Al día siguiente de haber llegado, Lena caminaba lentamente por los pasillos de la mansión, sintiendo cada paso como una carga más pesada que el anterior. A pesar de que la mañana apenas comenzaba, su mente estaba sumida en una tormenta. El beso de Adrian, la confesión de la noche anterior, las palabras que había dicho y el fuego que había encendido en su pecho, todo eso la consumía. No había forma de ignorarlo. De alguna manera, algo había cambiado entre ellos, y ni ella misma comprendía por qué ni cómo. «¿Por qué lo besé? ¿Por qué le respondí? ¿Por qué me dejé llevar?» se preguntó una y otra vez. No era algo que hubiera planeado, ni deseado, pero el deseo había sido más fuerte. El deseo y la necesidad de saber qué había detrás de la fachada de frialdad de Adrian. Había tocado algo en él

