Matt, finalmente, cedió.
La tomó del rostro, igual que ella había hecho con él, y la besó con fuerza.
Sus labios chocaron primero con torpeza, luego con un ajuste rápido, urgente.
Kendall respondió de inmediato, pero fue Matt quien tomó el control.
La sujetó por la cintura y la empujó suavemente hacia el tronco del árbol, acorralándola allí mientras él quedaba de espaldas, hacia las mujeres que se aproximaban sin que ellas pudieran ver su rostro.
Las manos de Kendall se aferraron a la tela de su traje, mientras las lenguas de ambos se entrelazaban en un beso que dejó de ser excusa y se volvió algo mucho más peligroso.
Odio admitirlo… pero me encanta, pensó Kendall, sintiendo el vértigo de algo que había deseado desde aquel primer día que lo vio entrar a la mansión. Tan formal. Tan fuera de lugar. Tan… tentador. Desde ese momento supe que debía mantenerme lejos. Y nunca pude.
Matt la empujó un poco más contra el tronco, tratando de esconderlos. Pero al hacerlo, un pensamiento lo atravesó como electricidad.
No entiendo nada… pero esto se siente como un sueño. Es Kendall… la sexy, hermosa y prohibida hermana menor de mi esposa. ¿Cómo carajos terminé aquí?
Cuando él la acercó más, Kendall reaccionó clavándole suavemente las uñas a través de la tela, un gesto involuntario que le arrancó a Matt un gemido ahogado entre los labios.
Por un instante, el mundo se redujo a ese punto exacto: la presión creciente de sus bocas, los sonidos húmedos del beso, el temblor compartido de dos cuerpos uniéndose como si se necesitaran para seguir respirando.
Los pasos sobre la grama se detuvieron a pocos metros.
Era teatro… y al mismo tiempo, algo que ninguno de los dos podía seguir fingiendo que no deseaba.
Era parte del teatro y al mismo tiempo, no lo era.
—Vaya… —la voz de Alexandra resonó con un tono cargado de diversión venenosa—. Ya empezaste temprano, eres igualita a la perra de Eva, siempre quieren robarse el show.
Matt cerró los ojos por un segundo al escuchar el nombre de su esposa, como si lo hubieran golpeado directo en el estómago.
Kendall, sin embargo, mantuvo el contacto un segundo más, antes de separarse lo suficiente como para girar la cabeza hacia ellas sin soltar del todo a Matt.
Alexandra se acercó al lado de Kendall, observando la escena como si estuviera evaluando una obra de arte.
Rodeó la escena con calma, pasando detrás de Matt.
Sus dedos se deslizaron lentamente por la espalda de Matt sin saber que era él, recorriendo el largo de su columna por encima del saco con un contacto que se sintió invasivo, dueño.
—Buen gusto, hermanita —dijo con una sonrisa fría—. Este al menos parece entero y formidable.
Olivia, por su parte, dio un paso más, situándose detrás de él.
Su mano se deslizó con deliberada lentitud por la parte baja de su espalda y, sin darle tiempo a reaccionar, descendió hasta rozar la curva de sus glúteos, apretando apenas.
Un escalofrío entre lo desagradable y excitable le recorrió todo el cuerpo a Matt.
¿Qué carajo…? pensó, paralizado entre la sorpresa y la incomodidad.
Kendall sintió cómo la furia le subía a la cara, mezclada con celos intensos y una rabia protectora que le resultaba casi humillante.
Cerró el puño libre, conteniendo las ganas de apartarlas de un golpe.
—Cuando termines con Kendall, ven por nosotras encanto, tal vez te diviertas más con nosotras... —dijo Olivia, con una risa suave y maliciosa.
Ambas rieron, como si se tratara de un simple juego.
Kendall levantó la mano y les sacó el dedo del medio, pero ocultándolo medio cuerpo detrás de Matt, mientras mantenía una sonrisa apenas educada en el rostro.
Matt apenas pudo mover los labios.
¿Dónde diablos me metí? pensó, sintiendo que el mundo Winterhaus era aún más oscuro de lo que había imaginado.
Finalmente, Alexandra y Olivia se alejaron entre los árboles, con sus risas mezclándose con el murmullo distante del viento.
Cuando las siluetas de ambas se perdieron en la penumbra, Kendall no lo soltó.
Matt respiraba agitado, con el pulso desbocado.
Sus miradas se encontraron en la semioscuridad del jardín.
Entonces, sin previo aviso, Kendall lo tomó del cuello con ambas manos y lo atrajo de nuevo hacia ella.
El segundo beso no tenía nada de obligado.
Fue más lento al principio, cargado de toda la tensión acumulada, del deseo que no encontraba dónde colocarse, de la confusión emocional que los envolvía a los dos.
Matt se quedó paralizado un par de latidos, sorprendido por el cambio de intención, y luego correspondió, dejándose arrastrar por esa sensación de caída libre.
No deberíamos estar haciendo esto, pero qué bien besa, pensó Matt, sintiendo ese pensamiento golpearle la mente al mismo ritmo que su corazón.
Es un error. Y me sabe demasiado bien, pensó Kendall, con los dedos hundidos en la nuca de él.
Cuando finalmente se separó, lo hizo de forma brusca, como si se hubiera quemado.
Sus labios estaban enrojecidos.
—Vámonos —dijo, sin mirarlo directamente.
No sabía si era por vergüenza… o porque, si lo hacía, no podría alejarse de él nunca más.
El carruaje los esperaba más adelante, en una pequeña zona de piedra donde algunos vehículos de la mansión hacían parada. No era un carruaje clásico de caballos, sino una especie de transporte interno, elegante, con acabados de madera y asientos de cuero, tirado por un par de caballos negros imponentes que resoplaban en la noche.
Kendall hizo una seña al jinete.
—A la casa principal —ordenó, sin titubeos.
Subieron al interior.
La puerta se cerró, y el ruido del exterior se amortiguó.
El movimiento del carruaje al ponerse en marcha provocó un leve vaivén que se sumaba al mareo emocional de Matt.
Él rompió el silencio primero.
—¿Qué mierda fue eso? —preguntó, con la voz herida, ansiosa, humillada, una mezcla de todo—. Lo del club, lo de tu familia, lo de ellas… lo de nosotros.
Sus ojos la buscaban, exigiendo algo parecido a una verdad.
Kendall miró hacia el frente, con los nudillos blancos de tanto apretar las manos sobre las rodillas. Por dentro, la culpa y el miedo se le enredaban en el pecho.
—Estoy tratando de que salgas vivo —respondió al fin—. Algunos entran… y nunca vuelven a salir.
—Necesito la verdad. Ya —insistió—. No puedo seguir caminando a ciegas en este… en este mundo de ustedes, en el mundo de mentiras de ella.
Kendall giró el rostro hacia la ventana.
El bosque pasaba como una mancha oscura a ambos lados del carruaje.
—Cuando lleguemos a la mansión, hablaremos —dijo, bajando un poco la voz—. Aquí no.
Si digo demasiado ahora, lo asustare y lo perderé, y luego de ese beso, no quiero que se pierda, pensó, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
Matt la miró, entendiendo solo una cosa con absoluta claridad, lo que había creído conocer de los Winterhaus no era ni la superficie.
Y ahora estaba atrapado en algo que no comprendía… con la hermana de su esposa como única aliada.