La noche había caído sobre la ciudad y el despacho de Adrian Maddox se mantenía iluminado con la luz suave de la lámpara de su escritorio. El sonido lejano de la ciudad, el bullicio de las calles y la música suave que salía de los altavoces en el salón ubicada al otro extremo del jardín posterior que divide al área de los consultorios de la clínica, eran los únicos ruidos que se filtraban en ese ambiente cargado de tensión. Adrian estaba sentado en su silla, mirando fijamente la pantalla de su computadora, pero sus pensamientos estaban a años luz de los informes que tenía frente a él, y del breve rato de distracción al que invitaba el ambiente al otro extremo de la propiedad que corresponde a la clínica. La mirada que le había dirigido Lena ese día, la forma en que había cruzado sus pier

