El amanecer de la joya

1132 Words
Serafín despertó con el aroma del café que se colaba desde el piso inferior. Las cortinas pesadas de terciopelo dejaban pasar apenas una franja de luz pálida que acariciaba su rostro. Se sentó lentamente en la cama, aún confundida, y lo primero que notó fue el silencio. Un silencio distinto, cargado de expectativa. Se vistió con el vestido azul cielo que Nikolai había dejado sobre la silla la noche anterior. Sus dedos, todavía con rastros rojos por el entrenamiento y por el golpe que había dado a Irina, temblaron al abotonar la tela. Se miró en el espejo: parecía otra, aunque los ojos seguían siendo los mismos, grandes, con un brillo entre ingenuidad y fuego. Al bajar las escaleras, su corazón latía con fuerza. En el comedor, la mesa estaba servida con precisión militar. Platos de porcelana blanca, cubiertos de plata alineados con exactitud, y copas de cristal que reflejaban la luz de las arañas. Nikolai estaba allí, impecable en un traje oscuro, con una taza en la mano. No sonrió —porque el Pantera no acostumbraba regalar sonrisas—, pero sus ojos se suavizaron apenas al verla. —Siéntate, Serafín. —Su voz, profunda y firme, llenó el salón. Ella obedeció en silencio. Apenas tomó asiento, tres personas ingresaron. Dos mujeres elegantes y un hombre mayor con lentes redondos. Nikolai los presentó con la naturalidad de quien habla de una transacción: —Ekaterina —dijo, con una mirada fugaz hacia la puerta— insiste en que mi ángel debe aprender a brillar en cualquier salón. Así que he traído a los mejores. Se volvió hacia Serafín. —Ellos son tus profesores. Uno de los maestros, un hombre de cabello blanco, se inclinó con formalidad. —Soy Piotr. Me encargaré de su dicción y modales. La mujer más joven, alta y de porte refinado, sonrió con una dulzura estudiada. —Y yo, Alina. Le enseñaré protocolo y etiqueta. La tercera, una pianista retirada de mirada intensa, agregó: —Me llaman Galina. Le enseñaré el arte de caminar y moverse como corresponde a una dama Smirnov. Serafín tragó saliva, nerviosa, y miró a Nikolai buscando respuestas. —Mi señor… yo… Él interrumpió, con calma fría: —No discutas. Tú aprenderás. No por ellos, ni siquiera por mí. Lo harás porque quiero que el mundo vea lo que yo ya sé: que no hay joya más valiosa que tú. Sus palabras la dejaron sin aliento. Nunca había escuchado algo tan cercano a un halago de sus labios. Ella asintió con timidez, bajando la mirada. —Haré lo que usted diga. Nikolai se inclinó apenas hacia ella, rozando con su mano los dedos enrojecidos que descansaban sobre el mantel. Los observó con detenimiento, sin preguntar, pero sus ojos revelaban que ya había notado cada marca. —Bien. Después de desayunar, comenzarás. Se inclinó hacia su oído, bajando la voz hasta hacerla temblar: —Y recuerda, Serafín… sigo siendo tu primera vez en todo. Ella se sonrojó violentamente, recordando cada palabra, cada momento, y Nikolai sonrió apenas, satisfecho. Ekaterina, desde la puerta, observaba en silencio. Sus ojos fríos se detuvieron en Serafín con una mezcla de juicio y expectativa. No dijo nada, pero en su interior tomó nota de cada gesto, cada movimiento. Sabía que la batalla apenas comenzaba. Después del desayuno, Serafín fue conducida a un salón lateral de la mansión. Era un lugar imponente, con ventanales altos por donde la luz del día entraba suavemente, iluminando una larga mesa cubierta de un mantel bordado. Los candelabros de plata parecían custodiar la estancia como soldados inmóviles. Los tres profesores la esperaban ya de pie. Piotr, el maestro de dicción, le indicó con un gesto que se sentara. Nikolai permanecía apoyado contra la pared, brazos cruzados, sin perder detalle. —Hoy comenzaremos con lo básico —dijo Piotr con voz grave—. Etiqueta en la mesa. Alina, la instructora de protocolo, colocó frente a Serafín varios cubiertos y platos, organizados con precisión matemática. —Recuerda, querida, cada utensilio tiene un lugar. La forma en que los tomas habla de tu linaje. Serafín tragó saliva. Su mirada viajó de los cubiertos a Nikolai, que no apartaba los ojos de ella. Era como si cada error suyo fuese también una ofensa directa a él. Tomó el primer tenedor con cuidado. Sus dedos, aún enrojecidos, temblaban levemente. Alina la observaba con atención, dispuesta a corregirla en cualquier momento. —Más firme —indicó Alina—, como si el tenedor fuese una extensión de tu mano. Serafín respiró hondo y obedeció. Nikolai sonrió apenas, esa sonrisa suya que no llegaba a los labios, pero que brillaba en sus ojos. —Muy bien, ángel. —Sus palabras hicieron que el corazón de ella latiera con fuerza. La clase continuó. Piotr la hizo repetir frases en ruso, corrigiendo su acento. Ella, con paciencia, las repitió una y otra vez, hasta que el anciano asintió satisfecho. —Tiene talento natural —murmuró Piotr, mirando de reojo a Nikolai. Galina, la maestra de movimientos, le pidió que se levantara. —Camina hasta el final del salón y regresa. Hazlo como si cada paso fuese observado por cien ojos. Serafín se puso de pie. El vestido azul cielo se movía suavemente con cada paso. Al principio, su andar era tímido, inseguro. Pero cuando sintió la mirada de Nikolai clavada en ella, algo cambió. Su espalda se enderezó, sus movimientos se hicieron más fluidos, y por un instante, pareció flotar. Nikolai la devoraba con los ojos. No solo veía a una mujer aprendiendo a comportarse: veía a su obra, a su joya en formación, y dentro de sí, una certeza peligrosa se abrió paso. Un día, cuando termine de pulirla, el mundo entero me envidiará por tenerla. Galina sonrió, apenas sorprendida. —Impresionante para una novata. Serafín se detuvo frente a Nikolai, los ojos brillantes, buscando aprobación. —¿Lo hice bien, mi señor? —preguntó con un hilo de voz. Él la tomó de la mano, inclinándose lo suficiente para que solo ella escuchara. —Serafín… siempre lo haces bien. Y si alguna vez tropiezas, yo seré quien te sostenga. El calor subió por su pecho, llenándola de una mezcla de emoción y miedo. Ekaterina, atravez de las paredes de cristal, observaba en silencio. Sus ojos eran duros, pero no pudo evitar notar cómo esa joven, que a primera vista parecía una simple muchacha rescatada de la nada, tenía algo que no se enseñaba con profesores: una fuerza natural que atrapaba incluso al Pantera. Cuando la lección terminó, Nikolai la guió de regreso al comedor. —Mañana, más lecciones. Y pronto, Serafín… el mundo sabrá tu nombre. Ella sonrió, tímida, pero dentro de sí ardía una llama nueva: no solo quería aprender por él, quería demostrarle que podía estar a su altura.
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