El invierno sin fin

1430 Words
Los primeros rayos del sol acariciaron el rostro de la princesa como una caricia cálida en medio del gélido paisaje. Mia dormía profundamente, recostada contra una roca, envuelta en una manta que apenas lograba aislarla del cruel invierno. Su cuerpo, agotado por las pruebas de los últimos días, había sucumbido por fin al sueño después de seis largas horas de lucha, dudas y lágrimas. Del otro lado del muro de piedra, Aidan y Neahm mantenían la vigilia, sus pensamientos tan pesados como el aire helado que los envolvía. No habían podido pegar ojo. La imposibilidad de cruzar ese muro invisible, esa barrera mágica que los separaba de Mia, los atormentaba más de lo que cualquiera admitiría en voz alta. —Tiene que haber una forma de cruzar —murmuró Neahm por enésima vez, las ojeras marcando su rostro como heridas de insomnio. Aidan, por su parte, había dejado de luchar contra lo desconocido. No por cobardía, sino porque, a diferencia de la banshee, no tenía la costumbre de buscar respuestas en lo oculto. Era un guerrero, no un sabio. Pero Neahm, terca como las montañas del norte, continuaba explorando cada rincón de la cueva. Había probado con encantamientos, empujado rocas, inspeccionado el suelo… todo inútil. Sin embargo, estaba convencida de que el mecanismo debía estar allí, oculto entre las paredes o bajo sus pies, esperando ser activado. Pocas personas conocían el verdadero alcance de los poderes de Neahm. Como su madre, era una banshee formidable, aunque había pasado su vida evitando el protagonismo. No por timidez, sino por sabiduría. Vivió la mayor parte de su vida entre las paredes del Gremio del Espiral, junto a sus hermanas. Nunca sintió la necesidad de destacar como Meriel. Para ella, todas eran importantes, y el día en que sus hermanas menores enfermaron, luchó con desesperación junto a Fairud por salvarlas. Pero no pudieron cambiar el cruel destino. Aquel dolor la marcó para siempre. Por eso Mia significaba tanto para ella. Porque conocía la pérdida. Porque no estaba dispuesta a revivirla. Sentada en el centro de la cueva, usaba su energía como radar, explorando con los sentidos más allá de lo visible, intentando encontrar una anomalía en la vibración del espacio. Llevaba ocho horas sin descanso, escudriñando con paciencia y rabia contenida. No iba a rendirse. No podía. —Estamos perdidos —masculló Aidan, abriendo los ojos y viendo que la banshee seguía en el mismo lugar, como una estatua viviente. —No mientras yo esté aquí —respondió ella sin apartar la vista del suelo. —Tu poder no ha servido de mucho —espetó él, sin filtro. Neahm abrió un ojo y le lanzó una mirada que habría hecho retroceder a un demonio. —¿Y tú qué has hecho? ¿Además de quejarte? Aidan no respondió. La verdad le dolía, pero no estaba dispuesto a iniciar una discusión con la protectora de Mia. No todavía. Suspiró y se levantó, frotándose la nuca. Si no podía dormir, al menos intentaría ayudar. Pasó las manos por las paredes, el suelo, y alzó vuelo hasta inspeccionar el techo. A través de su sangre angelical, podía ver la energía de Neahm fluyendo como luz líquida, desplazándose por el espacio. Se centró entonces en los lugares donde ella no había llegado aún. Fue entonces cuando lo notó: en la parte superior de la roca, justo sobre la abertura por la que Mia había pasado, había una pequeña grieta. Al acercarse y explorar con la mano, descubrió una pieza giratoria. La giró hacia la derecha… y las rocas se movieron, pero no como esperaba. La abertura se cerró. —¿Qué fue lo que hiciste? —Neahm se puso de pie al oír el ruido. —La idea es cruzar, no encerrarnos —agregó con fastidio. —¿Puedes callarte aunque sea una vez? —Aidan bufó, cansado de sus comentarios. Pero esta vez ella prefirió no responder. Volvió a girar la pieza, esta vez hacia la izquierda. Un sonido sordo resonó por toda la cueva. Las enormes rocas comenzaron a separarse lentamente. —¡Sigue, Aidan, está funcionando! —gritó Neahm. Del otro lado, Mia ya estaba despierta, alertada por el sonido. Se incorporó con dificultad, aún adormecida. —¡Vamos, crucen! Ya pueden pasar —los animó. Uno tras otro, Neahm y Aidan atravesaron el portal. Mia los esperaba con los brazos abiertos. Neahm la abrazó con una mezcla de alivio y rabia maternal. —Al fin están aquí —dijo Mia con una sonrisa cansada. —Nos diste un susto de muerte —añadió Aidan, abrazándola también. —No entiendo cómo fue tan fácil para mí cruzar la cueva y para ustedes no —dijo Mia, confundida. —Estamos rodeados de magia —respondió la banshee—. Que no te extrañen los milagros. Aidan interrumpió el momento con su tono siempre directo: —No hay tiempo que perder. Debemos movernos. —¿Y hacia dónde exactamente? Solo hay nieve por todos lados —preguntó Mia, mirando el paisaje blanco que se extendía hasta el horizonte. —Hacia el norte. Allí se encuentra la aldea de los elfos —explicó Neahm. —¿Y cómo sabremos dónde está el norte? —Fácil. Las banshee podemos detectarlo con magia. Pero para los que no tienen esa habilidad: el este es por donde sale el sol, el oeste por donde se oculta. Si colocas tu brazo derecho hacia el este, el norte está al frente. —Neahm señaló con la mano, sin detener el paso. —Vaya, sí que te sabes los puntos cardinales —dijo Aidan, conteniendo la risa. Caminaron durante horas. Cuando por fin se detuvieron a descansar, el cansancio se había vuelto casi insoportable. —¿Estás bien? —preguntó Mia a Neahm. —Solo necesito comer algo y recuperar un poco de energía —respondió ella con la voz apagada. —Aidan, busca en las mochilas algo de abrigo. Hace demasiado frío —ordenó Mia. Él obedeció y les pasó un suéter a cada una. —También deberías abrigarte, Mia —dijo él con preocupación. —Estoy bien. —Si te enfermas, ¿cómo voy a cuidar a las dos? —No necesito que me cuides, ni a ti ni a nadie —interrumpió Neahm con sequedad—. Mia, hazle caso y abrigate. Mia obedeció. Sacó un termo, calentó la comida con sus manos y la repartió. Neahm devoró su ración en silencio. —¿Qué criaturas habitan este sitio? —preguntó Mia. —Tain no fue específico. Solo me advirtió: “No permitan que la noche los alcance”. —Tú deberías descansar —insistió Aidan, dirigiéndose a Neahm. —Lo haré cuando lleguemos. Guardaron todo y siguieron caminando. A medida que avanzaban, el cielo comenzó a oscurecerse. Mia sentía el ardor en sus pies. Aidan pensaba en su misión: debía acercarse a Mia, ganarse su confianza… y su corazón. Su mirada se cruzó con la de ella, y Mia le sonrió sin saber que era parte de un plan. Neahm, en cambio, estaba alerta. El silencio era demasiado profundo. No había aves. No había huellas. No había vida. Algo no estaba bien. Alzó la vista. El sol se ocultaba rápidamente y detrás de ellos, una sombra oscura se extendía por el terreno. —Tenemos que correr —dijo de pronto—. Este lugar está maldito. —¿Qué? —preguntó Aidan, desconcertado. —La oscuridad se lo traga todo. Si nos atrapa, moriremos. Los tres comenzaron a correr. El miedo era una lanza clavada en el pecho. La montaña de los elfos se hacía más grande, pero la oscuridad también. Aidan gritó: —¡Corran más rápido! Ya frente a la montaña, Mia gritó: —¡¿Y ahora qué?! —¡Tócala! —ordenó Neahm. Mia colocó su mano sobre la roca y la montaña respondió. Las plantas brillaron, un camino se abrió y los tres se adentraron justo antes de que la oscuridad los alcanzara. Finalmente, respiraron. Estaban a salvo. —Lo logramos —dijo Aidan, jadeando. —Por poco no la contamos —añadió Mia. —Ya casi estamos —dijo Neahm, señalando un árbol cuyas ramas colgaban como una cortina mágica. Uno a uno cruzaron. Neahm alzó las manos al entrar. Aidan contempló el paisaje, maravillado. Mia, sin embargo, sintió una punzada de angustia al atravesar. El cansancio y la emoción la sobrepasaron. Cayó en los brazos de Aidan, inconsciente, mientras una docena de elfos los apuntaba con arcos tensos. El umbral de Ganondofor se había abierto, pero el verdadero viaje apenas comenzaba.
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