Dos meses después Las calles estaban vivas con el murmullo de la ciudad, ese bullicio constante que para otros era caos, pero que para Serafín se había vuelto una forma de libertad. Aquella rutina nueva —salir sola, elegir sus propios libros, comprar cuadernos que no necesitaba pero que adoraba coleccionar— la hacía sentir una mujer diferente. Entró a la pequeña librería de siempre, donde el anciano del mostrador ya la saludaba con una sonrisa y una reverencia discreta. Tomó su tiempo, escogiendo un cuaderno de pasta dura con ilustraciones doradas en la portada, uno que sabía escondería poemas que jamás leería en voz alta. Cuando salió, con la pequeña bolsa en sus brazos y el corazón liviano, lo último que imaginaba era que el pasado, ese que creía perdido o muerto, estaría esperando d

