Yelena
—¡Oh, Yelena, vamos! No seas así, sé que me ocultas algo.
—Agata, será mejor que no sigas preguntando —comento entre dientes.
—Somos amigas desde que iniciaron las clases y aún conozco muy poco de ti. No hablas de tus padres o de tu familia, de lo que haces, lo que te gusta… ¡Nada! Pareciera que fueras un robot. —Alza las manos al aire a modo de frustración—. A veces siento que no me consideras tu amiga como yo a ti.
»Es frustrante compartir habitación contigo. Hay días en los que quiero hablar con alguien, desahogarme y tú no muestras empatía por nadie. No sé lo que te pasó, pero yo no tengo la culpa de ello —solloza—. Necesito una amiga que comparta opiniones conmigo, que no se encierre en su mundo y me haga a un lado.
No puedo creer lo que dice. ¿Es en serio? En este punto de mi vida no estoy para estas estupideces.
—Agata, basta. Deja tus tonterías, si tanto te frustra o te molesta compartir habitación conmigo, entonces quéjate con la directora y busca otra compañera —grito, exasperada.
Salgo de la habitación dando un portazo. No sé quién se ha creído para estar discutiendo conmigo sin saber las cosas que me ha tocado vivir.
Han pasado varios días desde que comencé a trabajar en el club y al desaparecerme por las noches, Agata nota mi ausencia. No quiero que se entere de la verdad, por tal motivo me reservo este tipo de verdades, no es que sea un robot, es simplemente que me cuesta confiar en las personas. Antes era muy sociable, pero las cosas cambian y las circunstancias te ayudan a crear un escudo protector para no salir lastimado.
Es la única amiga que me ha tocado hacer porque compartimos habitación y suele ser bastante insistente, además de extrovertida. La verdad es que me cae muy bien, también me importa más de lo que cree. El hecho de que no comparta mi vida con ella no quiere decir que no me agrade su amistad. Está muy errada con todo lo que piensa de mí; aunque no la culpo por sentirse así, yo tampoco tengo idea de las cosas que le han pasado a profundidad porque cada vez que intenta contarme algo esquivo la conversación, así que…
Camino apresuradamente hasta la azotea del edificio y cierro la puerta tras de mí al llegar. Me acerco hasta la orilla de la cerca y miro la ciudad a mi alrededor. Inhalo aire profundamente y me siento en uno de los murales a observar la ciudad. Este es mi lugar favorito de la academia, es el único sitio en el que puedo escaparme y pensar sobre toda mi mierda sin que alguien llegue a molestarme.
Estos años aprendí a amar mi soledad, a entender que a fin de cuentas solo se tiene a uno mismo para alcanzar lo que se propone. Que a las personas a tu alrededor les importa un carajo lo que pase en tu vida y son incapaces de tenderte una mano amiga cuando más lo necesitas.
A mi familia y a mí nos dejaron en manos de los italianos y nadie fue a rescatarnos. Tantos amigos que tenía papá y a pesar de que sabían lo que estaban haciendo con nosotros, ni uno solo fue capaz de hacerse presente.
Quien diría que a mis 24 años de edad estaría en el mundo, sola, sin padres a quien llamar en momentos de soledad, sin un grupo de amigos con los cuales salir a divertirme, sin vivir mi vida como antes deseaba vivirla, sin tantas cosas… que al final me hacen sentir vacía.
Recuesto mi cabeza en mis rodillas y abrazo aún más mis piernas mientras continúo observando los edificios. Extraño mucho a mis padres, es tan difícil estar sin ellos… Sinceramente, de no ser por Joseph, creo que no habría tenido esta oportunidad de vivir por los tres.
Los recuerdos hermosos de nuestra convivencia invaden mi mente y unas lágrimas mojan mis mejillas. Envuelvo mi rostro entre mis piernas y lloro como una niña pequeña a la cual le han quitado su juguete favorito. Siento tanta ira por las personas que me arrebataron a los seres que más amo en el mundo y el saber que no puedo hacer nada para sentirme mejor, empeora la situación.
Como me gustaría que en vez de salir de ese maldito lugar hubiera tenido la oportunidad de dispararle al hijo de puta de Alessandro Gambini. No me hubiera importado morir el mismo día, pero al menos esa escoria no seguiría con vida como si nada.
Aprieto las manos y las aferro a mis piernas a medida que mis sollozos se hacen más audibles. Lloro de dolor, de impotencia, de culpa, por no ser yo la que muriera ese día en vez de mis padres… Mis lágrimas parecen ríos recorriendo mis mejillas, pero no puedo hacer nada para evitarlo. Mi vida cambió mucho, tanto que hasta me cuesta mantener una simple amistad.
Siento unos brazos rodear mi cuerpo y decir:
—Lo siento… No quise decirte todo lo que dije, es que…
Niego con la cabeza al entenderla.
—Tienes razón —comento entre sollozos. Levanto el rostro y la veo sonreírme con lágrimas en sus ojos—. Me he portado muy mal contigo; no te mereces esto, eres una gran persona y lo único que he hecho es hacerte a un lado.
—Tus razones tendrás, Yelena. No te preocupes. Tampoco es que vamos a armar un drama, por esto —sonríe.
Se sienta a mi lado y nos quedamos calladas unos minutos hasta que de pronto le pregunto:
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Conozco cosas de ti sin decirlas, eres mi amiga. Por eso sé que te pasa algo, estás atrapada en tu pasado, con algo que no te deja avanzar e iniciar una vida nueva. Debes soltar, liberar y tomar el rumbo de tu vida. No vivas por los demás, vive únicamente para ti. Cuando lo hagas todo te será más fácil, recuerda que no podemos dar lo que no tenemos y si no vives primero para ti, cómo lo harás por alguien más.
Sus palabras calan hondo en mí y me doy cuenta de que es cierto, debo vivir para mí para luego vivir por mis padres. Estén donde estén, estoy segura de que desean que logre mis sueños, pero sin interponer mi felicidad, de este modo los enorgulleceré.
Recuesto mi cabeza en su hombro y sonrío. Observamos la vista un rato sin decir nada más. Estoy aquí quejándome de que no tengo un grupo de amigos para salir, sin darme cuenta de que Agata ha estado conmigo desde que la conozco. No necesito un grupo de amigos, la tengo a ella, la única persona que ha sabido controlar mi temperamento y mis impertinencias. He sido una mala amiga y ella viene a decirme que no es para tanto, definitivamente a veces tenemos la felicidad frente a nosotros y no nos damos cuenta.
—¿Agata? —la llamo.
—¿Sí?
—Te diré la verdad. Quizás faltarán horas para explicarte todo con lujos y detalles, pero al menos entenderás los verdaderos motivos que me llevan a tener esta personalidad de mierda.
—Si no te sientes preparada, no lo hagas; esperaré. Además, tenemos bastante tiempo para que me cuentes…
Sonríe y yo asiento. Ella será la primera persona a la que le contaré toda mi verdad, esa verdad que me sigue atormentando y me causa terribles pesadillas. Sin embargo, debo hacerlo, una amistad es como una flor, hay que regarla para que florezca; de lo contario se marchitará. De seguro, cuando conozca los hechos, nuestra amistad mejorará muchísimo…