Capítulo 7
— Sabes… — miré a Sabrina, hacía poco que habíamos llegado a su casa, ni siquiera le había llamado a mi padre para decirle donde estaba, lo único que quería era seguir en compañía de mis amigos — Yo no creo que él te esté mintiendo
— Tampoco yo
Contestó Jacob desde su bolsa de dormir.
— Chicos, basta… — pedí, abrazándome a Sabrina — No quiero hablar de ello
— Es que… Maddy — comenzó a hablar Jacob — ¿Por qué no le creíste?
— Ya se los dije… — respiré hondo — No tiene sentido…
— Y yo sigo sin entender por qué no tendría sentido
Insistió Sabrina.
— Madeleine, eres hermosa, eres tan hermosa que le gustas a Nathaniel Johns
— Ya me gustaría estar en tu situación
— Igual a mí
Comenzamos a reír.
— Tengo miedo…
Confesé.
— ¿A qué le tienes miedo?
Preguntó Sabrina.
— A que esté jugando conmigo… — contesté — Es que… no somos amigos, no hablamos casi nada, no entiendo qué le puede gustar de mí y tengo miedo de que solo sea un juego, de que sea parte de una apuesta, que solo quiera una cosa de mí, que mi trasero valga doscientos dólares
— Nena, por tu trasero yo apostaría quinientos
— No es el momento Jacob
Le regañó Sabrina.
— Lo siento…
— No pienses esas cosas… ¿Quién te ha hecho creer que la única razón por la que un chico como él se pudiese acerca a ti es por una apuesta? — no contesté, tanto ella como yo sabíamos quién era esa persona — Maddy… cualquier chico podría sentirse atraído por ti, cualquier chico podría enamorarse de ti… eres una muy linda persona — acarició mi mejilla — Eres hermosa, preciosa, inteligente y sexy — sonreí — Y si fueras hombre te besaría en estos momentos
— Me encantaría verlas besarse
Soltó Jacob, le lancé una almohada.
— Gracias…
Abracé a Sabrina y estiré mi mano hacia Jacob quien la apretó con gentileza.
— No puedo creer que el primer beso de Maddy haya sido con Nathaniel Johns…
Jacob soltó una risita seguido de un chillido de emoción.
— Yo menos…
Volvimos a reír. Cerré los ojos y esperé a que el sueño me venciera. Pese a todo, había sido una de las mejores noches de mi vida ¡De las mejores! No podía creer lo que acababa de pasar, incluso con todos mis miedos encima, no podía evitar sonreír al pensar que me había besado con el guapísimo chico nuevo y que este había dicho que le gustaba ¡No lo podía creer! Incluso si todo era una mentira, al menos me llevaría ese primer beso para la posteridad.
El fin de semana terminó y no de la mejor manera. El domingo en la mañana mi padre me había regañado por no haber regresado a casa, no quise decirle la razón por la que decidí no volver sin avisar. No obstante, le hice prometer que no le diría a mamá lo que ocurrió porque sabía que eso le traería más problemas a él que a mí. Regresé a casa en la tarde y estuve encerrada en mi habitación todo el día poniéndome al día con los deberes de la escuela. No quería toparme con mi madre por ningún lado, no quería estar en su presencia, tenía miedo de que me viera y se diera cuenta, de alguna forma, que me había besado con alguien y que ese alguien era nada más ni nada menos que Nathaniel Johns ¡Realmente me sentía nerviosa! Revivía una y mil veces ese suceso en mi mente, llenando mi diario de cientos de páginas donde relataba desde todos los ángulos lo que había pasado el sábado ¡Me sentía extraña! Como si de pronto todo en mí hubiese cambiado ¡Y era absurdo! Solo había sido un beso, es normal que las personas den su primer beso en la preparatoria, era totalmente normal, pero por alguna extraña razón yo me sentía anormal y tenía miedo de que el lunes llegase. Lo curioso es que el sábado me sentía entusiasmada por ir a la escuela el lunes y que todos recordasen que yo, la nerd Madeleine Tucker, había estado en ese mítico lugar, sin embargo, ese momento, sentía todo lo contrario. No quería que llegase el lunes, tenía miedo de que mis compañeros de clase me hubiesen visto en el club, que hubiesen visto lo que hice con Nate y que los rumores sobre mi persona y él en situaciones indecorosas estuviesen rondando los pasillos de Golden Hill ¡Me sentía paranoica!
Lastimosamente no puedo detener el tiempo y el lunes llegó. Me terminé de colocar el uniforme, amarré mi cabello en mi habitual cola de caballo con mi habitual lazo y salí de mi habitación. Había llegado el momento, tendría que enfrentarme a lo que había sucedido en el fin de semana y no iba a tener a nadie que me proteja. Quería que mi mamá me acompañase, ella siempre me hacía sentir protegida, como si nada malo pudiese sucederme, pero no podía ir a la escuela con mi madre, eso sería ridículo y humillante. Tampoco iba a tener a mis amigos conmigo, a Sabrina la iba a ver en el almuerzo y Jacob solo lo iba a ver en Literatura ¡Así que iba a estar desprotegida! Eso me hacía sentir intimidada.
— Siéntate derecha
Me ordenó mi madre como todas las mañanas.
— Me encantan los huevos revueltos
Dijo mi hermano de pronto, llevándose a la boca una cucharada enorme de huevos revueltos.
— Yo también quiero un poco…
Susurré.
— Solo un poco — indicó mamá, asentí con la cabeza — ¿Hoy tendrás asesoría de química?
— No lo sé, tendré que consultar la tabla
— Bueno, te negarás
— ¿Qué…?
La miré con confusión, pese a todo lo que he podido decir hasta este punto, dar tutorías de química era entretenido, siempre me pareció entretenida la química. Te explicaré cómo es que salía airosa en ese curso, en matemáticas y en cualquier otro curso que utilizase fórmulas en los que tuve que estar a lo largo de mi vida. Memorizaba las formulabas y memorizaba uno o dos ejercicios, de esta forma, pese a que no entendía absolutamente nada, sabía cómo hacer los ejercicios ¡Para mí era entretenido! Era como hacer rompecabezas numéricos, una vez que lograba memorizar las cosas todo se me hacía tan sencillo y entretenido. Sé que no es el mejor método de aprendizaje, porque realmente no estaba aprendiendo, solo memorizando, es por ello que, si ahora me preguntas cómo sacar la valencia de una fórmula química o la molaridad o lo que sea, no te lo voy a saber hacer. Así que realmente me gustaba dar clases, así conocí a Jacob y a Maggy y a muchos de los amigos que hoy en día tengo.
— Tengo una reunión en el trabajo y no podré llegar a la hora en que la enfermera y la tutora se van
— Pero…
— Maddy, necesito tu apoyo
Miré a mi madre.
— ¿A qué horas volverás?
— No lo sé, no tengo hora para volver
— Pero mamá…
— ¡¿Puedes o no?! — pegué un brinco — Sino, para llamar a tu tía — sacó su teléfono — Es tu hermano y tu tía tiene compromisos que tendrá que dejar por hacerme este favor ¿En verdad quieres que todos sacrifiquemos lo que tenemos que hacer porque tú no quieres cuidar a tu hermano?
— No dije eso…
Es solo que… no quería ser quien se tuviese que sacrificar por cuidar a mi hermano. Amaba a mi hermano, realmente lo hacía ¿Cómo no querer a un adorable niño de siete años? Pero a veces ocurrían situaciones como esas, en las que me sentía tan traicionada. Era mi hermano, no mi hijo, no tenía por qué hacerme responsable de él sacrificando lo que era importante para mí, pero eso a mi madre no le importaba… si tan solo le hubiese importado… si tan solo ella hubiese entendido que yo no tenía que cuidarlo para que ella pudiera asistir a eventos sociales o reuniones de trabajo. Me dirás que esa es la labor de un hermano mayor, apoyar cuando sus padres lo necesiten, pues te diré que te calles y me escuches. Mis padres no lo hacían una vez a las quinientas, durante la semana era totalmente normal que mi madre se “Apoyase en mí” para que ella pudiera salir con sus amigas o pudiese quedarse más horas en el trabajo o pudiese tener reuniones de cualquier tipo. Para que me entiendas mejor, mi mamá podía ir a todos lados, todos los días, con toda tranquilidad, porque sabía que yo iba a estar en casa cuidando de Eddy, con la cena lista, la casa limpia, la cafetera llena, la ropa planchada y mis deberes hechos. Y repito, no ocurría una vez a la quinientas, ocurría al menos cinco o cuatro veces a la semana. Yo tenía que regresar de la escuela después de mis múltiples actividades extracurriculares, mantener a mi hermano vivo, hacer todos los quehaceres de la casa, hacer mis tareas, estudiar ¡Y sacar excelentes calificaciones! A lo largo de mi adolescencia, perdí muchos viernes, sábados y domingos por tener que cubrir a mi madre. Cuando comenzó ese año escolar le hice prometer a mi madre que los sábados me los iba a dejar libres, ella puso como condición que toda la lista de quehaceres que debía de hacer estuviese hecha y que mis notas no bajasen ni un solo punto. Ya sé lo que te estás preguntando ¿Por qué no protesté? ¿Por qué no me rebelé? Pues la respuesta era simple: Quería que mi mamá me quisiera y ella solo me demostraba afecto cuando cumplía con sus expectativas, pero a mis quince años… cumplirlas se me hacía cada vez más difícil.
— ¿Entonces…? — miré a mamá — ¡¿Podrás o no, Madeleine?!
— No me grites…
Susurré, bajando la cabeza.
— ¡Dime! — mamá golpeó la mesa con su puño — ¡No quiero llamar a tu tía por nada!
— Mamá… — Eddy la miró con preocupación, con esa preocupación que solo los niños pequeños pueden demostrar — Maddy te dijo que no grites…
— ¡No le estoy gritando!
Mi hermano pegó un salto.
— ¡No le grites a Eddy! ¡¿Qué te sucede?!
Los ojos de mi hermano se llenaron de lágrimas.
— Oh… hijito… — mamá abrazó a mi hermano, quien sollozaba por el miedo — Calma… — me dedicó una mirada llena de enojo — Estarás feliz, Madeleine… — sentí una punzada en el estómago — Hiciste llorar a tu hermano ¿Cómo te atreves?
— ¿Yo…? — la miré con los ojos abiertos al máximo, mi hermano seguía llorando — ¡Yo no hice nada!
— ¡Deja de gritarme! ¡No seas majadera! — mamá me miró con aún más enojo — ¡Soy tu madre! ¡¿Quién trata así a su madre?!
— Ya no pelees con mamá — lloró mi hermano — Por favor, Maddy…
Me pidió mi hermano y nuevamente sentí la punzada en el estómago. No, yo no había hecho llorar a mi hermano, mamá lo hizo, fue ella quien lo hizo por culpa de ese maldito carácter que se manejaba. Sin embargo, en ese momento, siendo acusada por mi madre y con las súplicas de mi hermano al cese de mi parte, lo único que podía sentir era que mi hermano estaba llorando porque no pude evitar contestarle a mi madre. Le pedí que no me grite y eso la enfureció más, así que yo tenía la culpa de que mi hermano estuviese llorando ¿Sabes una cosa…? Existe todo tipo de maltratos y los más difíciles de tratar, prever y sanar, son los que no dejan marcas. A mis quince años no había forma alguna de que supiera que, el culparme de todo lo malo que sucedía en la vida de mi madre, era un tipo de maltrato. Yo solía esforzarme el doble o el triple, trataba de siempre ser perfecta para mi madre y ser la hija que ella tanto quería porque quería que me presumiera, que me amara. Yo no debí de vivir de esa forma, ahora lo sé, porque en mis quince años tenía tanto miedo de dar un paso en falso ¡Y se supone que la adolescencia es la etapa en la que das un millón de pasos en falso! Porque te sirve para encontrarte, saber quien eres, qué quieres y qué es lo que sueñas. Pero yo no, no lo tenía permitido.
— Perdón… — pedí, bajando la mirada — Perdóname…
— Está bien… — mamá me miró con seriedad — ¿Entonces…? ¿Podrás?
— Sí…
Acepté finalmente, derrotada, resignada.
— Bien… — mamá terminó su taza de café — Y por favor, ten la cena lista, no como la anterior vez…
— Sí mamá…
— Y deja de comer tonterías en la escuela — tomó mi rostro con una mano — Tienes una espinilla en la mejilla… — comencé a temblar — ¿Quién te va a querer si tienes espinillas en la cara? — mi mamá solía sufrir de acné, a mí no me salían nunca por más grasa que comiese, pero mamá siempre señalaba esas imperfecciones como si yo también las padeciese — Es desagradable…
— Pero me estoy limpiando con ese jabón que compraste
— Pues no funciona, quizá tu piel no es tan buena como dijo el dermatólogo…
— Maddy es muy bonita…
Soltó mi hermano de pronto, yo solo lo miré sin saber cómo reaccionar ante el alago.
— Quizá, pero mira a Ally Thompson — comenzó a decir mamá, refiriéndose a la hija de una de sus amigas — Tan delgada, risueña, sin ninguna espinilla en el rostro — dejé mi cubierto a un lado, de pronto el hambre se me había ido — ¡Y se va a casar! — exclamó — ¿Quién querría casarse con una gorda con granos como tu hermana?
— No estoy gorda…
Susurré.
— No lo digo para que te sientas mal, Maddy — no quise mirar a mi mamá, sentía que si lo hacía me largaría a llorar en ese momento — Intento incentivarte, ningún chico te va a encontrar guapa y yo quiero algún día tener nietos
— Los chicos sí me encuentran guapa
— Lo dudo, con lo rolliza que eres…
— ¡Sí lo hacen!
— Maddy…
Mi hermano me mira.
— ¡Para tu información! — me levanté de la mesa — ¡Hay un chico que dijo que le gusto!
— ¿A sí? — mamá me miró con una ceja alzada, de pronto toda la valentía que sentía se esfumó — ¿Quién?
— No lo conoces… — contesté con voz temblorosa — Es nuevo…
— ¿Nuevo?
— Sí, del equipo de soccer
— ¿Y hace deportes? — mamá suelta una risita sarcástica — Ay hija… ¿Cómo puedes ser tan estúpida?
— ¿Qué…?
— ¿Un chico del equipo de soccer se fija en ti? — mamá soltó una carcajada — Ay hija, a leguas se puede ver la treta
— ¿Treta?
— ¿Cómo se te ocurre que un chico como Riker Mallow o cualquier chico de ese equipo, pudiese fijarse en ti?
— ¿Por qué no?
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
— Maddy… — mamá soltó un suspiro — Hija, te quiero y no quiero hacerte sentir mal — esa era su típica frase antes de herirme hasta el tuétano — Pero ese tipo de chicos les gustan las chicas fáciles, las fulanas… — bajé la mirada — Y tú no eres ni lo uno ni lo otro, eres una señorita
— No creo que ellos se fijen solamente en ese tipo de personas…
— Sí, quizá, pero en ese caso es solo para… “Darles curso” — bajé la mirada — Te ven tan tímida, tan señorita de su casa y eso les atrae… — mamá quitó una pelusa de mi sweater — Pero en el fondo siempre serán los mismo vampiros chupasangre y lo único que querrá de ti es aquello más preciado para una mujer — LA VIRGINIDAD NO ES EL BIEN MÁS PRECIADO PARA UNA MUJER, el bien más preciado para una mujer es ella misma, su integridad física y mental, no una membrana entre las piernas — Y luego te botarán… así también era tu padre… y ya vez… mi madre no se equivocó con él… — mamá volvió a quitar pelusas de mi sweater — Y no te lo digo para hacerte sentir mal, algún día, quizá, alguien se fije en ti, pero dudo mucho que sea ese chico del equipo de soccer — mamá terminó su tazón de fruta — Lo más probable es que tenga una mala intención y tú no vas a permitir que se aprovechen de ti
— No…
— Ahora termina tu desayuno, se te hará tarde
— Ya no tengo hambre — mentí, lo cierto era que me quería ir de una buena vez — Mejor ya me voy
— De acuerdo hija, cuídate
— Sí…
Tomé mi mochila y salí de mi casa. Las palabras de mi madre estaban calando hondo en mí por más que no quisiera. Esta charla solo había aumentado mi inseguridad con respecto a Nate ¿Realmente le gustaba o lo único que quería era aprovecharse de mí? Ya te lo dije, para mí no tenía sentido alguno que él gustase de mí, no podía creer que le pareciera bonita si quiera, sobre todo porque él se juntaba con las más guapas del salón. Así que la única explicación “Lógica” para mí era que mi madre tenía razón y quizá todo esto era una treta. Es decir, a ella ya le había pasado, mi padre, jugador de soccer, mujeriego, que le fue infiel con su secretaria múltiples veces hasta que por fin decidió que se iría con ella. A mis quince años, realmente estaba empezando a creer que todos los chicos deportistas tenían esa característica: Ser mujeriegos y que les guste las fulanas. Ese descubrimiento hizo que mi autoestima cayera en picada. Por favor, nunca le digas a tus hijos que ninguna persona se puede fijar en ellos, basándote en su apariencia física, no sabes el daño que le puedes causar.
Llegué a mi escuela, temprano como siempre. Todo el camino le estuve dando vueltas al asunto de Nate y cuestionándome la veracidad de sus palabras. Quería creer que era verdad, que realmente le gustaba y que me encontraba bonita. Pero la conversación con mi mamá me había ampliado el panorama de posibilidades. Tal vez Nate solo estaba cumpliendo una apuesta o quizá él quería que le haga los deberes pagándome con besos y abrazos ¡No podía dejar de pensar en ello! Quería que fuera cierto, quería que de verdad Nate gustara de mí, que de verdad me encontrase bonita, pero para mí, las evidencias eran contundentes, no había forma en la que él pudiese encontrarse bonita, así que lo mejor sería que intentara dejar de buscar esos ojos verdes a la distancia. Y es tenía tanto miedo de estar envuelta en una treta de los chicos populares, de terminar siendo la burla de la escuela, que sentía que la cabeza me iba a explotar. Llegué a mi casillero, tomé mi libro de literatura y cerré la puerta.
— ¿Podemos hablar?