Aquel día, el Pantera decidió llevarla a la ciudad. No a los sitios llenos de lujo, sino a una librería antigua en pleno centro de Moscú, donde el aire olía a papel viejo y madera barnizada. —Hoy escogerás lo que quieras, mi ángel —le dijo, ofreciéndole el brazo mientras atravesaban las puertas de vidrio. —¿De verdad puedo escoger? —preguntó ella, con esa sonrisa pequeña que él tanto amaba. —Todo lo que quieras. Lápices, papel, libros… lo que tu mente necesite. Nikolai disfrutaba de verla acariciar los estantes, tocando con cuidado cada cuaderno, como si fueran tesoros. No se dio cuenta de inmediato de la mirada fija que, desde la acera de enfrente, observaba la escena con incredulidad. Un joven, de unos veintinueve años, alto, con el cabello n***o y los ojos grises como el invierno r

