El despacho de Adrian era una caja de silencio pulido. Cada cosa en su sitio, cada libro, cada carpeta, cada cuadro abstracto colgado sobre las paredes color blanco, sinónimo de pulcritud, de reglas que no se pueden saltar sin que el color se altere y él pueda advertirlo, parecía formar parte de una coreografía milimétrica, perfecta. Pero dentro de ese orden había algo asfixiante. Lena lo sintió en cuanto cruzó la puerta. Vestía un pantalón palazzo n***o de pinzas altas que alargaba aún más sus piernas, una blusa blanca con lazada al cuello, y una chaqueta entallada que marcaba su silueta con elegancia. El cabello lo llevaba recogido en una coleta pulcra, con algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro. A pesar del temblor en su estómago, su caminar era firme. Adrian estaba de espa

