Los hermanos se sentaron en la sala de la anciana, rodeados de un ambiente cálido y acogedor. La anciana los miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera estudiando cada detalle de sus rostros.
Kristen y Cristian también la miraron con curiosidad, intentando descubrir qué estaba pasando por la mente de la anciana.
—¿Qué pasa, abuela? —preguntó Cristian, rompiendo el silencio.
La anciana se rió y dijo:
—Nada, nada. Solo estoy disfrutando del momento. Duraron más de lo pensado,
Cristian sonrió y dijo:
—¿Le dijiste a Atlas que era una batalla?
La anciana se rió de nuevo y dijo:
—Sí, sí. Le dije que era una batalla. Pero no una batalla física, sino una batalla emocional.
Kristen se inclinó hacia adelante, interesado.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
La anciana se recostó en su silla y dijo:
—Atlas ha pasado por mucho en su vida. Ha sido herida y lastimada de muchas maneras. Y por eso, es desconfiada y tiene miedo de abrirse a los demás.
Cristian asintió
—Sí, hemos notado que es muy desconfiada —dijo.
La anciana asintió.
—Sí, es normal. Pero lo que no es normal es que tenga pesadillas y que se sienta tan insegura.
Kristen se puso serio.
—¿Qué crees que es lo que la está afectando? —preguntó. —¿Siempre a sido así?–
La anciana se quedó en silencio durante un momento, como si estuviera pensando en la respuesta.
—No lo sé —dijo finalmente. —Pero creo que es algo más profundo que lo que parece.
Cristian se puso serio.
—Vamos a descubrir qué es lo que la está afectando —dijo. —Y vamos a hacer todo lo posible para ayudarla.
La anciana sonrió.
—Eso es lo que quiero escuchar —dijo.
—Ustedes dos son los únicos que pueden ayudar a Atlas a superar sus miedos y a encontrar la felicidad.
Y con eso, la anciana se levantó de su silla y se dirigió hacia el balcón a tomar aire fresco, dejando a los hermanos pensando en la conversación que acababan de tener.
—Vamos a descubrir qué es lo que la está afectando —dijo Cristian, mirando a su hermano.
Kristen asintió.
—Sí, vamos a hacer todo lo posible para ayudarla —dijo.
De repente, un sonido sonó afuera y los hermanos corrieron hacia allí. Encontraron a Atlas tirada en el suelo, y rápidamente la levantaron para ayudarla.
—¿Estás bien? —preguntó Kristen, preocupado.
Atlas asintió, aún un poco aturdida.
—Sí, solo tengo que adaptarme a la casa —dijo.
Los hermanos se miraron entre sí y sonrieron. Sabían que Atlas estaba aprendiendo a navegar por la casa sin ver, y estaban allí para ayudarla en cada paso del camino.
Mientras Kristen la llevaba hacia la cocina, Cristian se adelantó para abrir la puerta. Atlas se giró hacia él —Gracias Cristen—
—¿Cómo lo haces? ¿Cómo sabes quién soy?
Cristian sonrió y Atlas se rió.
—Los conozco apenas los sentí —dijo.
—Supe quién era quién.
Los hermanos se rieron en silencio, impresionados por la conexión especial que Atlas tenía con ellos. Kristen la llevó a la cocina y la sentó en una silla, mientras Cristian se ponía a servir la comida
—¿Qué quieres almorzar o Cenar? —preguntó Cristian riendo
—¿Dormí mucho?— murmuró Atlas y los hermanos besaron sus manos
—Algo— murmuró Cristian —Fue difícil verte dormir— admito
Cristian asintió y comenzó a servirle, Mientras tanto, Kristen se sentó al lado de Atlas y le tomó la mano.
—Estamos aquí para ti —dijo. —Siempre.
Atlas sonrió y apretó la mano de Kristen. Sabía que los hermanos estaban allí para ayudarla y protegerla, y se sentía agradecida por su amor y apoyo.
La anciana regresó a la cocina y vio a los hermanos atendiendo a Atlas con cariño y dedicación. Suspiró y sonrió, sintiendo que todo estaba saliendo bien.
Atlas sintio a su abuela, se giró y saludó a la anciana con una sonrisa.
—Creo que perdí en la batalla —dijo, riendo.
Los hermanos se ahogaron con el jugo y la anciana se rió de ellos, junto con Atlas. El ambiente era relajado y alegre, pero de repente, unos sonidos de aullidos y gritos llenaron el aire.
El beta entró en la cocina y se detuvo, mirando a los hermanos y a Atlas con una expresión de alarma.
—¿Qué pasa afuera? —preguntaron los Alfas, riendo.
El beta observó a Atlas y los Alfas aclararon su garganta, aflojaron la corbata y se levantaron. El beta parpadeó y dijo:
—Hay unos lobos en la manada rodeándolo.
Los Alfas se miraron entre sí y luego miraron el almanaque. Vieron que esa noche era luna menguante lo que significaba que los lobos estaban en un estado de mayor agresividad.
Los Alfas se pusieron en alerta y llamaron a todos los miembros de la manada para que se reunieran en el centro de la comunidad.
—Tenemos una situación de emergencia —dijo Kristen, serio. —Los lobos están rodeando la manada y debemos tomar medidas para protegernos.
Cristian asintió y dijo:
—Vamos a trabajar juntos para mantener a nuestra manada a salvo.
Atlas se levantó de su silla y se acercó a los Alfas, con una expresión de determinación en su rostro.
—Estoy lista para ayudar —dijo. —¿Qué puedo hacer?
Los Alfas se miraron entre sí y sonrieron. Sabían que Atlas era una mujer valiente y determinada, y estaban orgullosos de tenerla a su lado pero....
Los Alfas vieron a la anciana y negaron con miedo de que algo le pase a su amada, llevaron a Atlas a la habitación de emergencia, mientras los Alfas la abrazaban fuerte. El clima se puso oscuro y tormentoso, como si reflejara la tensión y la ansiedad que reinaban en la manada.
De repente, varias madres con sus bebés y ancianos entraron en la habitación, buscando refugio y protección. Atlas se puso en alerta, su corazón palpitaba rápido y su respiración era pesada. No podía respirar.
La anciana la calmó, acariciándole el cabello y hablando en un tono suave y tranquilizador.
—Estoy aquí, Atlas. No te preocupes. Estamos todos a salvo.
Los Alfas se mantuvieron cerca, protegiendo a Atlas y a la anciana de cualquier peligro. La habitación estaba llena de personas, pero todos miraban a la anciana y a Atlas con respeto y admiración.
La anciana miró la hora y vio que ya eran las 6 de la tarde. La tormenta se avecinaba, y la manada debía estar preparada para enfrentarla.
—Atlas, debes estar fuerte —dijo la anciana. —La batalla va a ser intensa, pero estamos todos aquí para protegerte.
Atlas asintió, aún respirando con dificultad. Pero estaba decidida a ser fuerte,
—No me puedo quedar sin hacer nada— dijo Atlas seria
Los Alfas la abrazaron fuerte, y la anciana les dio una mirada de aprobación.
—Estamos todos juntos en esto —dijo la anciana.
Los Alfas salieron de la habitación, dejando a Atlas con una sensación de vacío y desorientación. Respiraba con dificultad, sin entender qué estaba pasando. La anciana se acercó a ella y examinó su cuello, donde vio dos marcas relucientes.
La anciana sonrió y dijo:
—Lo que sientes es el vínculo de los Alfas. Es un lazo emocional que te conecta con ellos.
Las demás personas en la habitación se inclinaron hacia Atlas, y ella sintió una sobrecarga de emociones. Sentía el miedo y la ansiedad de los demás, y los llantos de los bebés la hacían sentirse aún más abrumada.
Las horas pasaron, y Atlas sintió algo frío en su pecho. Un grito ensordecedor resonó en la habitación, y Atlas derribó la puerta, saliendo corriendo. La anciana hizo aparecer una espada y un arco en la espalda de Atlas, y ella se lanzó en la batalla.
Atlas sentía como si fuera una bestia, como si quisiera venganza. El dolor y la rabia la consumían, y ella luchaba con todas sus fuerzas. La batalla era intensa, y Atlas podía sentir el aroma de sangre en el aire. Sus labios estaban rotos por sus dientes, la sangre viajaba por su cuello en donde las marcas ardieron más.
La anciana la observaba desde la distancia, con una expresión de preocupación en su rostro. Sabía que Atlas estaba luchando contra sus propios demonios, y que la batalla era más interna que externa
—Atlas, no te dejes llevar por la rabia —gritó la anciana. —Recuerda quién eres y qué estás luchando— pero apenas termino de hablar la anciana cayó desde las alturas y Atlas se detuvo en seco.
Pero Atlas no podía escuchar ya que solo escucha el latir del corazón de su abuela. Pero estaba demasiado consumida por la batalla, y su único objetivo era vencer. La lucha continuó, con Atlas luchando contra todos para poder llegar a donde su abuela.
Los Alfas sintieron a Atlas, y fueron hasta donde estaba ella. La encontraron en su forma humana, pero con una fuerza y velocidad sobrenaturales. Saltaba y mataba a todos a su alrededor sin piedad.
Los Alfas se unieron a ella, pero Atlas no les hablaba. Seguía en la batalla, matando a todos sin conocimiento. Los Alfas la detuvieron cuando los lobos estaban muertos, y cuando la miraron a los ojos, vieron que estaban completamente blancos.
De repente, una imagen apareció ante ellos. Una imagen que ellos odiaban. Los ojos de Atlas eran la perdición.
Una voz sonó en el aire, y el ruido se desvaneció.
—Vine por ti, querida hija —dijo la voz.
Los Alfas se miraron entre sí, —¿Hija?— gruño Kristen
—¡VETE!— gruño Cristian protegiendo a Atlas
Atlas, sin embargo, reaccionó de manera diferente. Su cuerpo se tensó, y sus ojos blancos se volvieron aún más brillantes.
—No —dijo Atlas, con una voz baja y amenazante. —No te voy a dejar que me toques.
–¿Lo conoces?— gritaron los dos Alfas y Atlas se quedó en silencio
El hombre sonrió, y su imagen se acercó más a Atlas, pero los Alfas lo detuvieron pero los lobos desgarrados volvieron a la vida otra vez, risas roncas volvieron y la peste apareció
—No vas a salir con vida de esta— gruño Cristian y se lanzó arriba del hombre pero Atlas lo detuvo.
—Dejalo— grito Atlas
—¿Que?— dijeron los hermanos y el hombre sonrió
—Eres mi hija —dijo. —Y voy a hacer que recuerdes quién eres realmente.
Los Alfas se interpusieron entre Atlas y el hombre, listos para protegerla y matar a todos pero Atlas gruño.
—No —dijo. —Este es mi problema. Yo lo resolveré.