A la mañana siguiente de la gala, Amara estaba sentada en su pequeño apartamento, tomando un café mientras revisaba su teléfono. Apenas había dormido, repasando mentalmente su actuación y su vergonzoso tropiezo. Pero no fue solo la caída lo que la mantuvo despierta; también la invadió su inesperada interacción con Liam Blackwell. Sus palabras, su mirada firme, la forma en que le había hablado sin un ápice de condescendencia; todo eso la inquietó más de lo que quería admitir.
Cuando regresó a casa la noche anterior, no pudo resistirse a buscar rápidamente su nombre. Lo había reconocido vagamente, pero nunca había prestado suficiente atención al mundo empresarial como para saber por qué le resultaba familiar. Sin embargo, ahora, la curiosidad la atrajo de nuevo. Los resultados de la búsqueda eran infinitos. Liam Blackwell, un nombre que aparecía en noticias financieras, artículos sobre filantropía e informes del sector. Al desplazarse por los titulares, se sorprendió al ver su nombre junto a palabras como « hecho a sí mismo». Innovador tecnológico y filántropo.
Liam Blackwell no solo era rico; era todo un fenómeno. Un artículo de una entrevista en una revista le llamó la atención, y lo leyó rápidamente, hojeándolo hasta que unas pocas frases la hicieron detenerse.
Liam Blackwell construyó su imperio desde cero. Tras abandonar la universidad, fundó su primera empresa tecnológica prácticamente sin capital, trabajando hasta altas horas de la noche y luchando por salir adelante. Con determinación y asunción de riesgos, la convirtió en una de las startups más exitosas de la década. La trayectoria de Blackwell es un testimonio de resiliencia y perseverancia.
Frunció el ceño, sintiendo una punzada de culpa al recordar cómo lo había despedido. No era un simple empresario de cuna privilegiada. De hecho, su historia no era tan distinta a la suya, solo que en un ámbito distinto. Mientras ella se había entregado por completo al patinaje, él había hecho lo mismo en su propio campo. Quizás por eso parecía tan... genuino.
Pero entonces negó con la cabeza, cruzándose de brazos a la defensiva. Eso no cambia nada, pensó. Que él hubiera enfrentado desafíos no significaba que comprendiera lo que ella estaba pasando. Su carrera como patinadora no era algo con lo que él pudiera identificarse; sus logros no conllevaban la misma presión que ella enfrentaba ante el ojo público. Y, sin embargo, leer sobre su trayectoria despertó algo en ella: un respeto a regañadientes.
Cuando cerró el artículo, notó que circulaba por internet otra foto de la gala, una toma espontánea de ella en plena actuación con un título que le provocó una sensación de vergüenza: La patinadora local Amara Taylor lucha por superar una caída en el evento benéfico de anoche.
Colgó el teléfono, disgustada. Precisamente por eso no quería que la notaran por nada que no fuera la perfección, y la noche anterior se había sentido como un retroceso. Ahora se esforzaría el doble, se esforzaría al máximo y demostraría que la noche anterior no había sido más que una anomalía. Y si alguna vez se cruzaba con Liam Blackwell, le mostraría su verdadera fuerza, sin necesitar su apoyo ni su compasión.
Pero, a pesar de su determinación, no podía quitarse de la cabeza la imagen de él allí, en el oscuro callejón, ofreciéndole esas firmes palabras de consuelo. Había algo en él que la hacía reflexionar. En contra de su buen juicio, se encontró deseando, aunque fuera un poco, que sus caminos volvieran a cruzarse.