Las luces del pasillo estaban apagadas cuando Alexandra Winterhaus volvió sola a la habitación 22. Caminaba con esa elegancia que parecía heredada, no aprendida, cada paso firme como un sello. Había regresado porque había olvidado su anillo de diamante. Apenas rozó la manilla, un pensamiento cálido, casi travieso, cruzó su mente: “Qué rico lo que sucede en este cuarto… nuestro pequeño secretico.” Entró con una sonrisa leve todavía pegada al recuerdo. —Ok… ¿y dónde se supone que está el abrigo con el anillo? —murmuró, mirando alrededor. Revisó la cama, pero nada. La silla, tampoco. Frunció el ceño. —Olivia dijo que estaba en el abrigo… así que debe estar en el armario. Avanzó con su elegancia característica, aunque por dentro ya sentía una incomodidad subirle por el pecho. Tom

