La luz mortecina de los rayos del sol se colaba a través del parabrisas del audi que Lena iba manejando. No tenía prisa, su mente era una computadora que planificaba la mejor forma de hacerle pagar a Adrian el haber humillado a la persona equivocada. Pese a que estaba cuidadosamente vestida y maquillada, y en su acostumbrada actitud de fortaleza, su cuerpo se sentía adolorido aún recordando el desprecio con el que Adrian la había dejado horas antes. Su boca aún sabía a amargura, a humillación. Apretó el volante al recordar la pantalla del móvil y el ordenador de él parpadeando delante de ella, vomitando documentos, correos electrónicos, estados de cuenta y registros de llamadas que le hicieron hervir la sangre al descubrir que algo turbio había a su alrededor. En su nivel más elevado de

