Emilio
No podía ser tanta mí mala suerte, preciso me meto en la habitación de mi peor enemiga, porque ella es para mí, mi peor enemiga.
—¡Así que te parece que soy un niñito! —exclame, no puedo negar que sus palabras me hieren, y lo peor en mi ego de hombre.
—¡Si eso es para mí! Un niñito que no sabe que es lo que quiere, o mejor dicho nunca ha sabido que es lo que quiere en la maldita vida, solo se la pasa lastimado a las demás personas. —Falta ser cínica, después de que le entregué absolutamente todo de mí, después de que fui yo quien la hizo mujer, yo la vi temblar entre mis brazos esa noche, yo limpie cada una de sus lágrimas con la yema de mis dedos.
—Te voy a demostrar que no soy un maldito niño, te voy a demostrar que soy mucho más hombre que mi padre —dije totalmente enceguecido, la odio, al mismo tiempo que la deseo hasta más no poder.
La tomé de los hombros e hice que se girara bruscamente y la tiré a la cama, su pecho subía y bajaba con desesperación, se muy bien lo que provocó en ella, su cuerpo me lo dice.
Camine rápidamente hacia la cama, y sin pensarlo un segundo arranque la toalla que tapaba su hermoso cuerpo y la tiré al piso.
No pude evitar abrir mis ojos al verla completamente desnuda, había olvidado lo bella que era, sus pechos jodidamente perfectos, y su cuerpo realmente el de una diosa.
Ella al ver que me acerque más a ella intentó colocarse de pie, e interpuso sus manos, así que la tomé fuerte de las manos y las lleve detrás de su cabeza, para después colocar mi cuerpo sobre el de ella, no aguante más y deslice mi boca hacia sus pechos. Que podía decir o hacer, si la deseo más que nada en el mundo.
Al sentir que ella empezó a ceder, la solté y llevé ambas manos a sus pechos, para después succionar uno por uno.
—¡Emilio ya basta! —dijo ella realmente fatigada, se que ella también me desea lo sé, lo siento, aún siento como tiembla, aún siento su respiración agitaba cerca a mi oído, al igual que nuestra primera vez.
—No, y no me voy a detener hasta demostrarte que no soy un niño, que soy mucho más que los hombres con los que has estado.
—¡Eres un imbécil!, se te olvida que soy la mujer de tu padre —dijo ella.
—Si, se muy bien quién era, pero no me pienso detener, puedes gritar, patear, y no me pienso detener —dije, no sé si estoy en mi casillas, lo que sí sé es que estoy completamente loco.
Moví mi cabeza, en este momento no quiero pensar en nada, mi pequeño amigo ha empezado a crecer considerablemente, y sea al costo que sea la voy hacer de nuevo mía, solo mía.
La empecé a torturar por varios segundos, mis besos sobre su boca, y pechos hacían que su cuerpo se estremeciera por completo.
La mire a los ojos y volví de nuevo a sus pechos, " joder" verlos tan firmes, tan seguidos, hacen que toda mi cabeza se vuelva loco por ella.
Antonella fue cediendo poco a poco hasta dejar su cuerpo completamente expuesto para mí, ya no forcejeaba, ahora se había rendido ante mi.
Empecé a dejar besos húmedos por todo su cuerpo, sus manos fueron rápidamente a mi camisa la cual quitó botón por botón, hasta dejarme sin absolutamente nada, cómo pude y con algo de torpeza quite mis pantalones, y deje salir mi enorme amigo, el cual dolía más que nunca.
Me arrodille torpemente y con algo de destreza coloque el condón en mi m*****o, el cual estaba completamente duro, tanto que dolía de solo ver a la diosa que tenía en frente de mis ojos
Su mirada lujuriosa salió a la luz, llevé una de mis manos hasta su monte venus, sus pliegues palpitaba a mil por segundos, y sus pezones estaban más erguidos que nunca, introduje dos de mis dedos en ella, “joder”, los empecé a deslizar con mucha más fuerza hasta sentir que ella quería más.
Era más que obvio que ella estaba lista, lista para mi, saque mis dedos y los lamí como si se tratara el elipsis de la vida, abrí aún más sus piernas y con mi mirada fija en ella la penetre con un solo movimiento.
Joder, el placer que sentí de sentirla de nuevo fue algo indescriptible, tanto que me quedé quieto por unos segundos. Antonella estaba jodidamente caliente, mojada y apretada y lo mejor para mi.
El vaivén de nuestras caderas se hizo mucho más rápido, tanto que logré arrancar varios gemidos de los labios de Antonella.
Nuestras bocas chocaban al igual que nuestros cuerpos, sus enormes pechos rebotaban como si se tratara de dos enormes pelotas.
—¡Gime para mí! —dije en un suave susurro, lo cual hizo que sus ojos brillarán a un más.
—Ahh, ahhh —exclamó ella en un grito ahogado, lo cual fue música para mis oídos
Sus manos se apretaron más a mi, al igual que sus caderas se movían con mucha más intensidad, su pelvis chocaba bruscamente con la mía. El repentino orgasmo de Antonella me hizo abrir mis ojos, por lo visto la lleve hasta su límite.
Mi m*****o estaba más sensible que nunca, sentir su humedad tan jodidamente perfecta hace que no aguante más, deje que su respiración se normalizara un poco y empecé a embestirla con mucha más fuerza, tanto que no pude controlar mi efusividad, Antonella logra sacar de mi mis instintos más primitivos
Mi cuerpo y mi mente no aguantaba más, tanto que sucumbí ante ella, dejándome sentir el mayor de los gustos, dejándome tocar el cielo al sentir el éxtasis del placer recorrer todo mi cuerpo, dejando salir hasta la última gota de semen dentro de ella.
Me dejé caer sobre su cuerpo desnudo, aún sin sacar mi m*****o, quien aún pedía más de ella, aún quería seguir dentro de ella.
Alce mi mirada y por raro que suene vi aquella mirada, la misma de la mujer que me enamore. Moví mi cabeza rápidamente, se que es una maldita estupidez pensar en eso.