Lena se retiró al baño con el corazón martillándole las costillas. Encerrada entre paredes de mármol blanco, con la respiración entrecortada y las mejillas enrojecidas por algo más que el rubor, se apoyó en el lavamanos. El reflejo del espejo la mostró con los labios hinchados, y los ojos desbordando una mezcla de deseo y culpa. ¿Qué acababa de hacer? No era parte del plan. No debía besarlo. No debía permitir que él la besara. Pero lo había hecho. Y, por un instante, volvió a sentirse viva. Más viva de lo que había estado en mucho tiempo. Se mojó el rostro. El agua estaba fría, pero no fue suficiente para apagar el ardor en su pecho. Adrian había hablado con una honestidad que la desarmó. ¿Desde cuándo él confesaba sentirse vacío? ¿Desde cuándo decía que no era feliz? Esta no era la

