La casa estaba sumida en un silencio denso cuando Adrian llegó. El sonido de sus zapatos resonó contra el mármol como un eco que presagiaba una tormenta. Se arrancó la chaqueta de un tirón apenas cruzó el umbral y la dejó caer en el primer sillón que encontró. No se molestó en recogerla. No podía. Estaba demasiado ansioso, demasiado al borde. Mientras deshacía el nudo de la corbata con movimientos torpes, sus pensamientos giraban en una sola dirección: ella. “Elise”, un nombre que se le había grabado en la memoria y en el cuerpo como no había sucedido en el pasado, un año y unos cuantos meses atrás cuando la hizo suya varias veces. Ahora la tenía más presente, ahora la sentía como más furor. Sabía, en lo más profundo de su mente, que no era la misma mujer que había desposado, la que ha

