Al estar acostados en la cama, el peso de su brazo sobre la cintura de Serafín era una presencia familiar. Él yacía de espaldas, su respiración profunda y pareja. Ella, con el valor que el alcohol le había dado, se movió, girándose lentamente para quedar frente a él. Nikolai no abrió los ojos, pero sabía que ella lo observaba. El silencio entre ellos fue eterno, y en ese silencio, Serafín encontró el coraje para hablar. —Mi señor... —comenzó, su voz temblorosa pero firme—. ¿Usted me tiene asco, o tal vez otra cosa? Siempre me toca, pero me deja ardiente de preguntas. Él abrió los ojos. No había sorpresa en su mirada, solo una curiosidad fría y calculada. —Que preguntas. Yo no sé responder preguntas. —Preguntas... sobre qué quiere de mí —respondió Serafín, su mirada fija en la de él. Un

