En cuanto la clase terminó, todos los niños se dispusieron a salir rápidamente del salón. Naturalmente, deseaban irse lo más pronto posible. En definitiva, tanto Alicia como Javier no eran la excepción.
Tan pronto como se encontraron fuera del recinto, vieron a sus madres, quienes los esperaban pacientemente. A continuación, las mujeres se miraron cordialmente.
—Hola. Tú debes ser la madre de Javier. Me llamo Yolanda. Soy mamá de Alicia. —De inmediato, las mujeres sonrieron.
—Así es. Yo soy su mamá, mi nombre es Laura. Es un placer conocerte. —Enseguida comenzaron a platicar con gran amabilidad.
—Me alegra mucho conocerte. Javier habla de Alicia todo el tiempo. Parece que han logrado entablar una linda amistad.
Mientras tanto, los niños se miraban de forma intermitente como si aquel intercambio entre sus madres les brindará una gran satisfacción.
—Así es. Alicia también me ha hablado mucho de él. Primero, quiero agradecerle a su hijo que la haya ayudado en el supermercado. La pobre no sabía qué hacer.
Después de una breve conversación en la que se tocaron diversos temas, las mujeres parecían haber entrado en confianza charlando acerca de los pormenores del día. Por su parte, Laura habló de su familia formada totalmente por varones, ya que, aunque tenía tres hijos, no tenía ninguna hija, la hacía sentir un poco sola.
Entretanto, Yolanda habló de las dificultades de haberse mudado a una nueva ciudad, lo cual también afectó de forma importante a su hija, quien, de por sí, tenía cierta dificultad para relacionarse socialmente.
Luego de la breve charla, Laura se encargó de formalizar la invitación a cenar.
—El otro día Javier me comentaba su deseo de mostrarle sus mascotas a Alicia. La verdad creo que sería algo muy bueno para las mascotas, dado que los pobres animales no salen mucho, especialmente las aves y la tortuga. ¿Cree que usted y su familia podrían acompañarnos a cenar esta noche para que los niños puedan jugar un poco?
Al escuchar esas palabras, Javier sintió una gran alegría. Finalmente, su amiga iba a visitar su casa.
De pronto, Yolanda sonrió cordialmente.
—Agradezco mucho su invitación. Desde luego, nos sentimos muy honrados. Por supuesto que estaremos ahí. Muchas gracias.
En ese momento, los niños se miraban con complicidad. Ciertamente, aquello era algo muy importante para ellos. En tales circunstancias, no podían disimular su emoción.
Una vez que subieron al auto, Javier no pudo evitar hablar acerca de los preparativos.
—¿Qué vamos a darles de cenar? ¿Crees que le gusten los postres a Alicia? Quizá podrías preparar tu pastel de chocolate tan famoso. ¿No crees que sería buena idea? ¿Crees que Carlos y Ricardo se comporten de forma apropiada? Quizá deberíamos encerrarlos en su habitación o, al menos, deberías amenazarlos con quitarles los videojuegos.
Lógicamente, Laura escuchaba divertida a su hijo. Sin duda, su comportamiento era bastante peculiar e inesperado. Súbitamente, acarició su cabeza con cariño al decirle:
—Aún no he decidido qué vamos a darles de cenar. Tal vez el pastel de chocolate sea una buena idea. Definitivamente, Carlos y Ricardo van a comportarse bien. En tal caso, nadie estará encerrado durante la cena. De hecho, no creo que sea necesario amenazarlos de ninguna forma.
Cuando llegaron a casa, Javier bajó del auto a toda prisa, puesto que tenía muchas cosas que hacer antes de la llegada de su amiga.
Al mismo tiempo, Yolanda llegaba a casa acompañada de Alicia. Inmediatamente entraron a su hogar. En ese instante, Sergio acababa de volver del trabajo. En realidad, solo tenía algunos minutos para comer. En cualquier caso, era tal la emoción de Alicia ante lo sucedido que no pudo contenerse. Por lo tanto, comenzó a contarle acerca de la invitación a cenar.
A pesar de que el hombre no comía nada en ese momento, comenzó a toser como si acabara de tragar de forma precipitada algún alimento.
Entonces, miró a su esposa sorprendido.
—Vaya, por lo visto, tendré que volver a casa pronto —le dijo. Repentinamente, Yolanda asintió.
—Así es, cariño. Por favor, no llegues tarde —le advirtió.
Posteriormente, se dispuso a servir la comida.
Esa tarde, Ricardo y Carlos, los hermanos de Javier, se miraban uno a otro de forma mordaz, a la vez que ponían toda su atención en su hermano, quien corría de un lado al otro de la casa buscando todo tipo de cosas.
—Mamá, ¿has visto mi rompecabezas? Quiero prepararlo para mostrárselo a Alicia.
—Mamá, ¿sabes dónde está mi balón de básquetbol? Tal vez ella quiera jugar un poco.
—Mamá, ¿has visto el suéter del perro? Quiero ponerle el que compramos la última vez.
Obviamente, los chicos lo miraban sorprendidos, pues no sabían qué pensar de todo eso.
—Evidentemente, está actuando de forma muy extraña. ¿No crees que deberíamos de hacer algo al respecto? —preguntó Carlos. Sin embargo, Ricardo no parecía tan preocupado.
—No creo que sea nada de cuidado. Seguramente, necesita descansar un poco.
Claramente, su hermano mostraba un comportamiento bastante inusual. No solamente había invitado a una misteriosa chica a cenar, sino que, además, parecía tan nervioso como si quisiera que todo saliera a la perfección, lo cual era bastante extraño, pues Javier nunca había sido un perfeccionista.
De cualquier manera, a medida que pasaba el tiempo, su comportamiento se volvía cada vez más extraño.
—Míralo, ahora parece que no encuentra qué ponerse.
Efectivamente, Javier salía de su habitación con un atuendo solo para volver a ella unos segundos después para buscar algo distinto. Sí bien Carlos y Ricardo se encontraban en la adolescencia, habían cosas que no podían comprender de su actitud.
¿Cómo era posible que, a sus apenas siete años, una niña despertara tanto interés en él? Sencillamente, eso era algo que no podían comprender.
Eventualmente, el momento llegó. Unos minutos más tarde, la familia de Alicia llegaría a su casa. De tal forma que Laura se dispuso a lanzar algunas advertencias finales.
—Recuerden que deben ser muy amables les dijo a los chicos usando un tono ligeramente amenazante, mientras sonreía cálidamente, lo cual causó cierta confusión en ellos.
—¿De qué hablas, madre? Por supuesto que seremos amables —dijo Carlos con gran seriedad. Indudablemente, de los dos gemelos, él era el más maduro, aunque entre ellos existía una mínima diferencia de edad de apenas un minuto.
De repente, la mujer volteó a ver a Ricardo de forma automática.
—Sé que los dos entienden que deben ser muy amables. Seguramente, en este momento, ya han logrado entender que esto es muy importante para su hermano.
Siendo así, Ricardo asintió tímidamente. De pronto, el timbre sonó. Por tal motivo, Javier salió corriendo de su habitación.
—¿Cómo me veo? ¿Creen que debo cambiarme de ropa? ¿Les parece que me veo presentable?
Innegablemente, era tal su nerviosismo que sus hermanos no pudieron evitar reír. Como resultado, su madre les lanzó una mirada fulminante a manera de advertencia.
—Te ves muy bien, Javier. No es necesario que te cambies de nuevo.
Luego de besar ligeramente su frente, la mujer se dispuso a salir de la habitación.
En cuanto el timbre sonó, Miguel se dispuso a abrir la puerta para recibir a sus invitados. En ese momento, se encontró de nuevo con aquella niña que había conocido en el supermercado. Sin embargo, afortunadamente, en esta ocasión no estaba llorando. En cambio, lucía una sonrisa radiante que le iba bastante bien.
—Bienvenidos, ¿cómo están? —los saludó al abrir la puerta. Mientras tanto, Alicia miraba al interior de la casa con entusiasmo tratando de ver a su amigo. De repente, se percató de que el niño bajaba la escalera con gran emoción.
—¡Alicia, ya estás aquí! —gritó con alegría. En ese instante, los niños corrieron a su encuentro. Entretanto, los adultos se saludaban con gran amabilidad. Posteriormente, el hombre invitó a la pareja a entrar.
Rápidamente, Javier volteó a ver a sus padres.
—¿Puedo mostrarle a Alicia mis mascotas?
En ese momento, Laura y Miguel intercambiaron miradas.
—Por supuesto, que sí, cariño. Solo asegúrate de ser cuidadoso y mantener el orden.
A continuación, Alicia volteó a ver a sus padres de forma interrogante. Ellos asintieron sonriendo accediendo a la petición.
—Mira, este de aquí es Puko —dijo el niño levantando en sus manos un pequeño cachorro peludo de color n***o, el cual miraba a la niña temeroso.
En tales circunstancias, Alicia no pudo contenerse por más tiempo. Sorpresivamente, tomó el cachorro en sus manos abrazándolo con cariño. Sencillamente, ese era el animal más lindo que había visto en su vida. Obviamente, era muy pequeño. No obstante, estaba ligeramente obeso, lo cual le brindaba una apariencia muy tierna.
Enseguida Javier se dispuso a mostrarle a su tortuga.
—Este de aquí es Lázaro. Como puedes ver, está un poco nervioso. La verdad no ha podido sobreponerse a su experiencia cercana a la muerte del otro día.
Al observar al pequeño animal, Alicia sintió una gran curiosidad, por lo que dejó al perro a un lado cuidadosamente, pues recordaba muy bien lo sucedido aquella vez y no deseaba que aquello se repitiera.
Al sostener a la tortuga en su mano, Alicia sintió una peculiar sensación, pues sus pequeñas patas se movían de forma impredecible. Al mismo tiempo, Javier pareció comprender lo que sucedía, por lo que inmediatamente retiró al animal y, a toda prisa, se dispuso a mostrarle a las aves. Eran un par de canarios, los cuales cantaban alegremente en su jaula.
—Este se llama Ramiro y esta es Rosina. Todas las mañanas me despierta su canto. De hecho, les gusta mucho el sol. Desgraciadamente, cuando tienen frío, no la pasan muy bien. De cualquier forma, sin importar las condiciones climáticas, disfrutan mucho de su mutua compañía. Como puedes ver, son muy felices juntas.
De inmediato, Alicia se acercó a la jaula observando atentamente las aves. Ciertamente, su canto era único.