El Umbral de Secoya

1458 Words
Neahm había olvidado mencionarle a Mia que los elfos protegían la entrada a su reino con uñas y dientes. Aidan, por su parte, conocía lo suficiente de estas criaturas como para saber que su hospitalidad no era precisamente cálida. Por eso, desde el momento en que divisó a los seres de orejas puntiagudas apuntándoles con arcos tensos, imitó con destreza a la banshee, levantando ambas manos y bajando la mirada en señal de sumisión. Mia, en cambio, sintió algo muy diferente. Una presión inusual se apoderó de su cabeza, como si una voz estuviera gritando dentro de su mente. No era miedo lo que la paralizaba, ni la visión de los elfos armados. Era dolor. Dolor puro y desgarrador. Se llevó las manos a las sienes, tratando en vano de acallar aquella voz que no cesaba de susurrar palabras incomprensibles, pero llenas de un peso oscuro que la agobiaba. Su respiración se volvió errática. Quería gritar, soltar aquel peso que la estaba quebrando por dentro, pero sabía que cualquier movimiento errático podía provocar un ataque de los elfos. Se obligó a resistir. Intentó alzar las manos, como Aidan, para mostrar que no era una amenaza, pero sus piernas cedieron. Se desplomó. Aidan apenas alcanzó a sostenerla por la cintura, evitando que se golpeara contra el suelo, pero todos los arcos giraron hacia ella en un solo y sincronizado movimiento. —¡Preséntense! —ordenó el líder de los arqueros, con voz dura y mirada afilada. Neahm dio un paso al frente, con la calma de quien ya ha vivido muchas veces ese tipo de momentos. —Mi nombre es Neahm Bolek, hija de Fairud Bolek —dijo con firmeza. Luego, en señal de buena fe, abandonó el camuflaje mágico que la ocultaba. Su cuerpo cambió frente a todos: grandes cuernos surgieron de su cabeza, su cabello se alargó tornándose n***o con trenzas rojas, y sus ojos se volvieron de un dorado sobrenatural. Era la imagen inconfundible de una banshee. Una verdadera. El líder de los elfos asintió, reconociendo su linaje. Luego clavó la mirada en Aidan. —Mi nombre es Aidan. Soy un ángel convocado por mi compañera —mintió sin temblar, aunque buscó con la mirada la complicidad de Neahm. Ella asintió con naturalidad, pues sabía que Aidan aún ignoraba su verdadero linaje. Para reforzar sus palabras, el joven desplegó sus majestuosas alas blancas. La luz mágica que emanaba de sus plumas contrastaba con la figura débil de Mia, que apenas se sostenía colgada de su brazo. —¿Y ella? ¿Qué le ocurre? ¿Alguna criatura la ha mordido? —preguntó el jefe, con tono cargado de sospecha. —No ha sido mordida —respondió Neahm sin perder la compostura—. Su procedencia será revelada únicamente ante vuestra reina. Ella nos espera. Como pueden ver, la chica necesita ayuda urgente. El elfo entrecerró los ojos, escudriñando su rostro, pero no encontró señales de mentira. Bajó su arco en señal de tregua, susurró algo a uno de sus compañeros y se internó entre los árboles. Los demás guerreros permanecieron inmóviles, tensos, sin bajar sus armas. —Sería lindo que bajen sus arcos —murmuró Aidan, sin perder la ironía. Uno de los elfos le gruñó, sin necesidad de palabras. El silencio se alargó, incómodo, hasta que Neahm rompió la tensión. —Reina Aaliyah —anunció con una reverencia. Una figura elegante emergió entre los árboles, caminando con la gracia de quien ha nacido para ser venerada. Era alta, de piel nívea y cabellos del color de la luna. Su presencia imponía respeto, pero también calma. —Neahm… cuánto tiempo —dijo con una sonrisa cálida. Con un gesto de su mano, indicó a sus guerreros que bajaran las armas—. Disculpen las molestias. Mis queridos arqueros son excesivamente estrictos con las leyes del bosque. —Es bueno que cumplan su trabajo —comentó Aidan. Pero su tono fue malinterpretado y la reina le lanzó una mirada de advertencia. —Imagino que Tain avisó sobre nuestra llegada —intervino Neahm. —Así es. Vengan conmigo. Neahm se giró hacia Aidan y notó que Mia empeoraba. Su piel estaba pálida, sudaba frío y sus ojos apenas se mantenían abiertos. —Debes cargarla. No podrá seguir nuestro ritmo —ordenó. El ángel asintió, la tomó con suavidad, colocando una mano detrás de su cuello y la otra bajo sus rodillas. Mia era ligera, como si su energía vital se hubiera desvanecido por completo. La abrazó contra su pecho y caminó en silencio tras la reina y Neahm. El bosque de Lorien era una sinfonía de magia viva. Las hojas relucían en tonos verdes imposibles, y la vegetación exótica parecía respirar al ritmo del corazón del bosque. No era como el mundo humano. Allí, cada raíz, cada flor, cada brisa estaba impregnada de poder antiguo. Caminaron hasta que dos imponentes árboles se alzaron ante ellos: las Secoyas Gemelas. Eran colosales, de más de ciento veinte metros de altura, y en sus cortezas se veían grabados símbolos sagrados. Entre ambos troncos fluía una neblina mágica, una barrera de energía que marcaba la entrada al castillo. Aaliyah fue la primera en atravesarla, desvaneciéndose en el aire. Uno a uno, los demás la siguieron. En un instante, se encontraron en un gran salón con techos altos, tallados en madera viva. Puertas imponentes flanqueadas por guardias se abrían a ambos lados. La reina condujo al grupo hasta una de las habitaciones. Al abrirla, reveló una acogedora estancia de madera, con cortinas blancas y una cama grande en el centro. —Recuéstala —ordenó con autoridad. Aidan obedeció sin decir una palabra. Mia temblaba. Era casi irreconocible, tan diferente de la chica decidida que había bajado a la cueva días atrás. —¿Qué le ocurre? —preguntó, con voz cargada de preocupación. —Mia está entrando en equilibrio —explicó la reina—. Solo necesita descansar unas horas. Pronto renacerá como una versión más poderosa de sí misma. —¿Qué significa eso… entrar en equilibrio? —Sus poderes, antiguos y nuevos, se están uniendo. Su lado regium está despertando, fortaleciéndola más allá de lo que imagina. —¿Entonces estará bien? —¿Acaso me ves preocupada por su salud? —replicó Aaliyah con una ceja en alto—. Claro que se recuperará. —Ira —llamó entonces—. Llévalo a sus aposentos. Una joven elfa hizo una reverencia y aguardó a que Aidan la siguiera. La reina se volvió entonces hacia Neahm, y por primera vez en mucho tiempo abrió los brazos para un abrazo sincero. —Mientras esperamos la recuperación de Mia, ¿por qué no nos ponemos al día? —Será un honor —respondió Neahm. Ambas sonrieron y comenzaron a caminar juntas por los pasillos. —Dejemos que la chica descanse. Ya la conoceré mejor. Hay más tiempo que vida. Estoy segura de que estás hambrienta. Pedí que prepararan tu plato favorito. —Si me tratas así, voy a considerar quedarme para siempre. —Sabes que puedes hacerlo cuando quieras. —¿Tain está aquí? —Para tu desgracia, no. Pero volverá pronto. Y si no aparece mañana, es porque no logró cruzar la frontera. El rey ha puesto precio a su cabeza. —¿Por qué Dustin haría algo así? Tain fue el protegido de la reina. Asesinar a sus antiguos compañeros es un crimen. —Ese hombre no respeta nada. Ha desplegado vampiros y brujos en cada aldea. Incluso liberó criaturas desterradas de la isla Clarín. —¿Está loco? ¡Esos seres son demonios! —Por eso los demás reinos nos mantenemos ocultos. Pero con ustedes aquí, quizás podamos cambiar el destino de Ganondorf. No quiero que mi hija herede un reino de miedo y dolor. —No sabía que la situación era tan grave —dijo Neahm con pesar—. Pero cumplí con mi deber. Mia está aquí. —Y lo hiciste bien. Criaste a esa niña como si fuera tuya. Ahora es más valiente de lo que imagina. —Créeme, tiene miedo. Pero su alma es fuerte. Pronto se convertirá en la mariposa que está destinada a ser. —Tiene el rostro de su madre. No necesitará demostrar quién es. La naturaleza sabe lo que hace —sonrió Neahm. Tan sabia como siempre. En ese momento, una joven apareció en la puerta. Su belleza era hipnótica. Tez blanca, ojos avellana, cabellos entre rubios y castanos, y una corona con el simbolo del árbol sagrado. Neahm la abrazó de inmediato. —Pequeña... ¡has crecido tanto! Oracias. Mi madre dijo que traeras a la Elegida a casa. —Así es. Está aquí. Al fin, en casa. Las tres mujeres sonrieron. El primer paso hacia la esperanza se había dado.
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