La invitación

1340 Words
Una mañana, Alicia observaba por la ventana del salón de clases, mientras la profesora explicaba la lección del día. En realidad las matemáticas nunca habían llamado particularmente su atención. Sin embargo, en ese momento, se sentía especialmente aburrida.  De pronto, Javier, quien se encontraba sentado a su lado, volteó a verla. —¿Qué sucede? ¿Te sientes bien? —Rápidamente, Alicia sonrió al mirar a su amigo.  —No es nada. Solo me siento un poco aburrida —le dijo mirando hacia afuera distraída. En tal caso, la profesora siguió explicando la clase con normalidad. Más tarde, mientras los niños disfrutaban plácidamente de su recreo Javier le contaba a Alicia todo lo que había hecho el día anterior. Innegablemente, al niño le encantaba todo tipo de animales e insectos. De tal forma que su casa era casi un zoológico, ya que tenía peces, aves, tortugas y un pequeño cachorro. Ciertamente, su familia compartía su mismo gusto por los animales. Por lo tanto, lo apoyaban siempre que deseaba adquirir una nueva mascota. En tales circunstancias, Javier tenía todo tipo de anécdotas para contar, las cuales siempre se relacionaban con animales. —No te rías. Lo que sucedió fue algo muy serio. Puko tenía a Lázaro en el hocico. Por un segundo, creí que iba a tragárselo. Desde luego, en cuanto grité, mis hermanos vinieron a ayudarme. Desafortunadamente, estuvimos a punto de vivir una tragedia. Por fortuna, luego de salir corriendo, Carlos detuvo a Puko de la cola. Entonces, el animal volteó muy molesto, pero, súbitamente, comenzó a estornudar casi como si la sola presencia de mi hermano despertara algún tipo de alergia en él. Gracias a los estornudos, finalmente, soltó a la tortuga, la cual cayó rodando en el suelo. Tan pronto como se encontró libre, salió corriendo. Bueno, por supuesto, estamos hablando de la velocidad promedio de una tortuga. En efecto, no es muy veloz, pero, afortunadamente, logró escapar. Mientras tanto, Alicia lo escuchaba divertida. Después de todo, nunca antes había escuchado hablar de un cachorro que estuviera a punto de comerse una tortuga. En definitiva, la niña creía que todo aquello debió haber sido un malentendido. Probablemente, el cachorro solo quería jugar con ella. Hasta dónde sabía, los perros no comían tortugas. De cualquier forma, la historia fue realmente divertida. En cuanto el relato terminó, una idea apareció en su mente. —Me gustaría mucho conocer a tus mascotas —dijo con inocencia. En cambio, al escuchar esas palabras, los ojos de Javier se abrieron muy grandes. ¿Acaso aquella preciosa niña acababa de expresar su deseo de conocer sus mascotas, lo cual, lógicamente solo podría hacerse en una visita domestica? Sencillamente, la idea le pareció fascinante. De repente, volteó a verla sorprendido. —¿Lo dices en serio? —le pregunto con incredulidad. Enseguida la niña asintió sonriendo.  —Claro que sí. Sin duda, conocer a tus mascotas debe ser algo muy peculiar.  A continuación, la chicharra sonó indicando que debían volver al salón. Ante tal panorama, los niños comenzaron a guardar sus cosas con la intención de volver a clase. No obstante, Javier se quedó inmóvil. Naturalmente, la simple idea de que Alicia a visitara su casa le parecía encantadora. Esa tarde, cuando Laura, su madre, lo recogió de la escuela no pudo evitar preguntarle: —Mamá, ¿puedo invitar a una amiga a casa? Inmediatamente la mujer lo miró sorprendida. Simplemente, nunca antes su hijo había tenido interés de invitar a una niña a casa. En algunas ocasiones, había invitado a su amigo Mario, pero ese había sido su único visitante. Por tal motivo, no pudo evitar sorprenderse. —Claro que sí, cariño. Dime ¿a quién quieres invitar? Repentinamente, Javier comenzó a hablar con gran rapidez contándole todos los detalles de su amistad con Alicia. Por su parte, Laura lo escuchó con mucha atención. Evidentemente, esa niña era alguien muy importante para su hijo. De lo contrario, no se expresaría de ella con tanta emoción. De tal manera que no pudo negarse. Efectivamente, consideró la petición de su hijo y, de inmediato, comenzó a planear aquella visita. A la mañana siguiente, Javier no pudo esperar para contarle todo a su amiga. —¿Recuerdas que ayer dijiste que te gustaría conocer a mis mascotas? De pronto, Alicia asintió. Claramente, tenía muy presente aquel recuerdo. —Ayer platiqué con mi madre, y nos gustaría mucho invitarte a cenar a mi casa a ti y a tus padres. Al hablar, el rostro del niño se iluminó con una radiante sonrisa totalmente encantadora. En cuanto vio su rostro, Alicia no pudo evitar sonreír. Definitivamente, esa era una maravillosa idea. Tan pronto como volvió a casa ese día, transmitió a sus padres la invitación. —Papá ¿recuerdas Javier? —preguntó la niña mirando a su padre que en ese momento bebía un poco de agua en la cocina. El hombre la miró extrañado por un segundo. Ciertamente, aquel nombre le resultaba familiar. A pesar de ello, no tenía idea de dónde lo había escuchado. Por consiguiente, respondió: —No cariño, me temo que no puedo recordar quién es. —¿Recuerdas que fuimos al supermercado el día que llegamos a la ciudad?  De inmediato, el hombre asintió. Lógicamente, nunca olvidaría aquella fatídica visita al supermercado. Desgraciadamente, mientras escogía las manzanas más maduras, se distrajo por un segundo. Por consecuencia, en cuanto quiso pedir la opinión de su hija, con horror, se dio cuenta de que no estaba a su lado como había creído.  Posteriormente, comenzó a buscarla por todos lados corriendo por los pasillos. De cualquier manera, no pudo encontrarla. A toda prisa, pidió ayuda al personal de la tienda. Indudablemente, Sergio estaba muy asustado. Por fortuna, después de unos minutos, un hombre se acercó a él. Sorpresivamente, con tan solo ver su rostro, aquel hombre lo identificó. —Disculpe, ¿de casualidad está buscando a una niña pequeña? Inmediatamente el rostro de Sergio se iluminó. En tal caso, se limitó a asentir lleno de esperanzas. Acto seguido, el hombre lo tomó del hombro al decir: —Venga conmigo. Mientras caminaban juntos, él decía algo referente a un niño. Desafortunadamente, Sergio no prestó demasiada atención, pero, al hablar con su hija, pareció recordar el nombre de aquel niño. —Ah, sí. Ya recuerdo. Es el niño que te encontró en el supermercado.  Enseguida el rostro de Alicia se iluminó.  —Exacto. Es él. Resulta que es también mi compañero de clase. El otro día me contaba todo acerca de sus mascotas. Sorprendentemente, tiene todo tipo de animales en casa. Tiene un perro, peces, aves y hasta una tortuga. En una ocasión, el perro se estaba comiendo a la tortuga. Afortunadamente, uno de sus hermanos logró impedirlo. Al escuchar el relato, Sergio entrecerró los ojos mordaz. Después de todo, su hija nunca antes había hablado de un compañero de escuela. En realidad, solo se había relacionado con chicas. Obviamente, aquello llamó la atención de Sergio. Sin embargo, en ese instante, Yolanda, la madre de Alicia, quien picaba un poco de fruta, le dirigió una mirada fulminante. —Me alegra mucho saber que has hecho un amigo. Lo ves, tu papá y yo te dijimos que harías buenos amigos en tu nueva escuela. Repentinamente, Sergio sonrió al mirar a su esposa. En definitiva, ella era una mujer muy inteligente e intuitiva. Anticipándose a cualquier idea extraña que pudiera surgir en la mente del celoso padre, decidió recordarle lo difícil que había sido para su hija entablar amistades a lo largo del tiempo. —Esta mañana, me invitó a conocer a sus mascotas. De hecho, me dijo que todos nosotros deberíamos ir a cenar a su casa.  Súbitamente, los padres de Alicia se dirigieron una mirada. A continuación, Yolanda sonrió cálidamente. —¡Qué buena idea! Así, todos podremos conocer a sus mascotas.  Luego de besar tiernamente la mejilla de su hija, las dos salieron de la cocina charlando, a la vez que su padre sostenía su vaso de agua con las manos sin saber qué pensar de tal invitación.
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