—No podía creerlo cuando me lo dijeron —la voz cortó el aire como una navaja—, y por lo visto es verdad… la inútil, gorda e insignificante esposa de Maddox ahora adorna la clínica como si fuera un globo de fiestas. El enemigo se le sirvió en bandeja de plata. Como si supiera que la estaba buscando apareció frente a ella. Lena levantó la cabeza lentamente, sin prisa, como si las palabras apenas hubieran rozado la superficie de su piel. La reconoció de inmediato: Naide Graham. Alta, esbelta, con un rostro de belleza calculada y arrogancia destilada en cada gesto. El vestido rojo cereza le ajustaba como una provocación, y sus tacones resonaban contra el mármol como si cada paso declarara propiedad sobre ese lugar. Pero lo que Lena notó no fue solo su físico. Fue esa sonrisa torcida, burlon

