La noche cayó pesada sobre el rancho, un manto de silencio que apenas lograba acallar el eco de la violencia del día. Serafín ardía de fiebre, el cuerpo empapado en sudor y los labios secos como arena. El médico, un hombre de edad con manos temblorosas, había dejado un frasco de calmantes en la mesa de noche y se había retirado, advirtiendo que los próximos días serían difíciles y que su recuperación dependería de la fortaleza de su espíritu.
Nikolai estaba sentado en la butaca junto a la cama, sin apartar la vista de ella. Tenía los codos sobre las rodillas y un cigarrillo apagado entre los dedos, olvidado. Era extraño en él: podía pasar horas sin moverse, como un depredador acechando en la penumbra, su paciencia infinita. Pero ahora, su rostro era una máscara de tensión.
De pronto, Serafín comenzó a murmurar, con voz débil, perdida en su delirio. El nombre que pronunció lo detuvo en seco.
—Madre… —susurró, el ceño fruncido como si le doliera recordar—. ¿Dónde estás? Dijiste que volverías por mí…
Nikolai levantó la cabeza, su cuerpo rígido. No había oído esa palabra en su boca antes, solo el "mi señor" que lo atormentaba. Se inclinó un poco, intentando descifrar cada palabra que escapaba de los labios partidos de ella.
—No me dejes sola… —continuó, con un hilo de voz que se rompía con cada aliento—. Yo… yo me portaré bien… solo… no me abandones otra vez.
Su pecho subía y bajaba con dificultad, cada respiración era una lucha. Nikolai apretó la mandíbula, sintiendo un golpe extraño en el pecho, una punzada de un dolor que no reconocía, un dolor que no tenía nombre. El Pantera no sentía piedad, no sentía remordimiento. Pero esto… esto era otra cosa.
Ella se movió inquieta, como si luchara contra un enemigo invisible, sus manos pequeñas aferrándose al aire.
—Nadie me llorará si muero… nadie… —una lágrima rodó por su mejilla ardiente, dejando un rastro húmedo en su piel—. Ni siquiera sabrán que existí.
Nikolai se inclinó, rozando con sus dedos el rastro de la lágrima. Sus ojos azules se oscurecieron, una tormenta de emociones que no permitía que nadie viera.
—Te equivocas, pequeña —murmuró casi sin darse cuenta, su voz más suave de lo que se hubiera creído capaz. —Yo lo sabría.
Ella no lo escuchó. Siguió hablando, perdida en su fiebre.
—De niña… me inventaba padres para no sentirme sola. Les hablaba en silencio, les contaba mis secretos… —su voz se quebró—. Solo quería que alguien me eligiera. Que alguien me amara… aunque fuera una vez.
Nikolai cerró los ojos un instante, como si aquellas palabras fueran cuchillas que se clavaban en su alma. Un hombre que solo conocía el control, la violencia y la posesión, era ahora confrontado con la soledad más pura y la necesidad de ser amado. Cuando los abrió, sus ojos ardían con un fuego contenido.
Se inclinó más, apoyando la frente en la de ella. Podía sentir el calor abrasador de su piel contra la suya.
—Ya te eligieron, Serafín —dijo en voz baja, como una promesa que lo atormentaba—. Yo te elegí.
Sus labios rozaron la sien de ella, apenas un toque, como si temiera romperla.
—Aunque no quieras… aunque me maldigas… eres mía.
Serafín suspiró débilmente, y por primera vez desde el río, su expresión se relajó. Como si esas palabras, aunque no las escuchara del todo, hubieran calmado un pedazo de su dolor. Nikolai se quedó a su lado toda la noche, sin moverse, sin dormir, observando el rostro enrojecido de la única mujer capaz de despertar en él algo que siempre creyó muerto.
Apenas amaneció, Nikolai salió en silencio de la habitación. Serafín, por fin, parecía descansar; su fiebre había cedido lo suficiente para que su respiración se volviera tranquila.
El Pantera bajó a su oficina, cerró la puerta y sacó el teléfono satelital de su cajón. Su memoria era tan aguda como la de un cazador: después de obligar a Serafín a llamar días atrás, había grabado el número de la madre superiora en su mente.
Marcó. Al segundo tono, la voz de la mujer respondió, firme, con un dejo de ternura inquebrantable:
—Buenos días. Convento y orfanato La esperanza del perdido.
Nikolai se recostó en su butaca, encendió un cigarrillo y habló con voz grave, calculada, como si estuviera a punto de cerrar un trato de negocios.
—Madre superiora. Soy Nikolai. El novio de Serafín.
El silencio del otro lado duró apenas un instante, pero bastó para que él supiera que la mujer no se alegraba con su voz.
—Señor… —respondió ella, con una frialdad contenida—. ¿A qué debemos su llamada? ¿Dónde está Serafín?
Él exhaló el humo, dejando que su sonrisa helada se filtrara en cada palabra.
—En este momento está de compras. Pero necesitaba hablar con usted personalmente. Quiero casarme con ella y necesito un acta de nacimiento.
La madre superiora guardó un largo silencio antes de responder. Él podía imaginar sus dedos apretando el crucifijo.
—Serafín… de compras. —Su tono dejó ver la incredulidad y la desaprobación—. Eso no suena a ella. Pero bien, si pregunta por su pasado, solo puedo decirle lo que sé.
Su voz se suavizó, aunque estaba cargada de dolor.
—Llegó a mí con poco más de un año. Un simple bebé, envuelta en un vestido rosado. Con ella había una estampilla de un ángel y una nota que decía: "Se llama Serafín. No cambien su nombre". Hice lo que esa nota pedía. La crié como pude. Tal vez… demasiado sumisa. ¿No lo cree usted, señor Nikolai?
El Pantera dejó escapar una risa seca, apagando el cigarro contra el cenicero.
—La sumisión no es un problema para un hombre como yo.
Su tono se volvió más duro.
—Y no se preocupe. Nadie la humillará. Porque si no tiene pasado, si nadie la reclama… ya lo hice yo. Y nadie podrá quitármela.
La madre suspiró del otro lado.
—¿Así ve usted el amor, señor Nikolai? ¿Como una reclamación?
Luego añadió, con voz firme:
—No es necesaria su donación. No quiero dinero manchado.
La carcajada de él resonó en la oficina, tan clara que la monja pareció estremecerse incluso a kilómetros de distancia.
—Todo el dinero que circula en el mundo está manchado, hermana. Sobre todo el de la política… y el de la iglesia.
Su voz se volvió casi un murmullo, afilado como un cuchillo.
—Lo importante no es de dónde viene el dinero, sino que los niños que tiene ahora se acuesten con el estómago lleno.
Sin esperar respuesta, colgó. El silencio de la oficina lo envolvió, roto solo por el eco de su propia sonrisa.
La mañana siguió avanzando lentamente en el rancho. Afuera, el sol caía sobre la tierra húmeda después de la tormenta nocturna. Dentro de la oficina del Pantera, el aire olía a tabaco y cuero.
Nikolai seguía sentado detrás de su escritorio de madera oscura. Sus dedos jugaban con su vaso de whisky que apenas había probado. Con la otra mano, sostenía el boceto que Serafín había hecho de él: su rostro en calma, dormido, con una sábana que cruzaba su cintura. Una obra inocente, pero capaz de encender un fuego en su pecho que ni él sabía cómo apagar.
La puerta se abrió sin necesidad de golpear. La Sombra entró, silencioso como siempre, con su chaqueta negra y la mirada impenetrable.
—Me mandó a llamar, jefe.
Nikolai levantó la vista.
—Siéntate. Tenemos trabajo. —Empujó un sobre hacia él.
La Sombra lo tomó y lo abrió, viendo dentro fajos de billetes.
—Es para el convento. Una donación. Que nadie pregunte de dónde viene ni para qué. El dinero debe llegar limpio, sin rastros de mí.
La Sombra asintió sin inmutarse. No era la primera vez que lavaban dinero para disfrazarlo de limosna.
—Entendido. ¿Algo más?
—Sí. —Nikolai se reclinó hacia atrás, encendiendo un cigarrillo y exhalando el humo con calma felina—. Necesito papeles nuevos para Serafín. Acta de nacimiento, pasaporte, todo lo que corresponda. Quiero que sea legal… aunque no lo sea.
El hombre lo miró con la misma serenidad acostumbrada, sacando de inmediato su libreta.
—Nombre completo. —preguntó, mientras preparaba la pluma.
Nikolai clavó sus ojos azules en él, con una seriedad cortante.
—Serafín Smirnov.
Por primera vez en mucho tiempo, La Sombra levantó la vista con algo parecido al asombro.
El apellido.
Un nombre que pesaba como una sentencia.
Un apellido que en los bajos mundos era sinónimo de respeto y de miedo.
Smirnov: el linaje del Pantera.
—¿Está seguro, jefe? —preguntó con cautela, su voz baja, como si temiera que la propia oficina escuchara.
Nikolai soltó una media sonrisa, fría y orgullosa.
—Jamás he estado más seguro.
La Sombra frunció el ceño.
—Ese apellido… nadie se atreverá a pronunciarlo sin temblar. Y si lo lleva ella, también heredará todos sus enemigos.
Nikolai se levantó despacio, acercándose a la ventana. La luz del sol marcaba sus facciones, y el humo del cigarro parecía envolverlo como un espectro.
—Que lo hagan —dijo, con voz grave—. Quiero que sepan que Serafín no es una cualquiera. Que es mía.
Giró apenas la cabeza, sus ojos brillando como hielo cortante.
—Quiero que el mundo entero tema ponerle un dedo encima.
La Sombra asintió en silencio, guardando su libreta. Aun para un hombre acostumbrado a la sangre y la muerte, esa decisión era un grito de posesión y desafío.
Cuando salió de la oficina, Nikolai se quedó solo. Aplastó el cigarrillo en el cenicero y volvió a mirar el boceto que Serafín había hecho de él.
—Ahora, pequeña… —susurró, apenas audible—. Nadie podrá arrebatarte de mis manos.