Reina del Espiral

1283 Words
Fairud Bolek se levantó de su trono con una elegancia casi etérea. Cada uno de sus movimientos parecía coreografiado por siglos de poder y sabiduría. La luz mortecina que se filtraba entre los ventanales góticos delineaba su figura alta y esbelta, envuelta en un vestido n***o que se adhería a su cuerpo como una segunda piel, hecho de una tela que parecía respirar con ella. Su piel era tan blanca que contrastaba con la oscuridad del salón, y su cabello —n***o con vetas plateadas que hablaban de mil años de existencia— caía como una cascada hasta su cintura. Dos cuernos se alzaban desde su cabeza, largos y curvados hacia atrás, aún más imponentes que los de su hija Neahm. Sus ojos dorados, centelleantes como brasas antiguas, parecían atravesar a cualquiera que se atreviera a sostenerles la mirada. En su rostro fino y elegante se leía el peso del tiempo, la experiencia y una belleza que no pertenecía al mundo de los vivos. —Neahm, hija mía —dijo con una voz que resonó en todo el salón, profunda y firme, pero cargada de una ternura apenas perceptible. No hubo abrazos ni lágrimas. Entre ellas, el silencio bastaba para entenderlo todo. —Madre —respondió Neahm con naturalidad, inclinando la cabeza. Fairud asintió. —Me alegra verte de vuelta en casa. Este castillo ha estado demasiado silencioso desde que partiste. —Espero poder quedarme más tiempo —respondió Neahm con serenidad—. Yo también extrañaba este lugar. Una sonrisa leve cruzó el rostro de la reina banshee antes de dirigir su atención a los demás. —Princesa Yali —dijo con un ademán respetuoso—, sigues siendo tan hermosa como siempre. Es un honor tenerte en mi reino. Yali respondió con una reverencia tímida. —Y usted, señor —continuó Fairud, mirando a Aiden con curiosidad—, no tengo el gusto de conocerlo, pero si ha llegado hasta aquí acompañado de mi hija, entonces tiene mi confianza. Bienvenido al Gremio del Espiral. Aiden respondió con una reverencia pulcra. —Le agradezco su hospitalidad, majestad. Soy Aiden, profesor de Mia. —Evito decir más. Sus alas, su r**a, su verdad… todo quedó guardado tras esa máscara cortés. Fairud chasqueó los dedos, y Silvestre —el peculiar mayordomo de rostro porcino— se adelantó con un ligero salto. —Silvestre los llevará a sus aposentos para que descansen del viaje —indicó la reina—. Nuestra cocinera estará encantada de preparar lo que deseen. Hace siglos que no recibimos visitas, y está ansiosa por probar nuevas recetas. Los invitados agradecieron con cortesía y siguieron al mayordomo hacia el pasillo, sus pasos resonando sobre el mármol n***o. Cuando Mia se disponía a irse, la voz de Fairud la detuvo. —Tú quédate. Mia se volvió con cierto recelo. Fairud se acercó lentamente, tan cerca que el aire entre ambas vibró con una energía extraña. La reina extendió una mano hasta casi tocar su rostro, pero no llegó a hacerlo. Su poder era tan vasto que la energía fluyó entre ellas sin contacto físico: una corriente cálida, viva, que hizo que Mia contuviera el aliento. —Eres tan parecida a tu madre —murmuró Fairud—. Pero llevas en ti ese cabello peculiar… propio de su ángel. —Raziel —susurró Mia—. Mi padre se llama Raziel. Fairud asintió, y en su mirada se reflejó algo similar a la melancolía. —Lo sé. Tu madre confiaba en mí. Sabía que se avecinaban tiempos oscuros… y me pidió que te ayudara cuando llegara el momento. Este reino necesita justicia, Mia. Si no actúas, todo lo que Marissa construyó desaparecerá. Fairud hizo un gesto hacia una mesa lateral cubierta por velos de sombra. —Ven. Hablemos. Mia la siguió, y Neahm se unió en silencio. Las tres se sentaron alrededor de la mesa. Un leve murmullo recorrió el aire, como si los muros quisieran escuchar también. —Existe una profecía —empezó Fairud con solemnidad—. Una que tu madre conocía muy bien. Su voz adquirió un tono profundo, casi ritual. “Cuando una reina de fuego sea traicionada, la elegida sus poderes obtendrá. De su sangre nacerá la aurora, y su luz traerá el renacer del reino.” Fairud bajó la vista hacia Mia, y sus ojos dorados se tornaron más intensos. —Tu madre era la Reina de Fuego. Su protector era un dragón, su vínculo más sagrado. Por eso su poder era tan temido. Su muerte… no fue el final, sino el comienzo. Mia sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. —¿Y yo… qué papel tengo en eso? —Tu destino es el resurgir de Ganondorf, de una forma que ningún rey lo ha hecho, tu madre tenía grandes planes para su pueblo, si sigues mis consejos, podrás hacer realidad los sueños que ella no pudocumplir—respondió la banshee—. Deberás ser valiente, astuta y paciente. Liderarás una guerra heredada contra un enemigo que aún no muestra su rostro. Pero si haces lo correcto, el reino conocerá la gloria. Fairud se inclinó hacia ella, bajando la voz. —No estás sola, Mia —dijo Fairud con voz serena, pero firme—. Existe alguien más como tú. Un alma gemela, un espíritu que comparte tu esencia. Cuando lo encuentres, lo sabrás… será como mirarte a ti misma bajo otra forma. Tu poder despertará junto al suyo. Ésa es tu primera misión. El corazón de Mia comenzó a latir con fuerza, como si presintiera algo que aún no comprendía. —¿Dónde debo buscarlo? —preguntó en un hilo de voz. —Quizá ya lo has encontrado —interrumpió Neahm, mirándola con una mezcla de cautela y certeza. Mia frunció el ceño, desconcertada. En su mente, una imagen cruzó fugazmente: la del enorme lobo de ojos oscuros que la había salvado en la montaña. Recordó cómo se había sentido entonces, esa conexión inexplicable, casi mágica… como si su alma hubiera reconocido algo antiguo y profundo en aquella criatura. Fairud la observó con atención, como si pudiera leer cada pensamiento que pasaba por su mente. —Si realmente lo encontraste, la vida se encargará de ponerlo nuevamente en tu camino —dijo con suavidad—. El destino no falla, sólo espera el momento exacto para revelarse. —O quizás —añadió Neahm con una media sonrisa— debas ir tú misma y comprobarlo. Fairud asintió lentamente, dando por concluido el tema. —Ya veremos eso después —sentenció—. Por ahora, descansa. El destino siempre sabe cuándo llamar a la puerta. —Por otro lado debes ir al reino de Arghol —dijo Fairud—. Mi flota estará a tu disposición. Allí hallarás al rey Raegan, hijo de tu tío, el hermano de tu madre. Él renunció al trono por amor, y con eso evitó la muerte. El te ayudará a encontrar lo que buscas, es la única persona en el reino como tú, un divinus. Fairud exhaló, como si un peso invisible se disipara. —Hay mucho que debo contarte… pero primero, necesitan fuerzas. Chasqueó los dedos, y un séquito de sirvientes espectrales emergió de las sombras, trayendo bandejas doradas con frutas brillantes, carnes humeantes y panes que despedían un aroma dulce. Las llamas de las velas se alzaron como si celebraran la escena. —Coman —ordenó con dulzura—. Descansen. Mañana hablaremos de lo que realmente importa. Mia asintió en silencio. Mientras el aroma de la comida llenaba el salón, su mente seguía atrapada en las palabras de la profecía. “Cuando una reina de fuego sea traicionada…” El eco de esas palabras le quemaba en el pecho.
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