Después de todo lo que había pasado, Tracy empezó a ver a Santiago con otros ojos. Siempre había sido el más callado de los hermanos, el que parecía estar presente sin realmente estarlo. Pero ahora, ese silencio tenía otro peso. No la perseguía, no trataba de impresionarla. Simplemente estaba ahí. Y, poco a poco, eso empezó a decirle más que cualquier gesto grandilocuente. Una tarde buscó un momento de calma en el invernadero de la mansión. El sol entraba a través de los cristales sucios, dándole al lugar una luz suave, casi irreal. Santiago estaba allí, sentado en un banco de madera rodeado de cuadernos viejos y dibujos. —No esperaba verte aquí —dijo ella, rompiendo el silencio. Él levantó la vista, sin cambiar de expresión. Pero sus ojos... sus ojos decían algo más. Le entregó uno de

