseo. Pero su corazón ya no latía de miedo, sino de una extraña excitación. Las palabras que le habían atormentado durante meses, ahora eran una verdad, un destino.
—Ahora no tengo miedo —suspiró.
Y ese fue el detonante. Nikolai no esperó más. Tomó su boca con la suya, un beso que era una posesión, una declaración de propiedad. Recorrió su piel con sus manos, un toque que era al mismo tiempo violento y delicado, y sin muchas maniobras, la tomó. La penetración fue abrupta, pero no violenta. Era la de un hombre que se aferraba a algo que siempre había deseado.
Esa noche, una mujer virgen y estrecha se convirtió en un bálsamo para el Pantera. El dolor fue agudo y breve para Serafín, pero la posesión de su captor fue eterna. El cumpleaños de Nikolai, el día en que un hombre recibió el regalo que no sabía que anhelaba, se convirtió en el día en que el ángel de fuego, sin miedo, se entregó al diablo que la había salvado.
La mañana siguiente, Serafín despertó. El dolor en su cuerpo era una realidad aguda, una verdad que el alcohol de la noche anterior no pudo suavizar. Se sentía marcada, no solo por las huellas de su posesión, sino por la realidad de su nueva condición. La cama estaba vacía a su lado. La encontró en la terraza, de pie, con el teléfono satelital pegado a la oreja, la brisa de la mañana moviendo su cabello. Sus ojos claros se posaron en ella por un instante cuando se movió en la cama, y luego volvió a su conversación, como si la noche anterior no hubiera ocurrido.
Cuando colgó, regresó a la habitación, su rostro un libro cerrado. Se sentó en el borde de la cama, y la miró con una intensidad fría.
—Me iré unos días, pero no voy a llevarte —dijo, su voz tan pragmática como siempre. —No puedes salir de esta habitación ni hablar con nadie, porque te dejaré vigilando. Ahora eres más de mi propiedad. Yo soy tu amo y señor.
Sus palabras eran un martillo, golpeando la última pizca de esperanza que pudiera haber tenido. No hubo romance, ni un solo gesto de afecto, solo la cruda y brutal realidad de que ella era un objeto más para él. Volvió a retomar sus caricias, esta vez sin el velo del alcohol. Para Serafín, esa mañana fue su primera vez en realidad. El dolor le recordó que era verdad, que él la había comprado. Era un objeto, una esclava para sus deseos.
Pero en medio del dolor, una extraña rendición la invadió. El recuerdo de los otros hombres, el miedo que sintió en la subasta, la llevó a una conclusión terrible: si la única forma de salvarse de ellos era rendirse a él, lo haría. Y esta vez, la entrega no fue solo por miedo. Su cuerpo, aunque adolorido, respondió. En el segundo encuentro, en la calma de la mañana, sin las inhibiciones del alcohol, sí que sintió el verdadero placer, un placer que la llenó de vergüenza y de una nueva, más profunda, forma de terror.
Cuando finalmente la soltó, la dejó con un beso en la frente, un gesto que parecía más el de un dueño marcando su propiedad que el de un amante. Se vistió con su ropa de combate y, al salir, le dio una última orden.
—Quiero que estés aquí cuando vuelva. No te muevas.
Se fue, y la puerta se cerró. Serafín se quedó sola en la habitación, con el cuerpo adolorido, el alma confundida y una nueva y aterradora sensación en su piel. Era la esclava de un hombre que la había poseído en cuerpo y alma, y ahora, en el silencio de la habitación, ella sabía que la jaula que era su prisión, también se había convertido en el lugar donde había encontrado su más oscuro y prohibido placer.
El reloj marcaba apenas el mediodía cuando la cerradura giró. Serafín, todavía dolorida y con el corazón hecho un torbellino, se incorporó de la cama. El hombre que entró no era Nikolai, sino La Sombra, el más callado y enigmático de sus hombres. Alto, de cabello oscuro y ojos como cuchillas, se movía con la calma de un verdugo.
No dijo palabra. Solo dejó una bandeja con comida sobre la mesa y se quedó junto a la puerta, vigilándola.
Serafín, con el camisón arrugado y el cuerpo marcado, se arropó con una manta, consciente de que sus mejillas ardían. No hacía falta que hablara: él lo sabía. Su mirada se posó en ella con la frialdad de quien conoce todos los secretos sin necesidad de oírlos.
—Coma —ordenó en un español áspero.
Ella obedeció, las manos temblorosas. Mientras comía, sintió sus ojos clavados en su piel, como si pudiera leer cada pensamiento. El silencio era insoportable. Finalmente, él habló.
—El patrón… la marcó.
Serafín se estremeció. La cuchara cayó contra el plato, resonando como un trueno en la habitación.
—¿Por qué dice eso? —preguntó, su voz apenas un murmullo.
Él ladeó la cabeza, estudiándola.
—Porque ya no lo teme igual. Su mirada cambió. Y eso… es más peligroso que el miedo.
Las palabras la golpearon como un látigo. La vergüenza la envolvió. Era cierto. Aunque su cuerpo seguía temblando al recordar lo ocurrido, en el fondo había algo nuevo, algo oscuro y prohibido, que no era miedo.
—No hables con nadie de lo que pasa aquí —añadió La Sombra, acercándose unos pasos. —Si otro lo sabe… usted muere.
El corazón se le heló. Él no sonaba amenazante, sino sincero, como si le advirtiera de una tormenta inevitable.
Esa noche, mientras la soledad la envolvía, Serafín recordó las palabras de Nikolai: “Ahora eres más de mi propiedad.” Tocó la marca invisible que había dejado en su piel, el beso en la frente, y supo que no importaba cuánto se resistiera: ya no pertenecía a sí misma.
A lo lejos, se escucharon disparos. El rancho tembló con el eco de los motores y las voces en ruso. Ella se levantó, descalza, y corrió hacia la ventana cubierta por las cortinas. No alcanzó a ver nada, pero el miedo la desgarró. ¿Era Nikolai el que peleaba allá afuera? ¿Volvería?
Se abrazó a sí misma, y entre el ruido del caos, supo que lo que más temía no era que él muriera… sino que nunca volviera.