Serafín despertó con el aroma del café que se colaba desde el piso inferior. Las cortinas pesadas de terciopelo dejaban pasar apenas una franja de luz pálida que acariciaba su rostro. Se sentó lentamente en la cama, aún confundida, y lo primero que notó fue el silencio. Un silencio distinto, cargado de expectativa. Se vistió con el vestido azul cielo que Nikolai había dejado sobre la silla la noche anterior. Sus dedos, todavía con rastros rojos por el entrenamiento y por el golpe que había dado a Irina, temblaron al abotonar la tela. Se miró en el espejo: parecía otra, aunque los ojos seguían siendo los mismos, grandes, con un brillo entre ingenuidad y fuego. Al bajar las escaleras, su corazón latía con fuerza. En el comedor, la mesa estaba servida con precisión militar. Platos de porcel

