Amancio y ese día, no hubo palabras. Cuando la noche cayó, el silencio entre ellos era el mismo de siempre. Ella estaba en su rincón, pero él no le habló. En lugar de eso, la miró y palmeó el lado vacío de la cama. Fue un gesto simple, pero la orden era clara. Serafín no necesitó más. Se levantó y se acostó a su lado, sintiendo el peso de la almohada de él contra su mejilla, el olor a tabaco y alcohol que aún impregnaba las sábanas. Él se acomodó a su lado, como un esposo cansado, y la abrazó, su brazo fuerte y pesado sobre su cintura. Esa noche, por primera vez, Serafín durmió sabiendo que un hombre la protegía en la oscuridad, aunque ese mismo hombre fuera la razón de su terror. Al amanecer, apenas con la primera luz del sol, regresaron al rancho. La herida de Nikolai necesitaba sanar,

