La nieve crujía bajo las ruedas del auto al llegar de nuevo a la mansión Smirnov. Serafín despertó suavemente cuando Nikolai acarició su mejilla. Había dormido como una niña, agotada por tantas emociones nuevas. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue su sonrisa satisfecha.
—Estamos en casa, mi ángel —murmuró él.
Serafín asintió, y al bajar del auto, el viento helado la recibió de golpe. Nikolai la rodeó con su brazo, como si el frío mismo quisiera arrebatarle lo que era suyo. Entraron juntos al vestíbulo, aún con la magia del paseo ardiendo en su piel, cuando una voz seca quebró el aire.
—Nikolai Andreievich.
Era Ekaterina. De pie al pie de la escalera, vestida con un traje azul oscuro impecable, sostenía un vaso de cristal con vino tinto. Su mirada era más filosa que cualquier cuchilla.
Nikolai no se inmutó.
—Tía.
Sus ojos, sin embargo, no estaban puestos en él, sino en Serafín. La joven sintió cómo la sangre le huía del rostro. Sabía lo que venía.
Ekaterina avanzó despacio, cada tacón resonando en el mármol.
—He recibido noticias esta tarde. —Su voz era tan calmada que helaba más que la nieve exterior—. Irina vino aquí, y se marchó con la nariz sangrando.
Serafín bajó la mirada de inmediato. El recuerdo del golpe aún ardía en su puño.
—¿Es cierto, Nikolai? ¿Es cierto que esta muchacha se atrevió a levantar la mano contra tu prometida?
El silencio pesó unos segundos. Entonces Nikolai sonrió, ladeando la cabeza con un gesto peligroso.
—Prometida, dices… —se acercó y tomó la mano de Serafín con total naturalidad, entrelazando sus dedos frente a Ekaterina—. No es mi prometida. Irina es el capricho de otros, no mío.
Ekaterina apretó los labios.
—Tu tío no pactó ese compromiso para que tú lo ignoraras.
—Mi tío pactó muchas cosas que nunca respeté —replicó Nikolai con calma, su voz como un trueno contenido—. Y si Serafín le rompió la nariz, lo hizo con mi permiso.
Serafín levantó la vista de golpe, sorprendida. Nikolai sostenía su mano con fuerza, como si proclamara ante el mundo entero que era suya.
—¿Tu permiso? —Ekaterina arqueó una ceja, incrédula.
—Sí. —Nikolai encendió un cigarrillo, exhalando el humo lentamente, sin apartar los ojos de su tía—. Le dije que se defendiera. Y lo hizo.
La tensión en el vestíbulo era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Ekaterina se volvió hacia Serafín con frialdad.
—¿Y tú? ¿Te sientes orgullosa de lo que hiciste, niña?
Serafín tragó saliva, temblando por dentro, pero habló con voz suave.
—No, señora. No me siento orgullosa… pero tampoco me arrepiento.
El silencio fue brutal. Nikolai soltó una risa baja, casi imperceptible, mientras sus ojos se llenaban de un brillo extraño: orgullo.
Ekaterina lo miró, molesta.
—La estás malcriando.
—La estoy formando —corrigió él con voz cortante—. Serafín no es un juguete ni una sirvienta. Ella… —sus dedos apretaron con fuerza la mano de la joven— ella es mía. Y cualquiera que se atreva a tocarla, pagará el precio.
Por primera vez, Ekaterina vaciló. Su sobrino siempre había sido inquebrantable, pero jamás lo había escuchado hablar con tanta posesión, con tanta devoción disfrazada de autoridad.
—Nikolai… —comenzó ella, intentando recuperar su control.
Pero él la interrumpió con una calma feroz:
—Tía, si Irina vuelve a poner un pie en mi camino, no será Serafín quien la derribe. Seré yo.
Las palabras resonaron en las paredes como un decreto irrevocable.
Ekaterina suspiró, derrotada por esa mirada que tan bien conocía: la del Pantera cuando había tomado una decisión inamovible.
—Muy bien. —Dio un sorbo a su copa y giró sobre sus tacones—. Pero recuerda, sobrino, los Smirnov no sobreviven por caprichos.
Cuando se alejó, Nikolai soltó lentamente la mano de Serafín y la miró. Ella aún temblaba, confundida por lo que acababa de presenciar.
—Mi señor… —susurró con la voz quebrada—. ¿Por qué me defendió así?
Él le tomó el rostro con una ternura inesperada y respondió:
—Porque nadie toca lo que es mío, Serafín. Ni siquiera mi tía.
Ella lo miró, y por primera vez, sintió que el frío de Rusia ya no importaba: el calor del Pantera era más que suficiente.
Pero mientras tanto
Irina sostenía un pañuelo blanco empapado en sangre mientras su chofer conducía a toda velocidad de regreso a la ciudad. Sus ojos, encendidos de ira, parecían dos brasas bajo el maquillaje corrido. El dolor en la nariz era nada comparado con el ardor que sentía en su orgullo.
—Una criada… —murmuró con el veneno chorreando por cada sílaba—. Una maldita criada me puso las manos encima.
Se miró al espejo, observando la mancha rojiza que no lograba ocultar. Los labios se le torcieron en una sonrisa peligrosa.
—Esto no se queda así, Serafín.
Su mente trabajaba con precisión. Ella conocía cada debilidad del clan Smirnov, cada secreto de la familia. Y aunque Nikolai no la amara, el apellido lo necesitaba. Nadie la dejaría de lado sin pagar un precio.
—Harás que me ruegues, Pantera —susurró con rabia contenida—. Aunque tenga que usar a esa mocosa para lograrlo.
En la mansión Smirnov, Serafín se quitaba el abrigo que Nikolai había elegido para ella. Lo dejó sobre la cama con cuidado, como si aún temiera arrugarlo. Sus manos temblaban apenas; la adrenalina del encuentro con Irina todavía la recorría.
Nikolai entró detrás de ella, observándola en silencio. La forma en que se movía, contenida pero altiva, lo fascinaba. Había visto a muchas mujeres derrumbarse ante un simple grito suyo, pero Serafín… ella había golpeado a la prometida de un Smirnov frente a él, y ahora parecía más frágil y fuerte al mismo tiempo.
—Mi señor… —dijo con voz baja, sin atreverse a mirarlo—. ¿Cree que he hecho mal?
Nikolai se acercó despacio, encendiendo un cigarrillo antes de responder. Su silueta imponente quedó recortada por la luz tenue de la lámpara.
—Hiciste lo que tenías que hacer.
Serafín levantó la mirada, incrédula.
—Pero… ella…
—Ella no es nada para mí. —Su voz fue firme, seca, como un sello final—. Y tú tampoco volverás a bajar la cabeza ante nadie. ¿Entendido?
La dulzura de la orden la estremeció. Asintió, con los ojos brillantes, y Nikolai se inclinó para besarla en la frente.
—Tú eres mía, Serafín. Y Rusia entera tendrá que aprenderlo.
Ella sonrió, tímida, y lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su pecho. El Pantera dejó el cigarrillo a un lado y le acarició el cabello, cerrando los ojos unos segundos. La calma que ella le provocaba era tan peligrosa como necesaria.
Pero esa noche, cuando Serafín dormía profundamente en su cama de sábanas de seda, Nikolai no conciliaba el sueño. Se sentó en la butaca frente a la ventana, fumando mientras la observaba.
—Mi ángel… —murmuró, casi sin voz—. No sabes la guerra que acabas de encender.
Él sabía que Irina no se quedaría de brazos cruzados. Su tía tampoco. Y aunque por fuera mantenía la calma de siempre, por dentro ya preparaba cada movimiento para protegerla.
El Pantera podía perder muchas cosas… pero no a Serafín.
Mientras tanto, en su habitación privada de Moscú, Irina marcaba un número con las uñas aún manchadas de carmín.
—Quiero que la vigilen —ordenó con frialdad cuando contestaron del otro lado—. Que no respire sin que yo lo sepa.
Colgó el teléfono y se miró de nuevo en el espejo. La nariz, inflamada, apenas podía disimularse con maquillaje. Apretó el pañuelo con rabia.
—Disfruta tu gloria, Serafín —escupió con una sonrisa torcida—. Porque cuando caigas, será desde lo más alto.