Mindy

954 Words
-Aidan, ¿Me estás escuchando? -dijo la chica de largo pelo n***o. -Ah, sí. Lo siento. -Qué te estaba diciendo. -Ahm... pues... ¿algo de Denise? -¡No! ¡Te estaba contando del embarazo de mi prima! -replicó ella con evidente molestia. -Perdón, perdón. Aunque llevaran años juntos, de idas y venidas, de terminar y volver, terminar otra vez, estar con otras personas y volver de nuevo, esta vez, Mindy ya estaba realmente cansada de su novio. -Pareciera que ya no te gusta estar conmigo -dijo ella en voz baja. -No digas eso. Lo siento, solo me distraje -respondió Aidan dándole un abrazo. Pero Mindy se quedó totalmente quieta. Sonó el timbre para volver a clases, pero ambos lo ignoraron. -Aidan, ¿tú todavía me amas? -Por qué me preguntas eso... -Contéstame. Mindy lo miró directamente a los ojos, y él le devolvió la mirada. La chica tenía unos ojos grandes, pestañas largas y rizadas. Tez blanca y su flequillo n***o enmarcaba su bello rostro. Era bonita, muy bonita. Además de inteligente, fuerte y buena persona. Aidan sabía todo eso, lo veía cada día y admiraba muchas cosas de su novia, pero de un tiempo a esta parte, ya no sabía lo que sentía por ella. Ni siquiera sé si siento algo. -Yo... yo... No era justo mentirle. No podía decirle que la amaba si no era eso lo que sentía. Pero tampoco quería hacerle daño ni que se alejara de él. No quiero sentirme más solo. -Claro que te amo -dijo finalmente. Pero Mindy no era tonta y conocía a Aidan desde hacía tantos años que sabía cuando estaba mintiendo. También sabía que él no estaba bien, pero no importaba lo que ella hiciera o dijera, él siempre lo negaba. Y ella no era terapeuta de nadie. -No es necesario que me mientas -dijo ella con voz suave. -Mindy... -Lo de nosotros ya no funciona. Creo que deberíamos terminar. -No, Mindy, no me dejes. -Es lo mejor, Aidan. Ya no somos una buena pareja. Ella le dio un último y triste vistazo y se encaminó a su aula, dejando a su ahora exnovio en el patio, a la sombra del único árbol del lugar. Él se quedó allí, de pie. Nuevamente ese dolor en el pecho, ese vacío, ese corazón roto. Pero ya no dolía como las primeras veces, ahora podía sobrellevarlo. Últimamente, ni siquiera estar con Mindy le daba alegría real. No se consolaba con sus abrazos ni hallaba emoción en sus besos. Era como una cáscara vacía que solo sentía desidia y tristeza. Y eso, en cierta forma, lo abrumaba. Estuvo ahí, sentado y apoyado en el tronco, durante toda esa hora, hasta que fue recreo del almuerzo. Todo el tiempo estuvo cavilando en sus sentimientos o la falta de ellos. ¿Desde cuándo se sentía tan vacío? Vivía el día a día, pero todo era falso. Le costaba levantarse, enfrentar la rutina cada vez más. -Amigo, ¿qué estás haciendo ahí? -escuchó decir a Raen. Se giró y vio a sus tres amigos caminando hacia él. -No me digas, otra vez terminaste con Mindy -dijo Kenny y se sentó a su lado, mientras Aidan asentía con la cabeza. -Bueno, no es la primera vez. Ya debes estar acostumbrado -acotó Karl, llevándose un codazo de parte de Raen, pero el pelirrojo solo alzó los hombros a modo de respuesta. Raen se sentó al otro lado y le pasó el brazo por sobre los hombros. -Hay que despejarte, ¿está bien? Vamos a mi casa y jugamos videojuegos o vemos una peli, lo que quieras. -Podemos pedir pollo frito -agregó Karl. -Aidan no come pollo, idiota. Mejor helado para un corazón roto -dijo Kenny teatralmente. -Gracias, chicos. Sería genial. -Bien, yo me voy a comer. ¿Vienen? -preguntó Karl, y solo Kenny lo siguió. Aidan los vio alejarse. A pesar de los planes y de que intentaran levantarle el ánimo, él sabía que no serviría de nada. Ya no era feliz y eso lo abrumó otra vez. Sintió las lágrimas correr por sus mejillas antes de poder detenerlas, mientras los sollozos se le escapaban de la boca. Raen le acarició la espalda y apoyó su cabeza sobre la de él, para intentar reconfortarlo. Aunque no sabía la real razón de las lágrimas de su amigo, y pensaba que solo eran por su corazón roto (otra vez), Aidan agradeció ese gesto de apoyo. No estoy tan solo. Después de clases, los cuatro chicos fueron a la casa del pelinegro. Llevaron helados y gaseosas y decidieron jugar videojuegos de carreras. Aidan sabía que debía sentirse feliz o algo similar. Así que reía de las bromas, fingía enojarse al perder, sonreía como siempre. Pero no sentía nada. Era como si otro estuviera haciendo todo por él mientras su verdadero ser estaba acurrucado en un rincón, mirando a la pared, intentando encontrarle un sentido a todo esto. Aun así, intentó disfrutar y distraerse, y por momentos lo logró. Volver a casa fue la peor parte. No quería dejar a sus amigos. No quería estar en su propio hogar que de hace tanto tiempo no sentía suyo. -¿Estás mejor? -le preguntó Raen cuando ya se estaban despidiendo. Los otros dos se habían ido un poco antes. -Sí, mucho mejor. -Bueno, para estamos los súper mejores amigos -sonrió el pelinegro y le dio un último abrazo de despedida. La calidez de Raen lo reconfortó. Se sentía refugiado, como si ese fuera su verdadero hogar, el lugar donde realmente quería estar. Quizás si viviera con Raen, todo sería mejor. Pero el abrazo terminó demasiado pronto para Aidan. Se despidió agitando la mano y se encaminó a la parada de autobús para llegar a la maldita granja.
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