IV

965 Words
—Ni siquiera me diste tiempo para dejar mis cosas en la habitación. Pensé que solo era yo la entusiasmada por explorar el pueblo —miré de reojo a mi amigo, que conducía tranquilamente por nuevas calles del pueblo. O al menos eso creía. Tenía memoria de corto plazo, ni modo de saberlo. —Me entraron las ganas mágicamente. —Si fue por causa de que te gustó Emma, déjame decirte que tú táctica de coqueteo es un completo desastre. Solo los cobardes huyen. —No es del todo por ella de quién me alejo. —¿Ah? —fruncí el ceño, dejando que mi mente sea libre de volar en pensamientos coherentes al por que salimos casi corriendo de la nueva casa donde viviría por un mes—. ¿No me digas que eres gay, y se te abrió el clóset con Christian?, en ese caso, eres muy fácil de impresionar. —No soy gay. ¿Acaso no nostaste su comportamiento? —¿Hablas de la parte en que no me saludó o su mirada de "voy a matarte mientras duermes"? —imité la voz de caricatura en la última frase, ganándome una mirada extraña de mi amigo, sacándome una risita divertida—. Me hubiera caído mejor un criminal sentenciado a pena de muerte. Al menos aparentan estar más... vivos. —¿Estás segura de querer quedarte ahí? —Si lo dices por él, no sería la primera vez en tratar a alguien que parece odiar a todo el mundo, así que no te preocupes —me adelanté a la ventana al ver una cafetería muy recurrida en lo que parecía el centro del pueblo—. Ay, deberíamos ir allí. —Una cosa es tratar, y otra es vivir bajo el mismo techo que esa persona —giró el volante en dirección a lo que señalé. —No vine para quedarme encerrada en esa casa, Matías. Mejor vamos a tomar café, y luego llévame a un parque. ••• Bufé en cuanto el auto se detuvo frente al pórtico de la casa de los Ponce, a medida que una tormenta se estaba por anunciar, como si el universo estuviera encargado de castigarme con las palabras de mi amigo. La abuela de Matías necesitaba ayuda para limpiar las zonas de la casa que se mojaron debido a la lluvia mientras ella tomaba su siesta de la tarde, y no cabía la posibilidad de ayudar, sino que simplemente debía volver a la casa y encerrarme a deshacer maletas. Cosa que jamás hacia en viajes, por no perder el tiempo. Sonaron unos toques en la puerta. Sin girarme, imaginé que debía ser alguno de los hermanos, pero definitivamente pensaba más en Emma. No sabía ni siquiera como el hermano tenía amigos, o si los tenía con esa mala educación con la que trataba a las personas—. ¿Y como vas?, ¿Quieres ayuda? —preguntó una voz diferente a la de ella. Una señora de unos tantos años ya, se encontraba en el marco de la puerta de mi habitación con una sonrisa. Sonreí por cortesía sin saber de quién trataba. ¿Se había infiltrado a la casa, era amiga de Emma o se trataba del asesino más buscado con un rostro amigable? Aparentaba ser bastante mayor, no creería que fuese un asesino. Tal vez una amiga, aunque sería curioso tener una amiga muy mayor. Volví a la realidad, dejando mis pensamientos de suposición. —Perdón la pregunta, pero, ¿la conozco? —dejé las cosas que había sacado en un cajón, para poner toda mi atención en la extraña mujer. —Ay, perdón, no me había presentado. No estuve cuando llegaste, pero mucho gusto, soy Corinne —tendió su mano, e inmediatamente recordé cuando Rebecca la mencionó. ¿Pero quien dijo que era? —Oh, si, es un gusto, yo soy Sky Sáenz —recibí su mano con una sonrisa. —¿Quieres que te ayude con tu equipaje? —Yo... no, ya no me queda mucho. —Entonces voy a arreglar la cama, si no te molesta. —No, no, sigue por favor —guardé la última prenda en el armario, y al cerrar la puerta de este noté que un cuerpo grande y vestido completamente de n***o se dirigía hacia las escaleras con cierta velocidad. Suponía que por el tamaño se trataba de Christian, pero si no fuese por que le oí decir una grosería a medio camino, seguramente hubiera pensado que se trataba de algún ente maligno que me quería asustar. Aunque él no estaba lejos de provocarme eso si seguía así. —¿Pudiste hablar con Emma y Christian? —interrumpió mis pensamientos Corinne, devolviéndome a la tierra. —Ah, eh, solo con Emma. El hermano mayor no parece alguien muy sociable, y hasta asustó a mi amigo —cogí una caja donde la estaba la cámara fotográfica que había comprado en navidad, para llevarme uno que otro recuerdo del pueblo. Al principio su motivo era otro, pero no iba a dejarla enpolvar. —Si, él es así ahora. —¿Ahora? —pregunté curiosa—. ¿Antes no lo era? —No tan así —se sentó Corinne en la cama ya organizada, y la noté mirarme como si quisiera contarme una historia. —¿A que se refiere? —me senté a su lado con más curiosidad, escuchando a lo lejos el anuncio de una gran tormenta que se avecinaba hacia el pueblo. Agradecía no tener planes, ya que odiaba las tormentas en un lugar desconocido y sin saber que hacer. El pasillo estaba oscuro, y tenía un sentimiento extraño de ansiedad hacia el hecho de ver a Christian de nuevo pasar por ahí como si no existiera un mundo a su alrededor.
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