Cada día, la conexión entre Lucas y Tracy se hacía más fuerte. Las miradas duraban más de lo necesario, y las palabras parecían llevar otra capa debajo de lo que decían. Tracy empezaba a relajarse cerca de él. A sentir que, tal vez, podía confiar. Tal vez incluso… dejarse querer.
Hasta que Santiago apareció.
Esa noche, el cielo estaba cubierto y el viento era frío. Tracy salió a buscar algo de aire. Caminaba sin rumbo por el jardín cuando sintió que alguien la seguía. Al girarse, lo vio.
Santiago.
Se acercaba con calma, la mirada clavada en ella. Había algo en sus ojos que la desarmó por completo.
—La lealtad tiene muchas formas —murmuró—. Pero la mía no cambia.
No la tocó. No invadió su espacio. Pero su sola presencia la alteraba de una forma que no sabía explicar. No era como con Lucas, ni como con Adrian. Santiago no necesitaba decir mucho. Bastaba con su cercanía, con ese tono bajo y contenido, con el silencio que parecía decirlo todo. Su aroma, su manera de estar… despertaban algo que ella no sabía si quería sentir.
Desde la distancia, Lucas los miraba. La forma en que Tracy lo observó no se le escapó. Y lo que sintió no fue solo celos. Fue miedo. Por primera vez, comprendió que no tenía asegurado un lugar en su vida. Que podía perderla.
Entonces llegó el mensaje.
Una frase, flotando en su mente, como si hubiera sido susurrada directamente a su alma.
—Pronto tendrás que decidir… o yo decidiré por ti.
La voz de Damián. Fría. Inevitable. Siempre al acecho. Siempre cerca. Su presencia se sentía como una sombra que la envolvía, que respiraba con ella, imposible de ignorar.
Esa noche no pudo dormir. Dio vueltas en la cama, inquieta. Y cuando por fin cerró los ojos, fue solo para despertar de golpe, con el cuerpo helado. El aire era espeso, como si alguien —algo— estuviera allí, invisible. Se volvió hacia la mesa de noche.
Una rosa negra la esperaba, sola, iluminada por la luna.
No estaba sola.
Lucas ya no podía fingir. El miedo a perderla lo carcomía. No podía seguir escondiéndose detrás de sonrisas y bromas. Cuando Tracy estuvo en peligro, no lo pensó dos veces. Rompió las reglas de la manada. Cruzó territorio prohibido. Arriesgó todo por ella.
Y Tracy lo vio distinto. Ya no era solo el lobo rebelde que usaba el humor como armadura. Era alguien que, cuando amaba, lo hacía con todo.
Santiago también lo vio. Desde las sombras, en silencio. No dijo nada. No hacía falta. La rigidez en sus hombros, la tensión en su mandíbula… todo hablaba por él. No pensaba ceder. Pero había algo más en su mirada. Algo que Tracy no supo nombrar. Oscuro. Cálculo envuelto en calma.
Adrian también empezaba a cambiar. Siempre había sido el primero en cuestionar a Lucas, el primero en menospreciar sus decisiones. Pero verlo arriesgarlo todo por protegerla lo hizo pensar. Tal vez se había equivocado. Tal vez su hermano menor no era solo un charlatán con buen corazón. Tal vez merecía más crédito del que le había dado.
Y en medio de todo eso, Tracy se sentía cada vez más tironeada. Lucas. Adrian. Santiago. Cada uno despertaba algo distinto en ella. Pero ninguno la confundía tanto como Damián.
Él apareció otra vez. De la nada. Como siempre.
Esa misma calma. Esa amenaza disfrazada de ternura.
—Si no puedes elegir entre ellos… ven conmigo.
Le tendió la mano.
Ella no se movió.
La noche estaba en silencio. Él seguía ahí, inmóvil, con la palma abierta. Y esa mano parecía prometer algo distinto. Una salida. O tal vez… una caída.