Bajaron las escaleras laterales casi a tropezones, con los ecos de la música amortiguados a sus espaldas.
Kendall tiraba de Matt como si él fuera un rehén al que intentaba sacar de una zona de guerra.
Con cada paso se alejaban un poco más del estruendo del club… y lo acercaban a un silencio que pesaba distinto.
Salieron por la puerta trasera del edificio y el contraste fue brutal.
Frente a ellos se abrían los jardines que conectaban el club con la mansión Winterhaus, una extensión oscura y enorme que se perdía más allá de lo que alcanzaban las luces tenues de los faroles.
—Kendall… —escupió al fin, con la voz tensa, rota—. ¿Cómo carajos es que Eva estaba… haciendo eso ahí? ¿Delante de todos? ¿Y nadie dijo nada? ¿Acaso hay algo que yo no sepa?
Su voz tembló de rabia y miedo.
Sentía la piel caliente, la mandíbula rígida.
El olor a perfume, sudor y cristal empañado seguía pegado a sus sentidos como un veneno.
Kendall cerró los ojos un instante.
Di algo. Pero no lo arruines. Él no sabe nada… nada de esto.
Respiró hondo, tragándose su propio temblor.
—Matt… —dijo al fin, bajando la mirada—. Seré directa contigo.
Él dio un paso hacia ella, esperando una explicación que pudiera salvar su cordura.
Kendall levantó la vista.
Había miedo en sus ojos, sí… pero también determinación.
—No debes estar aquí —susurró, tocándole el brazo como si temiera que se desmoronara—. No estás preparado para esto, para lo que viste, para lo que significa.
Matt retrocedió apenas, sintiendo el aire cortarle los pulmones.
—¿Preparado para qué? —insistió, con el pecho subiendo y bajando rápido—. ¡Dímelo!
Kendall negó con la cabeza, con un gesto quebrado.
—Supongo que algún día tendrás que saberlo… —murmuró, desviando la mirada hacia la oscuridad—. Pero no será hoy y no será por mí.
Matt sintió un escalofrío brutal recorrerle la columna.
Mientras tanto los tacones se hundían en la grama húmeda mientras ella luchaba por no desmoronarse también.
Si alguien logró reconocer a Matt… está jodido y dudo que yo pueda hacer algo por él, pensó, acelerando aún más el paso.
A mitad de camino, Kendall se detuvo de golpe y soltó una maldición por lo bajo.
—Al demonio con esto —murmuró, inclinándose.
Se sujetó de la baranda baja que bordeaba el sendero y se quitó los tacones con un gesto elegante, pero cargado de desesperación.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del cuero antes de dejarlos colgar de una mano.
Quedó descalza sobre la grama, con los pies hundiéndose apenas en la tierra húmeda.
La luz de un farol cercano se derramó sobre sus tobillos, sobre la línea de sus pantorrillas tensas.
Aun así, su urgencia dominaba la escena, no había coquetería, solo prisa y miedo.
—Tenemos que seguir —dijo, enderezándose—. Y tú… tienes que irte de aquí en cuanto lleguemos a la zona de la mansión. Salir, desaparecer, hacer como que nunca estuviste.
Matt se detuvo en seco detrás de ella.
—¿Qué? —preguntó, con la voz ronca.
—Lo que oíste —replicó Kendall, girándose para encararlo, sosteniendo los tacones en una mano como si fueran un arma inútil—. Te vas y no miras atrás. No hablas con nadie, no mencionas nada de esta noche.
Él apretó los puños.
¿De qué demonios están hechas estas personas? Ni en año y medio de matrimonio entendí nada de esta familia, pensó, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con una desilusión que le sabía a óxido.
—No voy a hacer como que no pasó nada —dijo, dando un paso hacia ella—. Acabo de ver a mi esposa con… con otro tipo, ahí, frente a todos, como si fuera normal. Necesito explicaciones, ahora.
El corazón de Kendall latía tan rápido que casi podía escucharlo en sus oídos.
¿Qué demonios voy a decirle? ¿Cómo le explico que lo que vio allá dentro no fue un accidente, ni una excepción… sino la realidad de siempre? Un vértigo le subió por el pecho. ¿Cómo le digo la verdad sin matarlo en el proceso?
—No, ya te dije que no —respondió, lanzando una mirada rápida al entorno—. No en medio de los jardines, hay oídos en todas partes, Matt. No tienes idea de lo que esta gente es capaz de hacer si siente que alguien los expone.
Él sacudió la cabeza, incrédulo, sintiendo que su vida se desmoronaba capa por capa.
—Entonces empieza a decírmelo —insistió—. Porque ya estoy dentro, ¿no? Ya vi demasiado supongo.
Matt sintió el pecho cerrarse, como si cada palabra que pronunciaba raspara por dentro.
Respiraba agitado, con los puños apretados hasta que los nudillos le dolieron.
Se suponía que Eva me amaba… que su familia me adoraba… que eran gente respetable. Pero todo esto… todo esto parece ritual de gente enferma. ¿acaso todo esto es una maldita broma? ¿En qué momento se volvió mi vida este circo retorcido?
Un temblor le subió por los brazos, mezcla de rabia, humillación y un miedo que no quería admitir.
Kendall abrió la boca como para responder algo importante, pero entonces algo se movió a la derecha, entre los árboles, y la tensión en su cuerpo se multiplicó.
Dos siluetas femeninas emergieron de la penumbra, caminando con calma por el césped como si estuvieran desfilando sobre una alfombra roja.
Las luces de los faroles rozaban sus vestidos de fiesta, resaltando brillos, transparencias, curvas.
Alexandra Winterhaus, la segunda heredera de las tres hermanas, llevaba un vestido ceñido color vino profundo, con una abertura impúdica en la pierna y un antifaz plateado que apenas alcanzaba a disimular la arrogancia en su expresión.
Cada paso suyo parecía un recordatorio silencioso de quién mandaba en estos terrenos.
Olivia Pine, la prima de las Winterhaus, a su lado, se movía con una sensualidad más juguetona, envuelta en un vestido n***o de espalda descubierta que dejaba ver la línea perfecta de su columna.
Su risa baja flotaba en el aire como un perfume peligroso.
Irradiaban poder, belleza y una clase de sensualidad que no pedía permiso.
Kendall sintió un nudo en el estómago.
Perfecto. Justo ellas, pensó, sintiendo una incomodidad densa treparle por la nuca.
—Mierda… —susurró, casi para sí.
Su mente empezó a correr.
Van a reconocerlo. Tengo que hacer algo, pensó, notando cómo su pulso se aceleraba aún más.
El miedo era real, frío y concreto.
No tuvo tiempo de planear demasiado.
Se volvió hacia Matt, lo tomó del rostro con las manos, haciendo que él se inclinara instintivamente hacia ella.
—Bésame —ordenó en voz baja, con una urgencia feroz en los ojos—. Rápido. Como si quisieras devorarme.
Él se quedó congelado.
—¿Qué? —atinó a decir, completamente chocheado.
Alexandra y Olivia se acercaban, sus siluetas iban recortándose contra la luz.
—Bésame… o quieres que te maten esta noche —repitió Kendall, esta vez con un temblor en la voz que no tenía nada de actuación.
Matt sintió una oleada de pánico, adrenalina y confusión.
Podía escuchar su propio corazón golpeando en el pecho, casi tan fuerte como la música que habían dejado atrás.
¿Qué demonios está pasando? pensó, sin apartar los ojos de ella.
Kendall lo miraba con una mezcla rara, dominancia, miedo y algo más profundo, más prohibido.
No era solo un intento por disimular; había algo en su mirada que lo decía todo.
Ese brillo intenso no mentía, hablaba de un deseo real, guardado por demasiado tiempo por su cuñado.
Y sus manos, lejos de seguir un guion, se aferraban a su piel con fuerza, como si por fin se permitiera sentir sin esconderlo, dejando claro que ya no estaba actuando.