El auto n***o se detuvo frente a un club privado de Moscú. Las luces doradas de la entrada se reflejaban en la nieve recién caída, y el murmullo de la ciudad parecía desvanecerse frente a la elegancia del lugar. Serafín, con el abrigo que Nikolai había elegido para ella, observaba cada detalle con la fascinación de quien apenas comenzaba a conocer el mundo.
Él le ofreció la mano para ayudarla a salir.
—No me sueltes, Serafín. —Su voz fue firme, posesiva.
—Nunca lo haría, Nikolai —respondió ella, entrelazando sus dedos con los de él.
Dentro, el club era un templo de lujo: lámparas de cristal colgaban del techo, el suelo brillaba bajo los tacones de mujeres vestidas de seda y hombres de trajes impecables. Serafín nunca había visto algo así; le parecía un sueño al que no pertenecía.
El Pantera caminaba como si todo le perteneciera. Sus pasos eran seguros, cada mirada lo reconocía. Algunos hombres inclinaban la cabeza en señal de respeto, otros se apartaban de su camino con disimulo.
Pero no todos.
Mientras Nikolai se distraía saludando a un viejo socio, un hombre de mediana edad, con el rostro marcado por las arrugas del vicio y un whisky en la mano, se acercó demasiado a Serafín. Su sonrisa era insolente, el tipo de sonrisa que huele a poder y a abuso.
—No sabía que el Pantera compartía a sus chicas… —susurró el hombre, con descaro, posando su mirada en el escote de Serafín.
Ella retrocedió un paso, con el corazón encogido.
—Se equivoca… —atinó a decir, temblando.
Pero el hombre la sujetó suavemente del brazo, con la confianza de quien cree tener derecho.
—Vamos, preciosa. Te daré algo más divertido que estar parada aquí…
No alcanzó a terminar. Una mano de hierro lo atrapó por la muñeca y lo apartó con violencia.
Nikolai estaba ahí. Sus ojos, oscuros como la tormenta, no eran los que Serafín conocía en la intimidad. Eran los del Pantera.
—Retira la mano —ordenó, con una calma tan peligrosa que heló el aire a su alrededor.
—Nikolai, yo solo… —balbuceó el hombre.
El Pantera lo interrumpió, hundiéndole los dedos en la muñeca hasta arrancarle un gruñido de dolor.
—¿Solo qué? ¿Tocar lo que es mío? —Su voz retumbó, grave, sin necesidad de gritar.
El hombre intentó liberarse.
—No sabía que… que era tuya. Pensé que era una de las chicas del negocio…
Las palabras fueron su sentencia.
Nikolai lo empujó contra la pared con tal fuerza que varios asistentes se giraron. El silencio cayó como un manto.
—¿Me confundes a mi mujer con una cualquiera? —Su ceño estaba fruncido, la mandíbula apretada.
—Perdón… Pantera… no sabía…
El golpe llegó seco, brutal. El puño de Nikolai se estrelló contra el rostro del hombre, arrancándole un gemido y una mancha roja en la boca.
—Ahora lo sabes —gruñó, mientras el otro caía al suelo como un muñeco roto.
Dos de los guardias del club se acercaron, pero bastó una mirada del Pantera para que retrocedieran sin chistar. Nadie osaba interponerse.
Serafín, con el corazón en la garganta, lo observaba. Aquél no era el hombre que la acariciaba en las noches ni el que la hacía reír con comentarios mordaces. Era el depredador, el que todos temían.
Nikolai giró hacia ella, y en cuanto la miró, su expresión cambió. Como si hubiera recordado quién era la dueña de su calma. Le acarició la mejilla con suavidad, contrastando con la violencia de segundos atrás.
—¿Estás bien, mi ángel? —preguntó, su voz ahora baja, tierna.
Ella tragó saliva, aún con los ojos húmedos por la impresión.
—Sí… —susurró, aunque no pudo ocultar el temblor.
Él la rodeó con el brazo, protegiéndola de todas las miradas.
—Nunca vuelvas a bajar la vista, Serafín. Nadie tiene derecho a tratarte como algo menos.
Ella lo miró, y en su interior estalló la verdad que la desgarraba: solo con ella él era diferente. Para el mundo, Nikolai era el Pantera: cruel, implacable, temido. Pero para ella… para ella era un hombre capaz de derramar ternura en cada palabra.
Mientras salían del club, aún con el murmullo de la gente detrás, Serafín se aferró a su brazo con más fuerza.
—Nikolai… —dijo, con la voz baja, temblorosa—. Gracias por defenderme… aunque… ahora sé que también me asustas.
Él sonrió de lado, con esa sonrisa peligrosa que mezclaba arrogancia y vulnerabilidad.
—Esa es la verdad, Serafín. —Le besó la frente—. Te asusto porque puedo destruirlo todo. Pero también soy el único que jamás te hará daño.
Y mientras el auto se alejaba del club, ella entendió que amar al Pantera sería caminar siempre entre la dulzura y el peligro.
La mañana siguiente a la noche del club, la mansión Smirnov parecía más silenciosa que nunca. Serafín despertó con la mente revuelta, recordando el puño de Nikolai contra aquel hombre, el frío en su mirada y, luego, la ternura en sus caricias.
Al bajar al comedor, Nikolai ya no estaba. Solo la esperaba la tía Ekaterina, sentada con su taza de té, impecable como siempre. Su porte elegante y su voz firme le daban el aspecto de una reina en su trono.
—Buenos días, niña —dijo con calma, mientras sus ojos claros la examinaban con detenimiento.
—Buenos días, señora —respondió Serafín, tomando asiento tímidamente.
La tía la observó unos segundos en silencio, como quien estudia un libro abierto.
—Anoche… hubo rumores en el club. —Dejó la taza en el platillo con suavidad—. Todos hablan de cómo el Pantera defendió a una muchacha como si fuera su esposa.
El corazón de Serafín se aceleró.
—Él… solo me cuidó —murmuró, bajando la vista.
Ekaterina arqueó una ceja.
—¿Solo cuidarte? O quizás marcar territorio. —La dureza de su tono no fue ofensiva, sino incisiva, como quien clava una aguja para sacar la verdad.
Serafín apretó las manos sobre su regazo.
—Yo… no sabría decirlo.
La tía se inclinó un poco hacia ella, su voz descendiendo a un susurro cargado de intención.
—Escúchame bien, Serafín. Conozco a Nikolai mejor que nadie. Y lo que vi ayer fue peligroso. Él puede ser tu ángel y tu demonio al mismo tiempo. ¿Lo entiendes?
Serafín tragó saliva, recordando los ojos de él cuando golpeó a aquel hombre.
—Lo entiendo —susurró.
Ekaterina asintió con lentitud.
—Y dime, niña… ¿qué harás cuando descubras que el Pantera quiere algo más que tu compañía? Porque él necesita herederos. Necesita hijos que lleven su apellido.
Las palabras la atravesaron como una daga. Serafín bajó la mirada de inmediato, recordando el pequeño ritual de cada noche: Nikolai asegurándose de que nunca olvidara sus anticonceptivos, siempre a la misma hora, como una regla estricta.
—Lo sé… —dijo con un hilo de voz.
Ekaterina entrecerró los ojos, captando la sombra en su expresión.
—Entonces también sabes que no confía lo suficiente en ti como para darte ese lugar. No serás madre de sus hijos. Al menos, no ahora.
Serafín sintió que el pecho se le apretaba. La tía tenía razón: Nikolai la deseaba, la protegía, pero siempre había una barrera invisible. Y él salía mucho, con llamadas misteriosas, con negocios de los que ella no sabía nada.
Ekaterina se levantó, posando una mano en su hombro.
—Piensa en lo que te digo, niña. Porque el amor puede ser hermoso… pero en manos de un hombre como él, también puede ser tu prisión.
Cuando la tía salió del comedor, Serafín quedó sola frente a su taza intacta. Y por primera vez, no supo si su corazón estaba latiendo por amor… o por miedo.
El tercer día después del incidente en el club, Nikolai llegó más temprano de lo habitual. El invierno ruso vestía los ventanales de la mansión con escarcha, y el Pantera, aún con el abrigo puesto, fue directo al comedor.
Serafín estaba sentada frente a su taza de té, con los rizos cayendo como un manto de fuego sobre sus hombros. No se había dado cuenta de que él la observaba desde la puerta. Tenía los ojos fijos en el vacío, ausentes, como si estuviera demasiado lejos de esa mesa.
Nikolai entrecerró los ojos.
—No me gusta ese silencio, ángel. —Su voz ronca la devolvió al presente.
Ella levantó la mirada y, como siempre, sonrió para él.
—Buenos días, mi señor.
Él se acercó, le tomó la barbilla y le plantó un beso suave en los labios.
—¿Qué hiciste mientras yo no estaba?
—Leí, estudié… —respondió ella, bajando la vista.
Nikolai se sentó frente a ella. No insistió, pero la conocía lo suficiente para notar que algo estaba fuera de lugar. Y aunque la curiosidad lo quemaba, decidió callar. Él no era hombre de suplicar verdades; sabía que la vida misma terminaba soltándolas.
Después del desayuno, subió al ala privada, donde lo esperaba su tía Ekaterina. La mujer estaba de pie junto al ventanal, con un libro cerrado entre las manos.
—Sobrino. —Su tono era sereno, pero había algo de juicio en su mirada.
—Tía. —Nikolai se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre el respaldo de un sillón.
Ella lo observó unos segundos antes de hablar.
—La niña… está cambiando.
Nikolai arqueó una ceja.
—Está aprendiendo.
—Está enamorándose. —Ekaterina lo corrigió sin pestañear.
—Y tú sabes mejor que nadie lo que eso significa.
Él encendió un cigarrillo y soltó una risa baja.
—¿Desde cuándo el amor te preocupa, tía?
—Desde que sé lo que necesitas y lo que te niegas a aceptar. —Su voz se endureció—. No puedes pasar tu vida jugando a ser libre con una mujer que apenas conoces. Necesitas una esposa. Necesitas hijos.
Nikolai clavó los ojos en ella, un brillo gélido en la mirada.
—¿Y tú decides con quién y cuándo, tía?
—No yo. Tu apellido. Tu sangre. La familia Smirnov. —Ekaterina dio un paso hacia él—. Esa muchacha puede ser un consuelo, Nikolai, pero no es un cimiento.
Él aspiró el humo, dejándolo escapar lentamente.
—Serafín es más real que todas esas muñecas de porcelana que quieren colgarse de mi brazo.
—¿Y qué harás cuando la realidad te golpee? —replicó Ekaterina—. Cuando descubras que ella solo está aquí porque tú la arrancaste de su mundo. Que su amor es solo una jaula con barrotes invisibles.
Las palabras tocaron el nervio más sensible del Pantera. El recuerdo de aquella conversación con Serafín sobre el síndrome de Estocolmo lo cruzó como un rayo.
—No la embarazaré hasta que esté seguro —dijo, sin alzar la voz, pero con una firmeza que hizo temblar el aire.
Ekaterina lo miró con incredulidad.
—¿Seguro de qué?
—De que me ama porque lo elige. No porque yo la obligué. —Su voz fue un filo helado—. No arrastraré a un hijo a esta casa si su madre no tiene la libertad de decidir.
Hubo un largo silencio. La tía, acostumbrada a imponerse, bajó la mirada por primera vez.
—Entonces… ¿prefieres arriesgar el futuro del apellido?
Nikolai apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal y se inclinó hacia ella, con una sonrisa tan peligrosa como la calma antes de la tormenta.
—Prefiero arriesgar mi apellido antes que arruinar el alma de la única mujer que me importa.
Ekaterina no respondió. Y aunque su rostro seguía sereno, en sus ojos brilló la frustración.
Nikolai sabía que, en adelante, su tía no se detendría. Que insistiría, que buscaría grietas en Serafín. Y lo que más le inquietaba no era su insistencia… sino el eco de aquella duda que ella había sembrado en Serafín sin que él lo supiera.
Porque cuando volvió a su ala privada y la encontró junto a la ventana, con los dedos jugando nerviosos con la cortina, la miró y sintió un miedo nuevo:
¿Qué pasaría si un día ella dejaba de verlo como su salvador… y empezaba a verlo solo como su carcelero?