Mia despertó con la sensación de haber dormido un siglo entero. Su cuerpo se sentía liviano, su mente en calma. Hacía tanto tiempo que no experimentaba un descanso así, profundo y reparador, como si las sombras que la habían perseguido durante días hubieran quedado fuera de aquellas murallas.
Después de la cena con Fairud, Silvestre la había guiado hasta sus aposentos. La habitación asignada llevaba por nombre Memorias, y, al abrir la puerta, el aire se le atascó en el pecho.
Frente a sus ojos se extendía una réplica perfecta de su antiguo cuarto en el mundo humano: los afiches de sus bandas favoritas colgaban en las paredes, el suave aroma a lavanda flotaba en el aire, y sobre el escritorio reposaba una libreta de tapas gastadas donde aún podía leer su nombre.
Era como si la magia del castillo hubiese buceado en lo más profundo de su corazón para recrear el lugar donde una vez fue verdaderamente feliz.
Mia sonrió con ternura, dejando que la nostalgia la envolviera. Recordó aquellos días simples, cuando su única preocupación era mantener en secreto lo que realmente era. Qué ingenua había sido, pensó, y sin embargo, cuánto deseaba por un instante volver a aquella inocencia.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Buenos días —dijo Neahm al asomar la cabeza, sosteniendo un vestido entre las manos—. Te traje ropa cómoda. Te espero abajo, el desayuno está listo.
Mia asintió y se vistió rápido. La tela se ajustó a su cuerpo con sorprendente perfección, como si la magia misma la hubiera tejido para ella. Se recogió el cabello en una coleta alta, se lavó el rostro y corrió al encuentro de Neahm, que la esperaba junto a Yali.
—Vamos —anunció la banshee con una sonrisa pícara—. Iremos al único lugar de este castillo que no parece sacado de una película de terror.
Las tres rieron, y el eco de su risa llenó los pasillos oscuros como un destello de luz.
El comedor al que llegaron parecía un oasis dentro del reino sombrío. Un jardín cubierto por un techo de cristal, donde la luz del amanecer filtraba tonos dorados y rosados sobre un sinfín de flores. Algunas brillaban suavemente, otras susurraban melodías casi imperceptibles. En el centro, una mesa de cristal esperaba servida con frutas, pan tibio y jarabes de color ámbar.
—Esto parece un sueño —susurró Yali, maravillada.
Mientras comían, Mia les contó a sus compañeras lo que Fairud le había revelado la noche anterior. Les habló de la profecía, del alma gemela que debía encontrar, y del extraño lazo que había sentido con la mujer lobo en la Montaña del Lobo.
—No dejo de pensar en ella —confesó, bajando la mirada hacia su taza—. Fue como si me mirara a través del alma. No puedo explicarlo.
Neahm sonrió con suavidad.
—Tal vez sea una señal, pero no ahora. Hay momentos para todo, Mia. Este no es el tuyo aún.
Yali frunció el ceño.
—Yo preferiría no volver nunca a ese lugar. Todavía sueño con esos aullidos…
Mia suspiró. Parte de ella compartía ese miedo, pero la curiosidad la consumía.
—Supongo que esperaré —dijo al fin—. Hay cosas que sólo el tiempo puede aclarar.
Entonces miró a Neahm con una chispa de emoción.
—Dime, ¿quién es Raegan? Fairud habló de él, y no puedo dejar de pensar en su nombre.
Neahm arqueó una ceja, divertida.
—Oh, Raegan… —dijo entre risas—. Es un rey regente. Hijo del hermano de tu madre. Y sí… —añadió con un gesto travieso—, es tan apuesto como lo describen las historias.
Mia no pudo evitar sonreír. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el día que tenía por delante no estaba hecho de miedo, sino de promesas.
La carta bajo las aguas de Arghol
El suave murmullo del jardín se apagó cuando una sombra se proyectó sobre el cristal del techo. Las flores, que hasta hacía un instante danzaban con la brisa, parecieron inclinarse con respeto.
Neahm levantó la vista y sonrió.
—Parece que mamá decidió unirse a nosotros.
Las tres chicas miraron hacia la entrada. Entre las enredaderas y la neblina dorada que filtraba el sol, apareció Fairud Bolek. Su silueta imponía y fascinaba al mismo tiempo. El largo vestido n***o se deslizaba sobre el suelo como una ola oscura, y cada paso que daba hacía que el aire vibrara con un leve resplandor dorado.
—Veo que han encontrado el único rincón amable de mi reino —comentó con una sonrisa apenas perceptible. Su voz era profunda, pero tenía la dulzura de una melodía antigua—. Es el lugar donde las flores escuchan los secretos del viento… y los repiten solo si las tratas con respeto.
Mia se puso de pie, aún sin saber si debía inclinarse o no ante ella, pero Fairud alzó una mano con gesto gentil.
—No, pequeña princesa. Hoy no hay formalidades. Hoy quiero hablarte de tu destino… y de tu viaje a Arghol.
El nombre resonó en el aire como un eco de otro tiempo. Yali tragó saliva, Neahm bajó la mirada. Mia, en cambio, sintió una mezcla de emoción y temor.
—El mar que conduce a Arghol no es un lugar cualquiera —continuó la reina banshee mientras caminaba entre ellas, acariciando las flores con la punta de los dedos—. Sus aguas están vivas. Protegen secretos antiguos. Y quienes las cruzan deben saber lo que realmente buscan… o las olas los devoran sin remordimiento.
Neahm sacó un pergamino enrollado y lo extendió sobre la mesa de cristal. Era un mapa enorme, trazado con tinta plateada que parecía moverse como un río bajo la luz.
—Mira —dijo mientras señalaba con el dedo— estamos aquí, en el corazón del Espiral. Arghol queda del otro lado del reino, más allá del Mar Magico y del Mar Thalmohr. El camino por tierra sería una locura, pero si usamos las aguas mágicas del reino, podemos llegar en una semana… si el tiempo está de nuestro lado.
Mia observó el mapa fascinada. Las líneas se curvaban y giraban como si tuvieran vida, mostrando montañas que se alzaban y tormentas que nacían y morían en cuestión de segundos.
—Entonces… partiremos pronto —dijo con una mezcla de emoción y nerviosismo.
Fairud asintió despacio, sus ojos brillando como brasas bajo la sombra del jardín.
—Sí. Pero antes, hay algo que debes recibir. Después del desayuno, ven a verme. Hay una carta que tu madre me dejó el día que partió… y creo que ha llegado el momento de que la leas.
El corazón de Mia dio un vuelco. Trató de mantener la calma, de ocultar la emoción que la inundaba, pero su respiración la delató.
—La leeré con honor —murmuró.
Fairud la observó por un instante más, como si intentara ver algo invisible dentro de ella, y luego se dio media vuelta.
El silencio que dejó Fairud pareció pesar más que el aire mismo. Las flores, antes vibrantes, se inclinaron como si entendieran la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
Mia permaneció inmóvil unos segundos, mirando el punto por donde la banshee se había desvanecido. Sus manos temblaban, aunque intentó esconderlo bajo la mesa. Sentía un nudo en el pecho, una mezcla de anhelo, miedo y esperanza. Saber que su madre había dejado algo para ella… algo tan íntimo como una carta, la desarmaba por dentro.
Neahm fue la primera en moverse. Rodeó la mesa y, sin decir palabra, colocó una mano sobre el hombro de Mia. Luego Yali se unió, posando la suya encima.
Ninguna habló. Ninguna lo necesitó.
Aquel simple gesto bastó para que Mia soltara el aire que llevaba contenido. Las tres se miraron, y por un instante el mundo pareció detenerse. Eran distintas, nacidas de linajes que jamás debieron cruzarse, pero en ese momento compartían una misma certeza: el destino de una, tocaría a las tres.
Mia apretó las manos de sus amigas y sonrió con suavidad, aunque sus ojos aún brillaban con una emoción que no podía ocultar.
—Será un buen día —dijo al fin, tratando de convencer más a su corazón que a ellas.
Yali rió apenas, y Neahm asintió con ternura.
El sol atravesó el cristal, bañando a las tres con una luz cálida.
El viaje estaba a punto de comenzar.