Las Alas del Legado

1043 Words
El eco solemne de sus pasos resonaba en los muros altos y oscuros del palacio subterráneo. La luz de las antorchas proyectaba destellos dorados sobre los relieves de piedra, tallados con escenas de antiguas batallas y pactos olvidados. Al llegar a la puerta del Gran Salón, Mia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Dos armaduras colosales, de acero ennegrecido y ojos de gemas carmesíes, la custodiaban como centinelas inmóviles. Sin mediar palabra, se inclinaron levemente y abrieron las puertas con un chirrido profundo, como un suspiro del pasado. Al otro lado, el Gran Salón se extendía como un templo de secretos. La mesa del centro —larga, de madera ancestral— estaba ahora cubierta de libros encuadernados en cuero y pergaminos desplegados. Entre velas encendidas y un aroma tenue de incienso, Fairud la esperaba de pie, con la misma quietud elegante con la que la había recibido la noche anterior. Allí mismo habían compartido la cena tras su llegada tormentosa; ahora, la escena era distinta, más solemne. —Entra, Mia —la voz de Fairud era un suave llamado, cargado de autoridad y afecto—. Te estaba esperando. Espero que hayas podido disfrutar tu mañana. Mi mundo es un poco oscuro, pero uno aprende a apreciar su belleza. Mia avanzó, sintiendo que los ojos invisibles de las estatuas la seguían. Una calma extraña se había apoderado de ella desde su llegada a aquel reino. —La verdad —respondió, dibujando una sonrisa tímida—, desde que llegué me siento como una verdadera princesa. No tengo ninguna queja. Fairud asintió con una leve sonrisa, un destello de orgullo en su mirada. —Me alegra saberlo. Ven, siéntate —le indicó, señalando el asiento a su lado. Sobre la mesa reposaba un libro de gran tamaño, su portada grabada con un árbol gigantesco cuyas raíces parecían extenderse más allá del cuero. En el centro del tronco brillaba el sello real, el mismo que llevaba la carta que Tain le había entregado de parte de su madre. Fairud se lo acercó con cuidado, como si entregara un tesoro. —Aquí podrás encontrar la historia de Ganondorf. Te aconsejo que lo estudies durante nuestro viaje. Necesitarás saber cada detalle para entender lo que se avecina. Mia pasó los dedos por la portada. El sello parecía palpitar bajo su piel, como si reconociera su linaje. —Esta carta… —Fairud alzó un pequeño sobre sellado—. Tu madre me la dejó para ti. Avisoró cada detalle para ayudarte en lo que pudiera. Los ojos de Mia se humedecieron. —Eso me han dicho. Me hubiera gustado conocerla… —Ella soñaba con estar contigo. Lástima que ese deseo nunca se cumplió. Mia apretó el libro contra su pecho. —Gracias por contármelo… Fairud le devolvió una mirada en la que brillaba una tristeza antigua, casi maternal. —Sobre tu compañero… He estado pensando. Quizás lo ideal es que no regreses al mundo de los hombres lobo. Son feroces, y no es prudente que se conozcan en territorio ajeno. Tu madre sufrió mucho con Tain; él recibió rechazo de muchos de su especie por tenerla a ella como compañera. Mia frunció el ceño. —¿Pero por qué, si ella era la reina? —Aquí cada aldea, cada reino, tiene su líder. Que alguien de fuera venga y tome decisiones sobre sus habitantes no siempre es bien visto. Este mundo es de tradiciones y, aunque algunas sean arcaicas, siguen vigentes. —Creo que entiendo… Entonces, ¿qué hago? —Nada, por ahora. En nuestro viaje haremos algunas paradas. Confío en que ella te busque a ti. —¿No me hace más débil no tener un compañero? Fairud sonrió con un deje de ironía. —No. Débil te hace no dominar tu lado regium. Me dijeron que controlas tu mitad angelical, pero… ¿tienes idea de lo que puedes hacer? Mia negó con la cabeza, intrigada. —Cuando domines tu lado regium, el cambio aparecerá en tus alas. Ellas son la fuente del poder de tu r**a. La joven contuvo la respiración. —Mi madre murió porque le cortaron las alas… Fairud inclinó la cabeza, la voz grave como un toque de campanas. —A los regium, cuando les cortan las alas, los eliminan al instante y les impiden la posibilidad de reencarnación. —Por los cielos… Por eso mi padre estaba tan afectado… —Ellos habían acordado amarse en su próxima vida —dijo Fairud, bajando la voz—. Aun así, nada está perdido. Tu padre es un ángel. Puede volver con su alma siempre que desee. Mia sintió un alivio profundo, como si se abriera una ventana en su corazón. —Tus alas deben ser siempre una del color de cada parte de ti —continuó Fairud—, y aún más grandes de lo que son hoy. Son tu fuente de poder por el lado regium. Mia asentía, maravillada. —¿Mi madre… qué podía hacer? Fairud sonrió, y por un momento en su mirada se encendió un recuerdo luminoso. —Ella era grandiosa. Por su compañero podía controlar el fuego, conjurar hechizos y magia. —¿Entonces era maga? —No exactamente. Existen hechiceros que pueden hacer casi cualquier cosa. Tu madre solo podía usar sus poderes para proteger su reino o a sí misma. Era como si cada hechizo funcionara solo cuando realmente lo necesitaba. Deberás aprender a conjurar, pero si el deseo no es puro, la magia no funciona. Mia bajó la vista, pensativa. —Si eso es así, ¿por qué mi hermano está en el trono? Por lo que he escuchado en los pasillos, no hablan bien de él como rey. Fairud se tensó, un destello de dolor en su voz. —Tu hermano no es tan poderoso como tú. Él hace lo que cree que es correcto y, por eso, su magia funciona. Pero muchas veces… —hizo una pausa, la voz más baja— muchas veces no es él quien hace la magia, sino mi hija, Meriel. Ella es una banshee, y las banshees somos las verdaderas hechiceras de este mundo. Las palabras cayeron en el aire como un presagio. Mia sintió que todo su destino, su linaje y sus alas, empezaban a desplegarse ante ella.
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