Capítulo 8
— ¡Ah! — pegué un grito — ¿Qué te sucede? — le miré con malos ojos — Es la segunda vez que estás a punto de causarme un infarto
— Lo siento… — Nate estaba delante de mí, con su sonrisa de lado y esos ojos verdes que me miraban fijamente — No quería causarte un infarto…
— Bien… — abraza mi libro de literatura — Eh… deberíamos ir a clases…
— ¡Espera!
— ¡No me toques!
El chico nuevo me había tomado de la muñeca y yo me había zafado con tanta violencia de su agarre, que él tuvo que dar tres pasitos hacia atrás. No es que me desagradara que me toquen, es que… nadie nunca lo hacía. Me refiero, mis padres no solían abrazarme o algo parecido, ni siquiera palmaditas en la espalda; entonces, cuando alguien lo hacía, lo sentía tan raro que me hacían estremecer, era una sensación muy incómoda. Las únicas personas que me abrazaban sin que me resultara una experiencia desagradable, eran Sabrina y Jacob. Amaba sus abrazos, eran cálidos, me hacían sentir segura, me hacían sentir “Apreciada”. Jamás creí que existiría una persona con la que me sentiría tan cómoda que le permitiría tocarme y obviamente jamás pensé que esa persona sería el chico con el que estaba hablando en este momento.
— Perdón…
Ambos nos miramos fijamente, él siempre me miraba de esa forma, y nuevamente el nerviosismo se apoderaba de mí.
— Descuida…
Respiré hondo, apretando con fuerza mi libro de inglés. Me estaba poniendo increíblemente nerviosa y trataba con todas mis fuerzas de no demostrarlo, pero supongo que estaba fracasando en el intento ¡Es que las cosas que habían sucedido hace dos noches me tenían aún confundida! Y la charla con mi madre no me había ayudado para nada. Sus palabras retumbaban con un horrendo eco que hacía que mi cabeza doliese y el estómago se me encogiese. Según mi madre, chicos como Nate solo se fijaban en fulanas y chicas fáciles, y yo no era nada de eso. Pensarás que es un “Alago” de mi madre el decir que yo era una señorita de su casa y no una fulana fácil, pero no, porque para ella, las fulanas fáciles, como Emily, tenían todas algo en común: Eran bellas… o por lo menos lo que socialmente se aceptaba como “Bellas”. Me refiero a mujeres delgadas, con piernas torneadas, cabellos largos y sedosos de color dorado o castaño, piel blanca, que se contoneaban al caminar, carismáticas, coquetas y con voz cantarina. Yo no era bajita, aún lo soy, uso gafas, mi cabello era n***o y por más que lo peinara siempre lucía desordenado, no me consideraba carismática y definitivamente no sabía coquetear. En pocas palabras, según mi madre, yo no era lo suficientemente bonita como para que un chico como Nate se fijara en mí. Con el tiempo tuve que aprender a quererme tal y como lucía, porque lo cierto es que sí me gustaba mi apariencia, solo que no lo sabía, necesité de mucha ayuda para lograrlo y es que cuando destrozan tu autoestima tanto como la mía, se te hace imposible lograrlo sola… ¿Quién diría que la persona que me ayudaría sería Nathaniel Johns?
— ¿Estás bien?
Preguntó, trayéndome de vuelta a la realidad, una donde sus ojos verdes e hipnóticos seguían fijos en mí.
— Sí…
Contesté, apartando la mirada.
— ¿Podemos hablar?
Le volví a mirar, mi corazón comenzó a latir a toda velocidad. Tenía una idea del por qué quería hablarme y la verdad es que no quería tener esa conversación, no me sentía emocionalmente preparada para ello. La verdad es que tenía miedo, no quería escucharle decir que fue un error, que se dejó llevar por el momento, el alcohol o qué se yo, sobre todo porque una parte de mí realmente quería gustarle, realmente quería pensar que había un mínimo de posibilidad de que mi madre estuviese equivocada y que a Nate realmente le gustase mi persona… realmente esperaba que mi mamá estuviese equivocada…
— Tenemos clases…
Le recordé, emprendiendo el camino al aula de clases.
— Lo sé, pero… — Nate se apresuró a mi lado — Creo que necesitamos hablar
— ¿Sobre?
Pregunté en un muy mal intento para hacerme la desentendida.
— Maddy… — volvió a tomarme de la muñeca, mis ojos se abrieron de par en par y mi cuerpo comenzó a temblar — Quiero hablar contigo sobre lo que pasó el sábado…
— Yo… yo… — balbuceé — Eh… yo… eh… — de pronto mi cerebro se había desconectado y no lograba hilar ni una sola oración — Tenemos clases…
No dije nada más, no pude, no podía ni quería hablar con él estos momentos, no sintiéndome así de vulnerable. Sentía que, si me quedaba un segundo más ahí, terminaría diciendo cualquier tontería y no estaba preparada para esa humillación. Caminé con paso apresurado al salón de clases, dejando al chico nuevo en medio del pasillo ¡Es que no podía enfrentarlo! No me sentía lista. Mi autoestima estaba por los suelos en ese momento, no quería oírle decir que fue mentira lo que me dijo, no quería que mis ilusiones fuesen pisoteadas, ya suficiente había tenido con mi madre.
Llegué al salón de literatura y me dejé caer en mi habitual asiento en la primera fila del aula. Saqué mi libro de Harry Potter y comencé a leerlo, intentando que mi rostro quedara escondido entre las páginas, encogiéndome en mi asiento lo más posible, deseando ser invisible por un par de minutos. Esa situación podía más que yo, me estaba empezando a superar y no sabía cómo salir a flote ¡Es que todo era tan raro para mí! Quizá no lo hubiera sido si no hubiese tenido a alguien que me atormentara día y noche diciendo que nunca nadie se fijaría en mí. Entiendo que mamá lo hacía con las mejores intenciones, quiero pensar que era con las mejores intenciones, pero lamentablemente su método me trajo más problemas que oportunidades. Mi autoestima estaba por suelos y una de las mayores causantes era mi madre.
— Nena… — alcé la mirada, era Jacob — ¿Por qué estás tan pálida?
— Ah… pues… es que…
Mi cerebro seguía rehusándose a querer hilar oraciones con coherencia.
— ¿Estás bien?
Jacob me miró con preocupación, asentí con la cabeza.
— Sí…
No pude decir nada más, Nate Johns entró en el aula y caminó directamente hasta mi asiento, sentándose a mi lado. Me le quedé viendo boquiabierta y Jacob tenía la misma expresión en el rostro ¡¿Qué carajos?! Los populares normalmente se sientan al fondo del salón, no adelante junto a mí y menos voluntariamente. Miré a Jacob y este me hizo un gesto de no estar entendiendo nada. Nate no me dirigió la palabra y tampoco una mirada, solo sacó su libro de literatura de su mochila y estiró sus musculosos brazos de deportista. Él era tan atractivo, era imposible no mirar a un chico tan guapo como él mientras estiraba sus músculos. Así que cuando me dedicó una mirada de reojo y una ligera sonrisa de lado, me di cuenta de que me le había quedado viendo por varios segundos.
— Buenos días mis pupilos…
Todos nos levantamos de nuestros asientos.
— Buenos días profesora
Saludamos, volviendo a sentarnos.
— Les dejé dos tareas la semana pasada ¿Cierto? — la profesora Úrsula me miró — ¿Maddy?
— Sí… — contesté, sacando mi carpeta rosada de mi mochila — Y una asignatura extra si queríamos créditos extras
— E hiciste ambos… — la profesora me sonrió — Bien hecho Maddy, siempre buscando la excelencia — sonreí, sintiendo que mis mejillas se sonrojaban — A ver, los demás, pásenme sus trabajos
— La asignatura extra era hacer toda una monografía sobre los Cantares de Gesta… — susurró Nate, entregando su trabajo — Era mucho trabajo…
— Eh… lo sé… — asentí con la cabeza, sosteniéndole la mirada — Es que quería los créditos extra…
— Que bien, me gusta que seas tan aplicada
Y entonces hizo algo, un gesto que repetiría por los siguientes meses, uno que jamás pensé que me llegaría a gustar tanto. Posó su mano encima de mi cabeza y acarició mis cabellos como si fuese un perro o una clase de mascota. Me estremecí y me alejé de él, el chico nuevo solo soltó una ligera risita, eso no ayudó a que me calmase. Fruncí el entrecejo, quería que ese chico me dejase en paz. El perfecto recuerdo que tenía de la noche del sábado había quedado manchado, ya no lo podía recordar con satisfacción, sino como un muy incómodo momento en el cual Nate y yo nos besamos. A mis quince años, lamentablemente, no podía evitar darle la razón a mi madre y creer que el chico nuevo solo quería jugar conmigo, de lo contrario no se reiría.
— Al parecer, solo la señorita Tucker entregó la asignatura extra — la profesora negó con la cabeza — Es una lástima, todos deberían de intentar copiar a su compañera, no por nada es la mejor alumna de la escuela y apenas está en noveno grado
— Que lame culos…
Escuché que susurraban a mis espaldas.
— Mírenme, soy la más inteligente del salón…
Susurraban otros.
— Cómo me irrita lo falsa que es…
Bajé la mirada, no quería seguir escuchando esas voces, pero lamentablemente tenía oídos.
— Basta — ordenó la profesora — En vez de intentar ridiculizar a su compañera por creer que es más inteligente que ustedes, deberían de esforzarse más como hace ella…
— ¿Estás bien?
Preguntó Nate, pero un brazo me rodeó al instante.
— No les hagas caso nena — susurró Jacob, su gesto me hacía sentir a salvo — Todos son unos envidiosos…
— Sí…
Es lo único que dije, viendo como el chico nuevo se cruzaba de brazos y esbozaba una expresión de seriedad.
La hora del almuerzo llegó y lo único que esperaba era que mi día mejorase. Había sido totalmente raro lo que ocurrió en la mañana. La forma en la que Nate se me acercó, que se sentara a mi lado, que me acariciara la cabeza como un perrito, que quisiera hablar conmigo sobre lo ocurrido el sábado pasado ¡Todo estaba haciendo estragos en mí! ¿Por qué me tenía que pasar esto? Yo era feliz siendo la súper nerd de Madeleine Tucker, nunca creí que me vería en la mira de algún reflector y eso me hacía sentir incómoda. Pero Nate causaba todo eso en mí, me hacía sentir incómoda, nerviosa, con ganas de largarme a llorar y el doble de ganas de querer lanzarme a sus brazos para que me vuelva a besar. No quería confesarlo en voz alta porque me daba mucha vergüenza, pero la verdad es que quería volver a besarle.
— Y entonces, el chico puso cara de querer asesinarme
Jacob reía al igual que Sabrina, pasando su brazo por mis hombros.
— Eso no es cierto…
Fulminé con la mirada a mi amigo, este solo me apapachó más.
— Claro que sí, reina, claro que sí…
— No puedo creer que Nathaniel Johns, el chico nuevo que está conquistando la escuela con solo quince años… — comenzó a decir Sabrina, comiendo una patata frita — Se ponga celoso de Jacob
— Yo tampoco — rio el aludido — Las considero casi tan sexys como yo, pero no son mi tipo
Comenzamos a reír los tres.
— ¿Por qué tienes esa cara?
Preguntó Sabrina, mirándome como si fuese una madre preocupada por su hija, Sabrina solía tomar ese rol en mi vida, el de una hermana mayor o una madre ¡Y yo era mayor que ella!
— ¿Cuál cara?
— Tu cara de “No puedo creer nada de lo que me está ocurriendo porque mi madre me repite todo el tiempo que soy Betty la fea y por lo tanto ningún chico se podrá fijar en mí a menos que hayan apostado mil baros por mi trasero”
— No estoy poniendo esa cara…
Jugueteé con mi comida, era pollo frito con patatas.
— Maddy… — Jacob tomó la palabra — Nena, te lo diré de la mejor forma que pueda — sonreí, sabía lo que vendría en este momento — Deja de escuchar lo que la bruja de tu madre te dice…
— Sí… — miré a mi amiga — ¡Por Dios, Maddy! — exclamó — Eres preciosa, inteligente, amable… ¡Cualquiera querría salir contigo!
— Eso no es cierto…
— ¿Por qué no nos crees?
Miré a Jacob, este se veía serio de pronto.
— No es que no les crea, es que…
— Maddy… — mi amiga me tomó de la mano — ¿Ves al chico de allá? — señaló con disimulo hacia la mesa de los populares — El de los ojos verdes y cabello ondulado… — no quería alzar la mirada, no quería encontrarme con su mirada — Pues él te dijo que le gustabas y desde hace cinco minutos que no deja de mirarte…
Alcé la mirada, me arrepentí al instante. Nate me miraba fijamente y en el instante en que nuestras miradas se juntaron, esbozó una pequeña sonrisa que hizo que mi estómago se revolviese. Todo esto me parecía un cuento, una telenovela de romance juvenil, no me parecía real ¡Todo se sentía tan irreal para mí! ¿Realmente le gustaba a Nate? ¿Realmente era posible que le gustara a Nate? Mi madre decía que era imposible, pero mis amigos decían que era real. No sabía qué pensar, no sabía qué sentir ¡No sabía qué hacer! Me sentía muy asustada…
— La campana ya va a sonar, tengo biología…
— Maddy…
Sabrina me dedicó una mirada de preocupación.
— Apenas y has comido
Señaló Jacob.
— Se me fue el hambre…
Mentí, moría de hambre, pero era comida frita y no quería verme tentada a terminarme hasta el último bocado. Tomé mi bandeja y me levanté de la mesa, ya no quería seguir hablando acerca de Nathaniel Johns y de la posibilidad de que realmente le gustase, solo quería ir al laboratorio de biología a esperar a que la clase comenzara.
Salí de la cafetería y comencé a caminar por los pasillos de la escuela. Mi corazón no dejaba de latir a toda velocidad, sentía que la respiración se me dificultaba, las manos me temblaban y los ojos se me llenaban de lágrimas. Ya en mi adultez supe que esas eran señales de que estaba sufriendo un ataque de ansiedad. En mi adolescencia, era muy frecuenta que tuviese estos episodios de temblores y llanto con taquicardia, pero no tenía idea de que eran ataques de ansiedad. Toda la presión que me hacían sostener, todo el maltrato psicológico al que me sometían, estaba empezando a hacer estragos en mí a muy temprana edad y no había quien me ayudase. Así que ahí estaba yo, en medio del pasillo a unos cuantos metros del laboratorio de biología, asustada, creyendo que me iba a dar un infarto o algo por el estilo. Me recosté contra una pared, intentando respirar con normalidad, presionando la mano contra mi pecho e intentando con todas mis fuerzas no derramar ni una sola lágrima porque estaba en la escuela y no quería que nadie me viera llorar.
— ¡Maddy! — de repente unos brazos me sostenían — ¡¿Estás bien?!
— Su… suéltame… — pedí, pero el chico nuevo me ignoró — Por favor… — la voz se me quebró — Aléjate de mí…
— ¿Por qué…?
— Porque…
Sus ojos verdes me miraban con confusión, los míos estaban llenos de vergüenza, me sentía vulnerable y estúpida en esos momentos. Lo que más quería era estar sola, que nadie me mirase y poder llorar tranquila. Pero Nate no me soltó, me atrajo a su cuerpo y me envolvió en un fuerte abrazo. Cerré los ojos y recosté la cabeza en su pecho, intentando respirar con lentitud, relajarme, el olor de su colonia ayudaba mucho a ese propósito.
— Lo que sientes es atemorizante, pero no es peligroso…
Recuerdo con exactitud esas palabras, la forma en la que apretó el abrazo a mi alrededor y como mis lágrimas por fin se desbordaron de mis ojos y rodaron cuesta abajo por mis mejillas. Los temblores de mi cuerpo comenzaron a disminuir, mi corazón dejó de golpetear mi pecho de forma violenta y lentamente me fui sintiendo más relajada. No podía creerlo, usualmente cuando me pasaba este tipo de cosas, me forzaba a mí misma a caminar a mi siguiente clase e intentaba concentrarme en otra cosa, a veces hacer eso empeoraba las cosas. Si estaba en casa, lo normal era que me recostara en la cama y me envolviera con las sábanas hasta calmarme. Jamás me había sucedido este tipo de episodios en frente de mis amigos, así que jamás se vieron en la necesidad de hacer algo por mí. Había tenido varios episodios de estos delante de mis padres, pero papá solía restarle importancia a lo que estaba sintiendo y mi mamá solía huir aludiendo a que quería estar “Tranquila”. Jamás nadie había hecho este tipo de cosas, abrazarme hasta tranquilizarme, era la primera vez que alguien hacía ese tipo de cosas por mí y se lo agradecía…
— Gracias… — alcé el rostro, sus ojos verdes me miraban fijamente como siempre — Gracias…
— ¿Ya te sientes mejor?
— Sí… — asentí con la cabeza — Ya… ya me puedes soltar…
— No… — volvió a abrazarme — Tienes que relajar tu sistema nervioso simpático, solo así disminuirá tu ritmo cardiaco y tu tono muscular — parpadeé varias veces, no le había entendido ni una sola palabra — Te tranquilizarás… — explicó, soltando una risita — ¿Siempre te pasa este tipo de cosas?
— No quiero contestarte…
Susurré, volviendo a cerrar los ojos y apoyando el rostro en su pecho, realmente me estaba sintiendo relajada.
— Ya veo… — empezó a acariciar mi espalda — Entonces es frecuente… — no dije ni hice ningún movimiento, no quería que pensara que estaba loca o que tenía alguna enfermedad — ¿Pasó algo con tus amigos?
— No… — contesté, sintiendo como el corazón comenzaba a palpitarme con fuerza de nuevo — No quiero hablar de ello…
— Maddy…
— No quiero hablar…
— No iba a hablar… — tomó mi barbilla con una mano — Respira hondo… — me pidió, deslizando sus manos por mis brazos hasta tomar mis manos, comencé a temblar aún más — ¿Por qué no te relajas?
— Porque me pones nerviosa… — confesé, alejándome un paso de él — Estaba pensando en ti cuando empecé a temblar y creo que por fin me vas a causar un infarto…
— Maddy…
Se veía preocupado.
— Ya déjame en paz, Nate… — supliqué, mis ojos nuevamente se llenaron de lágrimas — Por favor…
— Pero…
— Estamos haciendo un espectáculo en el pasillo
Apreté y solté mis puños unas cuantas veces, de pronto me había dado cuenta de que había personas a nuestro alrededor, una docena al menos, una docena de persona acababa de presenciar cómo me abrazaba con el popular y guapo chico nuevo y los murmullos se alzaban a mi alrededor ¿Eran burlas? ¿Hablaban de mí? ¿Se burlaban de mí por caer tan inocentemente en las redes de un chico popular? Miles de preguntas se acumulaban en mi cabeza, haciéndome temblar de nuevo y no era para nada agradable esa sensación.
— Maddy… — dio un paso hacia mí — ¿Por qué te pongo nerviosa…? — susurró— Dime…
— Ya basta… — supliqué, sin poder moverme, sus ojos verdes me tenían hipnotizada nuevamente — No sigas o te golpearé…
— ¿Quieres golpearme?
Nos miramos fijamente, mi respiración se estaba normalizando.
— Lo haré si no me dejas en paz…
— No te estoy haciendo nada…
— Sí lo hace, sabes perfectamente lo que estás haciendo
— No sé a qué te refieres…
— ¡Claro que sí! — sentí una horrenda sensación de vacío en el estómago — ¿O es que acaso solo estás jugando conmigo?
— Maddy…
— Primero me acosas con miradas, luego me besas… — le miré con lágrimas en los ojos — ¿Y ahora me dices que no estás haciendo nada?
— No estoy jugando contigo… lo juro…
— ¿Cómo creerte?
— ¿Por qué no habrías de creerme?
— Porque no tiene sentido
Mordí con fuerza mi labio inferior en un intento por evitar sollozar y largarme a llorar.
— ¿Qué no tiene sentido?
— Nate… — no sabía quién estaba más confundido, o él o yo — Ni siquiera somos amigos… ¿Cómo puedes esperar a que crea que te gusto, si ni siquiera eres mi amigo, si ni siquiera me conoces?
— ¿Y existe algún impedimento para que sea tu amigo y te quiera conocer?
— ¿Por qué querrías hacerlo?
— ¿Por qué no querría hacerlo, Maddy?
— Porque… — no tenía un por qué, no existía ninguna razón real, solo las que estaban en mi mente y éstas estaban ahí porque me las habían metido a la fuerza — Porque… — el timbre que daba fin al almuerzo comenzó a sonar — Yo…
— ¿Podemos hablar cuando estés más calmada? — preguntó — Por favor…
— Yo…
— Después de clases, por favor — insistió — Espérame después de la práctica de soccer, por favor…
— No puedo…
Bajé la mirada, maldiciendo a mi madre por dentro.
— ¿Por qué?
— Tengo que cuidar a mi hermano después de clases — contesté — Tengo que volver a casa lo más pronto posible cuando las clases terminen
— Te llevo a tu casa, no te preocupes
— Mi madre me controla la hora…
Confesé con vergüenza, el chico nuevo me miró sorprendido.
— Ya veo… — miré a un lado, de pronto me sentía avergonzada — Bueno… espero que podamos hablar pronto…
— Lo siento…
— Descuida… — y entonces volvió a hacer ese gesto de acariciarme la cabeza como si fuese un perrito — Después de todo, tenemos un proyecto de biología que hacer y ahí sí tendremos mucho tiempo para poder hablar…
— ¿Eh…?
El chico nuevo no me dijo nada más, solo me sonrió y se alejó, entrando en el laboratorio de biología. Había olvidado completamente que teníamos un proyecto de biología juntos. Eso significaba que iba a tener que pasar algún tiempo con el chico nuevo para realizarlo ¡Recuerda que era dos mil diez! No existían muchas de las aplicaciones para hacer videoconferencias como ahora ¡En esa época aún teníamos que reunirnos en vivo y en directo! Y a mis quince años, eso hacía que me sintiera muy nerviosa, demasiado, sí… pero… también… muy emocionada.