Capítulo 4
— Siéntate derecha
Ordenó mi madre, obedecí al instante.
— Recuerda que hoy tengo que quedarme una hora con los que necesitan nivelarse en química
— Por supuesto que lo recuerdo — mamá le dio un sorbo a su café — Mi linda hija le enseña química al tonto hijo de Sarah Lauren — soltó una risita — Deberías de ofrecerte como tutora para tu curso de francés — me dedicó una mirada aguda, no soportaba esa mirada en la mañana así que mejor miré mi tazón de avena — Te darían más créditos
— Creo que ya tengo suficientes créditos extra
— Bueno, unos cuantos más no te vendrían mal — la miré a los ojos — El hijo de Laura Jacobs está en Harvard y el de Nancy Yu está en Yale, tú jamás llegarás a Harvard ni a la esquina — mi estómago se revolvió al escuchar sus palabras — A menos que hagas todo lo necesario para lograr tu objetivo
— Sí mamá…
— Estoy poniendo todas mis esperanzas en ti, Madeleine, no me decepciones
— No mamá, no te decepcionaré
— Bien… ahora come rápido que debes de ir a la escuela
— ¿Puedo comer panqueques?
— No, tú come fruta — ordenó — Vas a engordar y las personas te van a encontrar fea y ningún chico va a querer salir contigo
— Sí mamá…
Contesté, tomando mi cuchara y llevándome a la boca un buen trozo de fruta picada. Mamá solía decir que compararme con los hijos de otras personas era su forma de alentarme a ser mejor, lo cierto es que ocurría exactamente lo contrario. Cada vez que mi madre mencionaba que el hijo de una amiga había sacado sobre salientes en todas sus materias, mientras yo ponía todo mi esfuerzo en mantener mi promedio alto con cursos tan avanzados que apenas entendía, hacia que me sintiera inútil e incapaz. Ella no lograba entender que sus palabras hacían que mi espíritu se muriera de a pocos, no veía el daño que me hacía y a los quince… era más fácil darle el puñal a tener que defenderme…
Terminé mi fruta, cogí mi mochila y me despedí de mi madre. Era temprano, muy temprano, pero no quería seguir en casa así que la mejor y única solución era irme de una buena vez a la escuela. Tal como te dije en el anterior capítulo, me encantaba caminar esa media hora, podía sumirme en mis pensamientos y cantar mentalmente. En ese momento estaba cantando “Wannabe” de las Spice Girls, podrán pasar los años, pero esa seguirá siendo una de mis canciones favoritas en este planeta. Iba imaginándome a mí misma, cantando una de las canciones de Wicked, luego me transformé en Gabriela Montés, cantando su solo e imaginándome a mí misma en un escenario. Solía, con demasiada frecuencia, imaginarme sobre un escenario, usando un hermoso vestuario, con mi nombre en alguna marquesina, siendo la protagonista de alguna obra y recibiendo sonriente los aplausos. En la secundaria había participado en una que otra obra, siempre como extra y solo una vez pude ser la protagonista. Hicimos Blanca Nieves en mi último año, fue uno de los mejores momentos de mi vida ¡Fue mi momento! Con mi disfraz azul y amarillo, sonriéndole a mi mamá y a mi hermano, pero lamentablemente todo se ensombreció. Mi padre no logró llegar a mi obra, luego nos enteramos dónde había estado y mi magnífico día acabó en desastre…
Llegué a la escuela, mi bicicleta tuvo que pasar el fin de semana encadenada en el estacionamiento, me alegraba que no se la hubiesen robado ¡Pero había recordado traer la llave! Así que me regresaría en bicicleta después de dar mi tutoría de química. Subí las escaleras, aún quedaba mucho tiempo hasta mi primera clase, así que decidí ir a uno de mis lugares favoritos en toda la escuela: El vivero. El club de jardinería tenía un espacio de la azotea llena de flores y plantas de todos los tamaños, me encantaba. Cuando llegaba extremadamente temprano a la escuela, me daba el lujo de poder pasar un par de minutos en ese lugar, era súper relajante, además había traído mi libro de “Un amor para recordar” y tenía muchos deseos de leer al menos un capítulo.
Ya en la azotea, caminé hacia el vivero y me topé con la puerta cerrada. Fruncí el entrecejo y miré a todos lados. Gracias a la profesora Irina, sabía que siempre guardaban una llave en la maseta que colgaba en la entrada. Solté un bufido, era uno de esos momentos en los que detestaba ser tan bajita porque me las iba a tener que ingeniar para tomar la dichosa llave. A un lado del vivero había unas tablas y baldes, era totalmente inseguro y probablemente me rompería un hueso ¡Pero según yo iba a valer la pena! Aún faltaba media hora para que las clases comenzaran y era tiempo más que suficiente para poder disfrutar de mi libro en paz y tranquilidad rodeada de plantitas.
— ¡Sí!
Encontré la llave, ahora solo quedaba bajar ilesa de ese andamio improvisado.
— Hola…
— ¡Ah! — grité, el chico nuevo estaba parado delante de mí — ¿Qué te sucede…? — le fulminé con la mirada — Casi me causas un infarto
— Lo siento…
— Ah… carajo…
Me tambaleé.
— Déjame ayudarte…
El chico nuevo llevó sus manos a mi cintura.
— No me toques
Se detuvo al instante, ambos nos miramos fijamente, él tenía una mirada algo confusa, quizá mi reacción había sido descortés, no sé qué cruzaba por su mente en ese momento.
— Lo siento…
— No te preocupes…
Posé mis manos en sus hombros y lentamente bajé del andamio improvisado.
— Y también lamento casi haberte causado un infarto
No pude evitar soltar una risita, me había dado gracia lo que acababa de decir.
— Descuida… ¿Qué haces aquí?
— Llegué muy temprano y empecé a explorar la escuela… — tomó mis manos y las alejó de su cuerpo, no me había dado cuenta de que aún le estaba tocando — Y entonces te vi…
— Oh… — miré hacia el vivero, no podía seguir viéndolo, su mirada era demasiado intensa — Bueno… yo… yo quería entrar en el vivero, pero… — le volví a mirar — Estaba cerrado
— Ah…
El estómago se me revolvió ¡No entendía por qué este sujeto me estaba hablando! ¡No entendía por qué este sujeto de pronto quiso venir a saludarme! Y su presencia me estaba poniendo nerviosa, tal como sucedió el sábado.
— Sí… — nos volvimos a mirar — Este… bueno… — miré mis lustrosos zapatos, los de él no brillaban — ¿Qué clase tienes?
— Literatura
— ¿En serio?
Le miré sorprendida.
— Con… — sacó su horario — La profesora Úrsula
— ¿Llevas la clase de Literatura de Honor?
No pude evitar sonar sorprendida, normalmente los chicos que hacían deporte no asistían a clases de honor o avanzadas.
— Sí… — me miró con una ceja alzada — ¿Qué crees? ¿Qué por jugar soccer no soy inteligente?
— Nunca dije eso…
— Pero lo pensaste
— ¿Cómo puedes saber lo que pensé?
— Es que soy psíquico
Volví a reír.
— Claro… ¿Y en qué estoy pensando en estos momentos?
— Ummm… — me miró fijamente — No puedes creer que sea inteligente y haga deportes
— Error, estaba pensando en un pony volador
El chico nuevo comenzó a reír, le seguí sin poder contenerme.
— ¿También tienes Literatura con la profesora Úrsula?
— Sí, en el aula trescientos cuatro
— Ahí mismo
— Deberíamos ir ya — miro mi reloj — Quizá pueda leer algo antes de que comience la clase…
— De acuerdo…
— ¡Oh! Espera… — regresé hacia la puerta del vivero — Debería de poner esto en su sitio
— Yo lo hago…
— ¡Ah!
¿Alguna vez te ha pasado que, al tocar a alguien, sientes electricidad? En ese momento me sucedió y él también lo había podido sentir, porque las llaves terminaron cayendo al suelo. Sus ojos verdes estaban fijos en mí, mi estómago se revolvía mil y una vez, eso había sido extraño, pero para nada desagradable… ¿Quién diría que en un par de meses nuestra piel se rozaría de todas las formas posibles?
— Listo… — el chico nuevo colocó la llave en su sitio — ¿Vamos?
— Sí…
Abracé mi libro, no quería volver a tocarle.
— ¿Y cómo está tu hermano?
Preguntó de pronto, nuevamente el estómago se me revolvió ¿Por qué me hablaba? ¡Me estaba poniendo nerviosa! Sonará cliché lo que voy a decir, pero es que chicos como él no hablaban con chicas como yo, así que para mí no tenía ni un sentido que este guapo y bronceado espécimen quisiera hablarme.
— Bien…
Contesté al fin, bajando por las escaleras a su lado.
— Le gusta el soccer
— Le gusta cualquier deporte… — intenté sonreír, pero lo único que logré fue abrazar aún más mi libro — Él debería de hacer deportes, pero a los cinco años tuvo una crisis muy grave y desde entonces mamá le prohibió hacer cualquier cosa… — cerré mis ojos, avergonzada — Lo siento, no debería de contarte estas cosas
— No, está bien — nos detuvimos en el pasillo — ¿Puedo preguntar qué es lo que tiene?
— Fibrosis… — contesté, él asintió con la cabeza — Eh… — respiré hondo, no podía con esto — ¿Por qué me hablas?
— ¿Qué…?
El chico nuevo me miró con confusión.
— Sí… ¿Por qué me hablas?
Retomamos nuestro camino, en verdad quería alejarme de ese lugar.
— ¿Por qué no habría de hablarte?
Nos volvimos a detener ¿Qué se supone que debía de decirle? Porque, pese a lo que yo podía pensar, realmente no existía ninguna razón por la que no pudiésemos hablar. Abracé de nuevo mi libro y miré mis zapatos, me estaba poniendo realmente nerviosa y no quería contestarle.
— Pues… pues…
Y lo peor es que no podía dejar de balbucear.
— ¿Estás bien…?
— Sí, solo que estoy nerviosa…
Contesté, mirándole a los ojos.
— ¿Por qué estás nerviosa?
— Me pones nerviosa…
Confesé sin poder contenerme, él solo me miró con sorpresa. No dije nada más, no pude, la vergüenza me estaba matando, así que hui de la escena ¡Acababa de decirle a un chico que me ponía nerviosa! ¡Había sido vergonzoso! Quería que la tierra se abriera y me tragara entera, no podía con esto ¡No sabía cómo lidiar con esto! Es que jamás me había sentido así frente a alguien. Conocía chicos, tenía amigos hombres ¡A Riker le podía hablar sin ningún problema! No entendía por qué Nate Johns me ponía tan nerviosa.
Entré en el aula, me senté en mi habitual pupitre delante de la clase, abrí mi libro y comencé a leerlo. Noté como el chico nuevo entraba en el aula, pero se sentó varios asientos lejos de mí. El aula se fue llenando, todos tomaron asiento y continuaban con sus chácharas. En esos momentos deseaba no tener clases de honor o avanzadas, mis amigas las veía solo en los electivos, así que mi única compañía sería mi libro de Nicholas Sparks.
— ¡Nate! — levanté las orejas, era Lucy Fallon, sentándose al lado del chico nuevo — El fin de semana estuvo genial, hay que repetirlo
— Sí…
Respiré hondo y regresé mi vista a mi libro. Chicos como Nate Johns se juntaban con chicas como Lucy Fallon, es decir, chicas hermosas que se maquillan, son carismáticas, atractivas, con las uñas bien arregladas y coquetas. No debía de importarme, ni siquiera éramos amigos, pero no podía evitar sentirme algo rara. Quería ser una de esas chicas que se maquillan, son carismáticas, las personas creen que son atractivas, con las uñas bien arregladas y coqueta… en serio quería ser así…
— Maddy
Alcé la mirada.
— Jacob
Sonreí, había olvidado que sí tenía un amigo en esta aula.
— ¿Nuevo libro?
— Ya sabes, siempre tengo que tener un libro conmigo o moriré del aburrimiento
— El sábado compré un libro de una autora desconocida, Mily Wu
— ¿Y qué tal?
— Me está fascinando — contestó, solté una risita — Ya me falta un par de capítulos para terminarlo, no sé qué será de mi vida cuando lo termine — se acomodó las mangas del uniforme — Es este… — me mostró su teléfono — Es muy interesante
— Tendré que ir a buscarlo a la librería
— Sí, hazlo — pasó su brazo por mis hombros, él siempre hacía eso y era de las pocas personas que no me incomodaba que me tocaran — Te acompaño y luego vamos por unas hamburguesas
— Sí… — sonreí con entusiasmo — Y le podemos decir a Sabrina que nos dé el alcance y vemos una película
— Queda…
— Buenos días jóvenes
La profesora entró, todos nos levantamos de nuestros asientos.
— Buenos días profesora
Saludamos todos, luego volvimos a sentarnos. Me di media vuelta para guardar mi libro en mi mochila y sacar mi cartuchera, pero mis ojos se toparon con un par de color verde. Nate apartó la mirada y le susurró algo a Lucy Fallon, haciéndola reír. Me acomodé en mi asiento y fijé la mirada en el pizarrón. Si alguien me hubiese dicho en ese momento que debía de ser paciente y no molestarme de forma irracional porque en un par de meses sería yo quien se sentaría a su lado y reiría… definitivamente le hubiera dicho que estaba loco y que era imposible. A mis quince años, lo único que podía pensar era que un chico como Nate Johns jamás se fijaría en una chica como yo.
La hora del almuerzo es ese momento en donde toda la población estudiantil se divide en nichos ¿Has visto esa película de Lindsay Lohan, “Chicas Pesadas”? Pues la hora del almuerzo es exactamente como la muestran en esa película. Hay una mesa para cada grupo: Los amantes de las historietas, los de la banda, los góticos, los del club de robótica, las chicas religiosas, los nerds y la mesa de los populares. Por alguna razón, mi mesa, la de los nerds, siempre estaba a pocas mesas de ellos, quizá porque en más de una ocasión algún m*****o de esa selecta mesa, debía de venir a nosotros por ayuda. La mesa la llenaban Riker, alguno de los miembros de su equipo de soccer, Ariadna Wagner, Lucy Fallon, otras porristas y su nueva adquisición, el chico nuevo. Era una mesa muy ruidosa, llena de carcajadas, abrazos, manoseos y planes de fiestas, siempre quise sentarme ahí ¡Todo el mundo quería sentarse ahí y reír un poco! Pero, a pesar de que la distancia era corta, sabía que había un abismo en medio… o eso creía…
— Que guapo es Riker…
Susurró Sabrina, jugueteando con su espagueti.
— Amiga, tienes tantas posibilidades de salir con él como yo de ser miss Universo
Bromeó Jacob, todos reímos.
— Además de que no eres capaz de hablarle desde aquella vez en séptimo grado
Le recordé, Sabrina me lanzó un fideo, volvimos a reír.
— No es mi culpa, había comido dos tajadas de pizza y luego me había subido a la Montaña Rusa — se cruzó de brazos — Es normal que vomitara…
— Sí, en su playera
Reí, nuevamente me lanzó un fideo.
— ¿Y qué me dices tú, nena? — preguntó Jacob, volviendo a pasar su brazo por mis hombros — ¿Te gusta un chico del equipo de soccer?
— ¿A mí?
— Sí, a ti
— No, para nada…
— Ummm… — apretó su abrazo, luego soltó una risita — Pensé que sí
— ¿Por qué?
Pregunté con una ceja alzada.
— Porque dicen que te vieron con el chico nuevo, bajando del vivero
— ¿Qué…? — Sabrina me lanzó una mirada pícara — ¿Por qué no me contaste nada?
— No hay nada qué contar, solo nos topamos por ahí
— ¿En serio? — Jacob posó sus labios en mi frente, volvió a reír — ¿Entonces por qué está mirándote desde hace diez minutos?
— ¿Qué?
Alcé la mirada, era verdad, el chico nuevo estaba mirando en nuestra dirección. Me estremecí, sin apartar los ojos de él ¿Por qué lo hacía? No tenía sentido. Tenía a Ariadna Wagner y Lucy Fallon, las dos chicas más guapas del noveno grado, pero él miraba hacia mi mesa ¿Por qué lo hacía? El chico nuevo sonrió ligeramente ¿Me estaba sonriendo? ¿A mí? Le devolví el gesto…
— Eh… ¡Nate!
Riker le dio un golpecito en el pecho, haciendo que la conexión se rompiese. El rubio miró en mi dirección y luego al chico nuevo. Aparté la mirada al instante ¡Eso había sido extraño! ¡Muy extraño! Jamás me había pasado algo así y me había dejado una extraña sensación en el estómago. Oí a mis amigos reír y eso me trajo de regreso a la realidad, mis mejillas se encendieron y lo único que atiné a hacer fue darle una cucharada a mi gelatina.
La hora del almuerzo terminó y corrí hacia el laboratorio de biología. Llevaba cuatro clases de honor, cuatro exigentes clases de honor que me tenían muy estresada y apenas era la segunda semana de clases. No quería llevar tantas clases avanzadas, pero según mi madre se vería bien en mi historial así que acepté, me gustaba verla orgullosa de mí. Pero lo cierto es que era muy difícil, no entendía la clase de Geometría y no me gustaba la de Biología. Disfrutaba la clase de Historia y la de Literatura, pero de todas formas eran demasiado exigentes y los deberes me mataban. Debía de pasar horas memorizando libros y durmiéndome en el escritorio para poder cumplir con todo, pero al menos mi mamá estaba feliz…
— Hola…
Pegué un salto, el chico nuevo estaba sentando a mi lado.
— Ah… eh… — por algún motivo me ponía a balbucear con él cerca — ¿Llevas esta clase?
— Creo que eso es obvio — soltó una risita y yo me golpeé mentalmente en la frente, lo que acababa de decir fue estúpido — ¿Sigues nerviosa?
— ¿Qué…?
— Dijiste que te pongo nerviosa
Aparté la mirada al instante, sintiendo como mis mejillas volvían a sonrojarse ¡Eso era demasiado! Y lo único que quería hacer era huir o que inicie el apocalipsis zombi para morir de forma rápida.
— Ah… sí…
El chico volvió a reír.
— ¿Y por qué te pongo nerviosa?
— No lo sé, no me preguntes… — por enésima vez, delante de este chico, el estómago se me revolvió — Ya basta
— ¿Con qué?
— Con esto — señalo — Lo estás haciendo a propósito
— No sé a qué te refieres — le fulminé con la mirada, él solo soltó una pequeña risita — Eres graciosa
— Ah…
El chico volvió a reír, haciéndome sentir cada vez más incómoda ¿Se estaba burlando de mí? ¿Por qué seguía hablándome? No lo lograba entender ¿Por qué de pronto me veía involucrada con este sujeto? Era desesperante, no me agradaba la situación, hacía que quisiera salir corriendo para lanzarme de la azotea. Lastimosamente teníamos clases y debía de resistir esas horas a su lado.
La clase terminó, nos habían dejado un proyecto en pareja y para mi mala suerte me tocó con el chico nuevo ¡No solo tenía que compartir clases con este sujeto! ¡También tendría que hacer un proyecto con él! ¿Qué podría ser peor? Seguí con ese pensamiento caminando hacia mi siguiente clase, no fue hasta que vi que él estaba a escasos metros de mí, caminando en la misma dirección, que recordé que teníamos la misma clase: Drama. Maldije para mis adentros, en verdad quería que el universo dejase de confabular en mi contra y alejase a ese sujeto de mí.
Llegué a mi aula, Nate entró detrás de mí y se sentó muy lejos. Eso realmente me consternaba al punto de hacerme tener mini ataques de ansiedad ¿Por qué me miraba fijamente, se me acercaba a hablar de la nada, me sonreía… si después iba a querer estar lejos de mí? ¡No lo entendía! Me hacía sentir un tanto estúpida y confundida. Mi mente divagaba en la posibilidad de quizá ser amigos, de que quizá quiera acercarse a mí con alguna buena intención, o acercarse a mí con alguna mala intención, pero luego hacía cosas como sentarse lo más lejos posible de mí y hablar con las chicas populares y esas ideas se iban de mi mente. Tal vez el chico nuevo no tenía ningún interés en mí, quizá no quería ser mi amigo, solo era una persona que él conocía y por eso hablaba conmigo. En tres días había podido conocer a todos los chicos populares, todas las chicas populares, yo solo debía de ser una más de la larga lista de personas que debió de haber conocido en esos primeros días de clases. Ese pensamiento, por alguna razón, me afligía.
— Buenas tardes mis jóvenes pupilos…
— Buenas tardes profesor Hoffman
Saludamos todos para luego volver a nuestros asientos.
— Bien, continuaremos con Romeo y Julieta — el profesor paseó la mirada por el aula — Tucker, Johns, al frente
Miré a Maggy, quien me alzaba los pulgares con alegría, ella sabía que siempre había querido protagonizar una obra como esta ¡Pero no quería hacerlo al lado de Nathaniel Johns! Ya no pienso seguir repitiendo cuán nerviosa me ponía ese sujeto, creo que ya te quedó muy en claro que él realmente me hacía sentir nerviosa y hacía que balbuceara y dijera incongruencias. Renegando en mi cabeza, tomé mi libro y caminé al centro de la clase, Nate ya estaba ahí, mirándome fijamente con esos ojos verdes. Mi corazón comenzó a martillear a toda velocidad, respiré hondo y miré hacia mis zapatos, no podía sostenerle mucho tiempo la mirada. El profesor comenzó a darnos unas cuantas indicaciones y entonces comenzamos a leer la escena.
— Si con mi mano indigna te he profanado… — comenzó a leer, nuevamente cambiando las palabras del diálogo — Entonces con mis labios podré suavizar el contacto
— No te reproches… — también cambié las palabras del diálogo — Has juntado tus manos con mis manos vírgenes — alcé la mirada, sus ojos verdes estaban posados sobre mí — Entonces, se podría decir, que nuestras manos se han besado…
— Pero nuestras manos no tienen labios…
Me estremecí por dentro, me estaba poniendo nerviosa por enésima vez en su presencia. Al instante apareció en mi mente la imagen de nosotros dos en el vivero, él delante de mí sosteniéndome por la cintura, sus ojos verdes fijos en mí, y esa…
— Pero sí se electrocutan…
Me quedé callada al instante, sintiendo la sangre calentar mi rostro, el chico nuevo solo sonrió, él sabía a lo que me había referido.
— Entonces, bella dama… — se me acercó, mucho y mi corazón comenzó a latir a toda velocidad — No quiero tocar sus manos… — dio un paso más hacia mí — Le suplico por un beso…
— Estoy temblando demasiado como para que pueda cumplir a su petición…
Nos habíamos desviado totalmente del diálogo. No era una conversación entre Romeo y Julieta, era una conversación entre Nathaniel y yo, y sus ojos seguían posados en los míos. Había demasiada tensión entre ambos, lo podía sentir, todos en el aula podían sentirlo, pero ninguno daba fe de que realmente estuviese sucediendo ¿Cómo era posible que un chico como él quisiera besar a una chica como yo? ¡Ni yo misma lo podía creer! Así que, en ese momento, lo más fácil era que pensara que él simplemente estaba metido en su personaje… cuán equivocada estaba.
— Quédate quieta entonces… — dio otro paso hacia mí — Y tomaré lo que tanto deseo…
Entonces pasó algo extraño. No, nos besamos, hubiese sido raro besarnos delante de toda la clase. Solo nos quedamos ahí, parados, mirándonos. Él tenía una ligera sonrisa en el rostro, yo había dejado de temblar y, sin poder contenerme, le devolví el gesto. Era como si, de pronto, todos hubiesen desaparecido, solo estábamos él y yo, sonriéndonos el uno al otro. Meses después descubrí que esa misma sensación la tuvo él. El mundo entero había desaparecido y lo único que podía hacer y quería hacer, por alguna extraña razón, era sonreír y mirar a este chico.